El blindaje divino de Ciro Gómez Leyva
Como todo mundo sabe, Ciro Gómez Leyva fue víctima de un artero intento de asesinato en las inmediaciones de su domicilio, al sur de la Ciudad de México, la noche del 15 de diciembre de 2022, apenas minutos después de haber concluido la emisión de su noticiero nocturno en Grupo Imagen.
Bendito Dios, el periodista resultó ileso a pesar de la ráfaga plomiza que un sicario descargó contra su camioneta a escasos tres metros de distancia, incluso en el parabrisas y la ventana del conductor. Por fortuna, el vehículo estaba blindado hasta las cachas y, así, el atentado resultó felizmente fallido para gloria del periodismo mexicano.
La hipérbole idiomática “todo mundo” dista de ser exagerada aquí, toda vez que la noticia se esparció desde el primer momento peor que pedo en elevador y con mayor virulencia a la mañana siguiente, cuando el propio Ciro, aun desvelado y rebosado de adrenalina, decidió apersonarse en su noticiero matutino, Por la mañana, para relatar de viva voz lo ocurrido. Y, por si le faltara gasolina al carburador, a la par el mismísimo Presidente de la República daba cuenta del fallido atentado en su popular conferencia matutina.
Y en el hipotético caso de que aún quedara alguien papando moscas de cara al hecho, todos los medios —impresos y electrónicos y, en especial, las “benditas” redes sociales— se encargaron de difundirlo profusamente en los siguientes días. Con mayor animosidad estas últimas, pues siendo la víctima un crítico acérrimo del gobierno morenista, no podía descartarse un posible acto represor.
Para contrarrestar esta sospecha venenosa, la jefa del Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, y su secretario de Seguridad, Omar García Harfuch —ambos miembros prominentes del partido oficial—, se pusieron en contacto con el comunicador vía telefónica para ofrecerle todo su apoyo moral e institucional cuando aún no acababa de enfriarse el té de tila que le acababa de preparar su vecino y amigo Manlio Fabio Beltrones (siempre puntual en la escena del crimen).Y, cuando en virtud de la vida de mosca que suelen tener las noticias, ésta empezó a desfallecer sin remedio, el propio Ciro se encargó de aplicarle respiración de boca a boca al incluir una sección habitual en su extenso noticiero matutino para abundar en las aristas más nimias del atentado, haciendo caso omiso de la regla no escrita de que el periodista jamás debe ser la noticia. No bien así, ególatra y estridente como es, decidió que el canijo susto que se llevó debía persistir en la opinión pública hasta que fueran atrapados los autores materiales y, sobre todo, al autor intelectual del tremebundo suceso.Acaso por lo mismo, con una diligencia y celeridad pocas veces vistas —si no es que jamás—, las autoridades capitalinas, estatales, federales y, aun la Interpol, se pusieron las pilas hasta no dar con los involucrados, incluso en el extranjero. Así, en menos de un año, los implicados empezaron a caer como moscas hasta contar un total de trece delincuentes comunes, más el jefe y autor intelectual del atentado: Armando Escárcega, «el Patrón», ligado éste sí al temible Cártel Jalisco Nueva Generación.
Qué no darían los cientos de periodistas que verdaderamente padecen acoso, censura y persecución en México por que sus denuncias y ruegos de protección contaran con la misma atención expedita y profesional por parte del ministerio público o de la secretaría de gobernación o, ya de perdis, de sus colegas encumbrados en los más influyentes medios de comunicación para alertar a la cacareada opinión pública sobre las amenazas y los peligros que padecen. De haber sido así, quizás hoy no contaríamos 176 reporteros asesinados en lo que va del siglo, según registro puntual de la organización gremial Artículo 19.
Pero fiel a su fastuoso onomástico, nuestro personaje ansía igualarse con su tocayo «el Grande», fundador del Imperio Persa, y, montado en su soberbia soberana, considera poca cosa las catorce cabezas que las distintas fiscalías le han entregado hasta ahora en bandeja de plata. «¡Ni madres!», chilla berrinchudo el ególatra Narciro Gómez Leyva, seguro como está de que contra su preciosa vida sólo podría atentar un poder tan excelso como el suyo. Desde la lupa magnificadora con que se ve a sí mismo —o por mencho que es— no puede aceptar la evidencia palmaria de que el líder del CJNG, Nemesio Oseguera Cervantes, alias «el Mencho», lo habría mandado matar en represalia por haberlo exhibido en su noticiero nocturno —ojo: pocas semanas antes del atentado—, mientras asistía a una ceremonia religiosa en el bajío, y encima, Ciro les había reclamado a las autoridades que no se hubieran atrevido a detenerlo teniéndolo a tiro de piedra en esa ocasión.«¡Ni madres!», patalea y patea Ciro esta evidencia de parvulario, aferrado a la megalómana conclusión de que su voz celestial sólo habría querido acallarla nada más y nada menos que (no se rían, por favor) ¡el Presidente de México! Así de colosal y, por lo mismo, patético es su ego.
Por si alguna duda quedase, baste aburrirse un rato con el panfleto que él mismo escribió para documentar el susto que se llevó aquella noche decembrina de 2022, en vísperas de las posadas navideñas, y cuando el pobre creyó que no iba a volver a cargar los peregrinos: No me pudiste matar (ED. Planeta, México, 2025, pp 240), y en donde, obviamente, el pronombre personal de la primera persona en singular acusa a una sola y misma persona: Andrés Manuel López Obrador (déjenme citarlo al menos para que se rían más a gusto).«No sobreviví por un milagro. Me salvaron el blindaje del auto, la impericia de unos sicarios medianos y las vacilaciones de un presidente intranquilo que no supo o no pudo bajar el pulgar», acusa a la ligera el mismo fiscal flamígero que en sus espacios mediáticos exige pruebas, evidencias, actas, fotos, videos ante cualquier denuncia o indicio que no convenga a sus intereses personales o corporativos, como si en lugar de periodista, fuera un vulgar policía ministerial: su verdadera vocación.
Me consta, según pude comprobarlo de la peor manera cuando, en la primavera de 2001, denuncié públicamente los actos de peculado que en su calidad de encargada del despacho del Gobierno del Distrito Federal perpetró Rosario Robles Berlanga en colusión con Luis Kelly, dueño de Publicorp, donde trabajé de 1994 a 2000: el célebre «Cochinito», alcancía engordada a expensas del presupuesto capitalino y con la cual se favoreció holgadamente a CNI Canal 40, a pesar de su raquítico rating, y con cuyos recursos robados del erario local Ciro soñaba, al igual que Luis Kelly, en convertirse en el nuevo mandón de la televisión mexicana (ora sí denle vuelo a la hilacha, hasta a mí me ganó la risa).
Lo siento, pero tenía que hacerlo
Evidentemente, al hacer público lo que Rosario Robles se tenía bien guardadito, preví que a un señalamiento de tal envergadura le correspondería una réplica igualmente grave. Lo que nunca sospeché fue que la andanada no provendría tanto de los señalados cuanto de sus cancerberos apostados en los medios, sobre todo los consentidos del presupuesto de Comunicación Social del gobierno capitalino, La Jornada y CNI Canal 40.
La campaña de linchamiento que ordenó en mi contra el subrepticio director de Comunicación Social de Rosario Robles, no respondió sólo a la simpatía partidista que puede obnubilar aun a los periodistas, sino a intereses económicos concretos: durante la chiripa de su breve paso por la jefatura del gobierno capitalino, Rosario privilegió a CNI Canal 40 por encima de medios verdaderamente importantes, dada su amistad con Virgilio Caballero, conductor estelar de esa televisora marginal. No sólo benefició a la empresa de Javier Moreno Valle con la producción de un programita semanal para halagar sin rubor su propio gobierno, conducido por el mismo Virgilio, sino que le asignó una pauta publicitaria millonaria, desproporcionada y sospechosa, por decir lo menos, considerando el irrisorio rating de CNI Canal 40.A cambio de tantos privilegios, el arrastrado Ciro puso a disposición de su mecenas el noticiero nocturno como foro permanente de su promoción personal (¡había que ver las entrevistas serviles y lacayunas del temible Gladiator!, como lo apodaba a la sazón Brozo por sus entrevistas pugilísticas donde sólo le faltaba picarles los ojos a sus entrevistados incómodos). Y es que Rosario era su mejor o, en realidad, única carta para culminar la guerra que contra TV Azteca había desatado Javier Moreno Valle al desconocer unilateralmente su asociación estratégica con Ricardo Salinas Pliego, justo porque se creía entonces respaldado por Robles Berlanga. Por lo mismo, les urgía llevarla a la Presidencia de la República, para esconderse tras sus faldas y ganar el litigio en curso.
De allí la emboscada que me tendieron para que acudiera a los separos de CNI Canal 40 pocos días después de haber hecho pública mi denuncia contra su mecenas. A fin de convencerme, utilizaron a mi amiga Aziyadé Sabines, sobrina del enorme poeta Jaime Sabines, a quien le realicé el programa de Caminantes que casualmente me abrió las puertas de ese canal para transmitir mi serie. Amigos como éramos, Aziyadé me aseguró en su calidad de productora que mi participación en el noticiero nocturno que conducían al alimón Ciro Gómez Leyva y Denise Maerker sería únicamente para defenderme de las descalificaciones que Luis Kelly había proferido en contra mía la noche anterior. Caí en la trampa.
Fue una auténtica Chinameca: en principio, mientras esperaba mi turno al paredón, con el avieso timo de hacerme sentir en casa, me visitó en mi celda un lacayo del tiranito Ciro para preguntarme si quería documentar mi participación con algún material videográfico. «Por supuesto», respondí ingenuamente, al tiempo que le entregaba una copia en VHS del programa piloto que le había hecho al candidato y a la sazón presidente de México, Vicente Fox Quesada, En el nido del avestruz.
Minutos después, pasó a visitarme ahora la mosca muerta de Denise Maerker, a quien ya conocía por un programa piloto que había intentado hacer con ella y, también, por haber conocido de primera mano el programa inédito de Vicente Fox al que calificó de «excelente», tanto así que me recomendó con su amiga Sabina Berman para apoyarla con un proyecto televisivo al calor de la contienda electoral de 2000. No bien así, coludida ahora con Ciro —sin que yo lo imaginara—, me saludó con un entusiasta: «¡Todo lo que declaraste en Reforma es totalmente cierto! ¡Ese Luis Kelly es un bandido! ¡Qué horror!», mera táctica del policía bueno y el policía malo para hacerme bajar la guardia, según descubrí minutos después cuando, finalmente, pasé al foro donde se transmitiría en vivo el interrogatorio judicial a que me sometería el comandante Gómez Leyva.Ni un debate con Luis Kelly habría sido más áspero: durante el interrogatorio, mas no entrevista, fui vejado por un Ciro furioso, iracundo, decidido a desacreditarme en vivo y en directo, en el exclusivo ánimo de hacerle saber a su mecenas que, a pesar de mi programa Caminantes, yo no pertenecía de ninguna manera a Canal 40, y que podía seguir confiando en ellos en su carrera hacia la Presidencia de la República.
A cada intento de responder a sus constantes agresiones y preguntas en metralla, le seguía una interrupción grosera, un manotazo sobre la mesa, sin darme tregua al menos para respirar, mientras miraba yo de reojo a Denise Maerker, esperando que ella lo atemperara. Obviamente, ella se hacía la desentendida, coludida hasta las manitas como estaba para entonces en el mismo despropósito: desacreditarme por completo para que su patrón y su ama les sobaran el lomo al término de su jornada de perros de guardia.
Sin embargo, al concluir el interrogatorio, off the record, se rajó de pronto la rotunda ojetez de Ciro al revelar una leve fisura humana en su armadura autoritaria: acaso avergonzado o arrepentido por el maltrato que me acababa de propinar, al extenderle mecánicamente la mano para despedirme, me la estrechó de vuelta, pero, entonces, se disculpó como lo hacen los gánsteres que han cumplido las órdenes del capo: «Lo siento, Carlos, pero tenía que hacerlo».
«Ay, qué bonita es la venganza
cuando Dios nos la concede…», canta Pedro Infante la magnífica composición Cuando el destino de José Alfredo Jiménez. Así mesmo celebro ahora la dicha inmensa que me ha concedido mi Padre Dios para presenciar cómo el karma o la justicia poética han acabado por cobrarle al inefable Ciro todas y cada una de las cuentas que me debía: «... yo sabía que en la revancha te tenía que hacer perder…» ¡Arre!Nuestras cuentas pendientes empezaron a saldarse desde muchos años atrás, nomás por la fina intercesión del karma, sin que yo debiera mover un solo dedo. Para ser precisos, desde la primavera de 2004, cuando Robes (no es errata) fue defenestrada a patadas del PRD a resultas de los celebérrimos video-escándalos con los que su amante Carlos Ahumada había pretendido extorsionar al grupo político de Andrés Manuel López Obrador. Entonces celebré desde mi paradisiaco refugio en Vancouver —adonde fui a parar a causa de mi denuncia pública— el fiasco en que concluía la facinerosa alianza de Ciro «el Pequeño» con Chayo «la Cochinita». En el colmo de mi dicha, el pobre Ciro se infartó y acabó hospitalizado ese mismo día. «Ya lo ves cómo el destino todo cobra y nada olvida». ¡Arre, arre!
Pero el destino me tenía reservadas aún mayores y mejores revanchas sin que yo las esperara ni deseara al menos. Y es que parece haber algo de cierto en la sentencia popular que asegura que esta vida es como un restaurante de donde nadie se va sin pagar. Así lo comprobé, por ejemplo, cuando, al verse asediado cotidianamente desde las conferencias matutinas del presidente López Obrador, Ciro «el Grande» se hizo de pronto Pequeño, al quejarse del desproporcionado acoso que debía soportar al ser atacado sistemáticamente desde la máxima tribuna de la República. ¡Así mismo como él había acechado o, como se dice ahora, bulliado a un simple ciudadano desde su noticiero en Canal 40, su columna en Milenio y su programa radiofónico en Grupo Fórmula!Por si no fuera ya suficiente mi satisfacción al ver cómo ese canalla se derrumbaba hasta la ignominia de suplicar compasión, una mañana me llevé la grata sorpresa al ver que Epigmenio Ibarra le enjaretaba lo mismo que yo había pensado desde el brutal interrogatorio que padecí en sus separos: «A Ciro sólo le faltó arrimarme unos buenos tehuacanazos durante sus interrogatorios», concluyó igualmente el célebre director de Argos al comparar al periodista con un policía judicial de la vieja guardia de don Fernando Gutiérrez Barrios.
Para mayor dicha mía, el mismo productor de Argos dejó entrever en un artículo que Ciro en realidad se había ido a esconder a Madrid. Obviamente, el ególatra se defendió como en sus habituales asaltos pugilísticos: a puñetazos y tehuacanazos. Y, entonces, en defensa propia, dijo la más hermosa reivindicación de mi propia necesidad de buscar asilo en el extranjero: que hay más de nueve mil mexicanos en Madrid, todos los cuales se refugian ahí a causa de la violencia, los secuestros y las extorsiones en México. Lo dijo el mismo canalla que, al enterarse de mi asilo político en Canadá, me catalogó de cobarde en una de sus columnas ponzoñosas de Milenio, sin que ni él, ni el director general Federico Arreola, ni el director editorial Carlos Marín aceptaran publicar mi respuesta a sus calumnias no bien decían contar con un ombudsman para garantizar el derecho de réplica a todo aquel que se sintiera agraviado por sus contenidos. Así quedó más claro que el cloro quién era en realidad el cobarde.Pero cuando Dios da, lo hace a manos llenas, convine sin más al escuchar, no sin cierto pasmo, que, en lugar de conmoverse, el presidente López Obrador ponía en tela de juicio la autenticidad del atentado que sufrió el pobre Ciro aquella aciaga noche decembrina, destilando con gesto burlón la mala leche de que bien podría haberse tratado de un auto atentado.
Al escucharlo, caí de rodillas extendiendo los brazos al cielo, seguro de que hay un poder divino que restablece el equilibrio perfecto del universo luego de violentarlo con nuestros peores actos. Y es que cuando yo mismo fui víctima en junio de 2001 de un atentado por órdenes de René Bejarano, secretario particular del entonces jefe del Gobierno del Distrito Federal, AMLO, me quedé helado al ver que Ciro daba la noticia con cierta sorna, sugiriendo que se habría tratado de un montaje, sin importarle que mi agresor había sido atrapado infraganti y estaba preso en los separos de la Delegación Miguel Hidalgo (de donde, a pesar de estar confeso, fue liberado dos días después, confirmando la evidencia de que habría actuado por órdenes del poderoso Bejarano con la aviesa intención de endilgarle el muertito a la única rival de su jefe hacia la candidatura presidencial del PRD). Y ahora el atinadísimo bumerang se le estrellaba, puntual y certero, en pleno hocico al egomaníaco y siniestro Ciro, convertido para entonces en un Cero a la izquierda en mi más sincera consideración. ¡Arre, arre, arre!De allí mi certeza cabal de que jamás ha habido un blindaje más afortunado, divino incluso, que el de la camioneta que evitó su asesinato aquella noche decembrina: nomás faltaba que ese vulgar pugilista del micrófono, chayotero engañabobos y zalamero del poder en lo oscurito, pasara a la historia como mártir del periodismo mexicano y hasta acabaran poniéndole su nombre grandilocuente a una calle o afeando con su busto alopécico alguna plaza pública. ¡Dios nos libre! O, mejor dicho, felizmente ya nos libró. Amén.












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