La «erre» imprescindible en Lolita de la Vega
Luego de los múltiples agravios que he padecido a lo largo de mi vida, hay un enigma que aún no deja de asombrarme: el leve o casi nulo rencor que suscitan en mi memoria las ofensas proferidas por auténticos déspotas. Sin que a la fecha haya logrado despejarlo del todo, me atrevo a esbozar una tímida elucidación con doble arista: justo por su bestialidad desparpajada, en lugar de resentimiento, me queda más bien la vergüenza de no haberle hecho caso a la siempre alerta e inequívoca intuición; y, a la par, una sensación de alivio por haber logrado salir a salvo de sus garras a pesar de mi insensatez. Dicho de manera coloquial —mas no por ello menos confiable—, «sobre aviso no hay engaño», por lo que encorajinarme con cavernarios así, sería tanto como quejarme ante la gerencia de una feria pueblerina por el susto que me llevé en la casa de los espantos. Muy distinto al rencor tenaz que he padecido, a veces durante décadas, a causa de los agravios sufridos a la sombra de quienes...