La «erre» imprescindible en Lolita de la Vega

 

Luego de los múltiples agravios que he padecido a lo largo de mi vida, hay un enigma que aún no deja de asombrarme: el leve o casi nulo rencor que suscitan en mi memoria las ofensas proferidas por auténticos déspotas. Sin que a la fecha haya logrado despejarlo del todo, me atrevo a esbozar una tímida elucidación con doble arista: justo por su bestialidad desparpajada, en lugar de resentimiento, me queda más bien la vergüenza de no haberle hecho caso a la siempre alerta e inequívoca intuición; y, a la par, una sensación de alivio por haber logrado salir a salvo de sus garras a pesar de mi insensatez. Dicho de manera coloquial —mas no por ello menos confiable—, «sobre aviso no hay engaño», por lo que encorajinarme con cavernarios así, sería tanto como quejarme ante la gerencia de una feria pueblerina por el susto que me llevé en la casa de los espantos.

Muy distinto al rencor tenaz que he padecido, a veces durante décadas, a causa de los agravios sufridos a la sombra de quienes se ocultaron tras la amistad, la lealtad o la buena fe en el avieso despropósito de engatusarme. Si en el código penal se penalizara el deseo de venganza, confieso que ya me habrían sentenciado a varias cadenas perpetuas. Por años pensé que mi proclividad a echarle sal a la herida podría deberse a una obsesión de índole masoquista. Ahora comprendo, sin embargo, que el rencor persistente es expresión natural del ego herido y más común de lo que uno pudiera imaginarse.

Ahí está, por ejemplo, el caso del mismísimo presidente Gustavo Díaz Ordaz —mi antípoda perfecto, por calculador, hierático, riguroso y acerado—, quien pasó la última década de su vida tachándose a sí mismo de pendejo al verse en el espejo cada mañana, incapaz de olvidar ni perdonarse el peor error que cometió en su vida: haber elegido como su sucesor al mismo canalla que contaba esta anécdota a modo de chascarrillo. Y no se diga en el amor, cuando traiciones de esta naturaleza, suscitan pasiones tan iracundas e intensas que acaban, no pocas veces, en el panteón o la cárcel.

Por fortuna, la experiencia que narro aquí se inscribe en el rubro menor de “los pinches tiranitos” —según la definición de Don Juan Matus en la obra de mi tocayo Castaneda—, tiranita en este caso, con quien tomé la pésima decisión de involucrarme laboralmente a pesar de la marquesina que anunciaba que se trataba de la mismísima casa de los espantos.

En defensa propia, debo acotar que no tuve opción, dado mi desastroso retorno de Praga, adonde había ido a cursar un taller de cine y televisión en 1989, y de donde regresé apenas un año después peor que novia de rancho, alborotada y plantada en plena iglesia. No sólo porque el Muro de Berlín se había desplomado estrepitosamente frente a mis narices de socialista soñador, sino porque, encima, había cometido la insensatez de casarme con una cubana-soviética (también por socialista ingenuo que era).

Y para acabar de hallarle la cuadratura a mi redonda desgracia, regresaba con todo el desánimo del mundo (post-socialista) a un México gobernado por Carlos Salinas de Gortari, el mismo tecnócrata neoliberal que en su calidad de secretario de programación y presupuesto habían repudiado sistemáticamente mis profesores de la Facultad de Economía de la UNAM por sus políticas privatizadoras y de recorte excesivo del gasto público durante el gobierno de Miguel de la Madrid, al grado de que a la sazón lo apodaban columnistas y caricaturistas: «Salinas Recortari».

Si ya el personaje me resultaba antipático en la víspera, en 1990, ungido ahora como presidente de México, me provocaba náuseas casi vomitivas por ser el usurpador de las pasadas elecciones, cuando millones de mexicanos habíamos integrado el Frente Democrático Nacional, bajo el liderazgo encomiable de Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Heberto Castillo, Ifigenia Martínez y cientos de organizaciones sindicales y populares, para intentar acabar de una vez y para siempre con la longeva hegemonía totalitaria del PRI. Lo logramos, sin duda, aun cuando se haya caído el sistema de manera socarrona y, por demás, reveladora del flagrante fraude electoral que se cometió entonces en contra de la voluntad mayoritaria.

Soñar no cuesta nada, pero al despertar, el dinosaurio podría seguir ahí

Así lo comprendí, cuando apostado de bruces en mi nuevo frente (que no era más democrático ni nacional, sino reducido a la más vil y rascuache sobrevivencia), tuve que dedicarme de tiempo completo a intentar salir del brete en que me había metido por calenturiento e idealista, y que, a mis 27 años, bien podría llamárseme de otra manera.

Entonces, de entre las muchas puertas que debí tocar en aquellos días de premura y ansiedad tenaces —incluso en algunos bancos, adonde había jurado no regresar luego de haber renunciado en 1987 a mi ostentoso puesto de gerente de comercio exterior en Bancomer—, pareció entreabrirse al fin una oportunidad en Imevisión (ahora TV Azteca), en donde había trabajado como guionista en un par de programas matutinos en la víspera de mi viaje a Checoslovaquia. Allí, un productor amigo mío me mostró una luz al final del túnel, sin imaginar ambos que era, en realidad, un tren que a toda marcha venía echando humo dispuesto a arrollarme: Lolita de la Vega.

Debí tomar una democrática combi en el metro Chapultepec para llegar a mi primera entrevista con la empoderada conductora de Imevisión y Radio ACIR. Al apearme, me sentí un tanto decepcionado al ver la anodina fachada de su residencia, una especie de paredón color ladrillo con una entrada diminuta y una cochera de rejas negras, no bien se hallaba en la avenida principal de Bosques de las Lomas, la más lujosa y exclusiva zona residencial del entonces Distrito Federal. Mera treta engañacacos, comprendí en cuanto una sirvienta me abrió la puerta y me hizo pasar a sus aposentos versallescos.

Como la mansión crecía hacia abajo, debí descender unas escalinatas enmarcadas por jarrones y floreros primorosos hasta llegar a la cocina, donde, de manera premonitoria, el destino me ponía en el plato de la golosa Lolita. Ésta, huracanada y escandalosa como era, me recibió con aspavientos de guacamaya selvática. En realidad, era chihuahuense por donde se la viera: frondosa, blanca, guapa y rotunda, una suerte de Lucha Villa, pero con varios centímetros menos y muchos kilos de más.

En menos de media hora, decidió contratarme como su guionista exclusivo para el par de programas que tenía al aire: Hablemos claro, en Imevisión, y Entrevistando a las estrellas, en Radio ACIR. De cara al lustre y esplendor en derredor, el sueldo me pareció insuficiente aun en una tienda de la Conasupo. Pero, ahorcado como estaba, lo consideré una bendición providencial.

Justo al despedirnos, cuando ella misma me guiaba cuesta arriba para mostrarme la salida, llegó el marido de mi flamante patrona: Netzahualcóyotl de la Vega, senador de la República y, para mejores señas, poderoso líder sindical de la CTM, precisamente en el ramo de radio y televisión, y encima, brazo derecho del nonagenario capo sindical que tanto habíamos aborrecido y denostado desde el FDN: Fidel Velázquez.

Al presentarme con su marido, tuve la sospecha de estar a un tris de perder también esa raquítica oferta laboral: sus ojos se aguzaron de repente, como lobo alfa que advierte la presencia del macho rival. Cómo no, pues mientras yo estaba en la cúspide de mi virilidad, amén de mi atávica galanura de alteño jalisciense, él no negaba la triste cruz de su parroquia guerrerense: prieto, chaparro, feo y, encima, sexagenario, pero con el dinero y poder suficientes para echarse a la cama la atocinada blancura de su treintañera Lolita.

Para mi mala suerte, Netza no se decidió a ponerme de patitas en la calle al acto y, ni modo, debí soportar a partir de entonces las veleidades de su esposa, por no decir barragana (el término no es gratuito, ya que una de las condiciones de su matrimonio fue que se deshiciera ella de sus hijos, y ésta, solícita, los mandó a vivir con la abuela alcahueta).

Mudanza a la Casa de los Espantos

En aquellos días, mi esposa cubana-soviética y yo rentábamos un diminuto apartamento amueblado en la avenida San Antonio, y aun cuando la renta era semanal y, por lo mismo, menos gravosa, no pocas veces debí empeñar hasta la risa para poder pagar la cuota respectiva. Al saberlo de mi propia boca, Lolita me ofreció una salida que parecía caída del cielo: irnos a vivir a una casita que tenía deshabitada en Lomas del Sol, en el vecino y acaudalado municipio de Tecamachalco, aledaño a la fastuosa zona residencial de Bosques de las Lomas. La única condición sería que se la cuidáramos «de tiempo completo».

Cuando al día siguiente su chofer llegó para ayudarme a recoger mis chivas, constaté que es en la clase trabajadora donde uno puede hallar auténticos destellos de integridad y entereza tan brillantes como una veta áurea en lo más profundo de un filón subterráneo.

—No deberías irte a vivir allá, mano, la privacidad es lo más valioso que tenemos —me dijo el chofer al ayudarme a meter en la cajuela mi primera maleta.

—Es que aquí todo mi sueldo se me va en pagar la renta —reviré convencido.

—Pero allá vas a perder hasta el sueño —me previno aguzado.

Al llegar, más que el lujo y la exclusividad de la zona, me sorprendió ver a un viejito que recogía, al igual que yo, sus chivas mientras rumiaba maldiciones fangosas. No me faltaron oídos para alcanzar a entender que se quejaba por haber sido despedido al cuarto para las doce. Era el velador de la casa, según me explicó él mismo al azotar la puerta a modo de despedida; cargo que a partir de ese momento asumiría yo a la sombra de mi ostentoso puesto de guionista de radio y televisión, según debí admitir sin reservas y de la peor manera el lunes siguiente.

Entonces, antes de las ocho de la mañana, toda la casa se cimbró con la chicharra de la entrada. Dando tumbos y tropezones, alcancé el interfono, desde donde el mismo chofer me pidió que bajara de inmediato porque a “la señora” le urgía verme. Al llegar a su domicilio, todavía restregándome las lagañas, me enfrenté con una Lolita desmaquillada y desquiciada: se había enterado de que había dejado sola su casita el domingo por la tarde.

Incrédulo de semejante brete por tan poquito chisme, me defendí de la peor manera: «Hasta las sirvientas salen los domingos», intenté explicarle que mi esposa y yo habíamos salido a ver una película. «Una sí y la otra no», reviró ella, y para que no me quedara duda de que, en lugar de una casita de muñecas, habitaría en lo sucesivo la casa de los espantos, añadió desde su trono cetemista: «Encima de jodido, roñoso».

Aparte de tener que permanecer acuartelado, me llevé luego la sorpresa de que debía servirle de dama de compañía también.  Así fue cuando el mismo chofer volvió a despertarme con estridencia de gallo ranchero un sábado muy de mañana, otra vez por la soberana razón de que quería verme la señora. Al llegar a su vecina residencia, me quedé pasmado al saber que su urgencia no era otra que acompañarla de shopping esa mañana.

No sólo yo: en el auto acabamos apretujándonos, además del imprescindible chofer, Lolita, la sirvienta, el maquillista y yo. O sea, los cinco asientos ocupados del naquísimo Chrysler Lebaron que ella presumía como si fuera Lincoln Continental (aún no había Tratado de Libre Comercio de América del Norte, ni  modo). Y, al llegar a Plaza Polanco, todo su séquito la debimos seguir de tienda en tienda para, luego, cargar las bolsas que, aunque abultadas y onerosas, no alcanzaban a colmar el apetito voraz de nuestra patrona.

Todo el fastidio y el coraje que sentí esa mañana por no haber podido entregarme a la lectura de La Jornada Semanal de mi admirado Roger Bartra, como había planeado, se vieron de pronto recompensados al llegar a una tienda donde se exhibían los más suntuosos y exquisitos ornatos domésticos: desde alfombras afganas tejidas a mano y esculturas africanas de marfil, hasta máscaras venecianas en cerámica y candelabros franceses en oro de catorce quilates. Como chivo en cristalería, Lolita corría por sus pasillos, agarrando todo aquello que se le antojaba sin mirar si quiera el precio.

Al llegar a la caja y sumar la cantidad, la cajera palideció y se negó a autorizar una compra de ese monto. Colérica, Lolita le exigió que pasara nomás su tarjeta American Express y se dejara de miserias absurdas. Más aterrada aún, la cajera retrocedió y llamó de emergencia al gerente. Éste, igualmente asombrado, se negó a autorizar tal suma. Fuera de sí, Lolita estuvo a punto de escupirle la cara, pero se contuvo al escuchar su explicación: «Por un monto así, debo llamar primero a la compañía crediticia». «Hágalo, entonces», exigió ella con toda la rabia que le causaba en realidad no haber sido reconocida como la famosa periodista que creía ser.

Cuando al fin le autorizaron la compra, me sentí indigesto al ver que el monto de esa factura era muy superior al salario de todo su séquito en los siguientes diez años. Peor mi náusea cuando, al concluir el shopping, nuestra patrona se dignó a invitarnos a comer. Obviamente, eligió una taquería, y aun allí, mostró su innegable filiación cetemista; sin reservas cuando el Señor Putazo que tenía por maquillista pidió sus tacos con queso. Al acto, Lolita corrigió la orden: «Todos los tacos sencillos: aquí no hay embarazadas ni antojos que cumplir».

Balas sobre Bosques de las Lomas

Un tímido símil de la condición que padecía entonces lo hallé tres años después en la espléndida cinta Bullets Over Broadway (EE UU, 1994, Woody Allen), donde un ingenuo artista se ve involucrado con una actriz sin talento, pero arropada por un capo de la cosa nostra, por lo que debe ceder a sus caprichos, so pena de morir en el intento de montar su obra de teatro. Así mismo, como Lolita de la Vega y su gánster Netzahualcóyotl de la Vega pendían sobre mi cabeza como una espada de Damocles de doble punta.

Esta cinta no es una referencia gratuita: la viví de cierto cuando, otra vez, el chofer me despertó una mañana con la misma obligación. En esa ocasión, sin embargo, me llevé el susto de mi vida porque, mientras aguardaba en una salita a modo de recibidor, la sirvienta se apersonó sonrojada para pedirme que pasara a la recámara de su ama. Como jamás había ido allí, ella misma me condujo y, sin darme al menos oportunidad de excusarme, cerró la puerta tras de mí. No había escapatoria.

Al girar sobre mis tacones, vi sobre la cama a Lolita en toda su modorra cachondez: estaba más cruda que una alcachofa y, por lo mismo, deseosa de hervor. Por mi parte, en lugar de piel desnuda y encajes coquetos, veía sólo balas sobre Bosques de las Lomas, más aún cuando Lolita me ronroneó: «Acércate».

Casi temblando, me senté al ras de su cama y, desde lo alto de mi hombro, alcancé a ver sus piernas desnudas, por cuya epidermis nacarada se traslucían venas azules, verdes y moradas. Nunca antes había sentido tan cerca la muerte: bastaría que la sirvienta o el chofer le hicieran saber a Netza que me había metido a la alcoba nupcial en su ausencia para que no viera el día de mañana.

Al advertir que no reaccionaba ni siquiera al señalarme su colección de videos porno en VHS, supongo que ella misma debió renunciar a su patética seducción. Minutos después, bendito Dios, logré abrir de nuevo la puerta de la alcoba para pedir un café con la misma estridencia y dicha con que Rodrigo de Triana habría avistado tierra el 12 de octubre de 1492.

Franco, le hace usted honor a su apellido

En Hablemos claro, los ciudadanos tenían supuestamente la oportunidad de cuestionar e, incluso, increpar al funcionario en turno. Digo “supuestamente” porque, en mi calidad de guionista de ese programa falsario, yo escribía las preguntas y, luego, un equipo de producción salía a las calles para que transeúntes ordinarios las repitieran frente a la cámara, a cambio de vivir sus quince minutos de fama, según sentencia infalible de Andy Warhol.

Así había funcionado el programa con total desfachatez desde su estreno. Sin embargo, cuando Porfirio Muñoz Ledo, el único tribuno en el Senado de la República —los demás eran pura morralla—, pidió que se le entrevistara, Lolita de la Vega se resistió hasta que su propio marido la convenció de que debía doblar las manos, pues al mismo presidente Salinas le urgía quitarse el mote de «Carlos I el Usurpador» (no en balde había obligado al PRI para que renunciara por vez primera en la historia a una gubernatura, Baja California y, mejor aún, acababa de crear el primer instituto electoral con participación ciudadana).

Con una ingenuidad rayana en la ignorancia, Lolita me exigió que prepara un cuestionario capaz de poner en aprietos a Muñoz Ledo. Por supuesto, le di gusto, feliz de la vida, a sabiendas de que don Porfirio era el hombre más inteligente de México, dueño de un vasto acervo cultural, conocedor y operador del sistema político mexicano desde la médula y capaz de debatir con el mismísimo abogado del diablo.

Tan insegura se sentía frente a él, que me pidió (exigió) que la acompañara a realizar esa entrevista. Al llegar a la antigua casona de Xicoténcatl, y verme de repente en una sala adjunta al pleno de sesiones, no niego que me sentí como Juan Diego al pie del Tepeyac: a diferencia de los mítines multitudinarios donde había visto a mi líder, ahora lo tenía a tres metros de distancia, en dominio señorial de la escena. Tuve de pronto el impulso de rogarle que me rescatara de mi destino nugatorio, ése que me había puesto en garras de nuestros adversarios políticos.

Me contuve, sin remedio, pero gozando cada respuesta suya como si fuera una victoria mía, sobre todo cuando desenmascaró a Lolita al responder con un auténtico nocaut una de mis preguntas apócrifas: «Se nota a leguas que ustedes prepararon las preguntas, pero qué más da, es una oportunidad excelente para que la gente sepa la clase de periodismo tendencioso que se hace desde los medios oficiales, con cargo al erario.»

De regreso a nuestros aposentos, Lolita juró y perjuró que esa entrevista no saldría jamás al aire. Desconozco si la censura la avaló el director de comunicación social de la Presidencia, mi paisano Otto Granados Roldán, o el director de Imevisión, Antonio Álvarez Lima, o ambos, pero lo cierto es que la entrevista permaneció enlatada varias semanas.

Entonces, ante las insistentes llamadas de don Porfirio, un buen día me decidí a tomar el toro por los cuernos, dispuesto a revelarle la verdad: que su programa había sido censurado por capricho de Lolita y, obviamente, con el aval de los susodichos.

—Franco, le hace usted honor a su apellido —me propinó don Porfirio el más fino cumplido que conservo en mi memoria.

Desconozco cuáles fueron los recursos de que don Porfirio echó mano al colgar el teléfono. Pero lo cierto es que su entrevista se transmitió, sin falta y sin tijeretazos, el siguiente sábado por la noche en Canal 13 y todas sus repetidoras a nivel nacional. Lolita berreaba esa noche ahogada hasta las manitas, mientras yo festejaba en su casita de muñecas como si nos hubieran restituido el triunfo del 6 de julio de 1988.

The Doors: las puertas de mi libertad

Por increíble que parezca, no fueron estas desavenencias irreconciliables las que hicieron inevitable nuestra ruptura, sino el eslabón más débil, como advierte el proverbio. Apegado a mi condición de cinéfilo empedernido, prefiero creer que, en este caso, se cumplió más bien la sentencia admonitoria de que El cartero siempre llama dos veces (EE UU, 1981, Bob Rafelson): si la primera vez que Lolita me sobajó fue por haberme atrevido a abandonar su casa para ver una película, la última y definitiva no podía ser distinta: al enterarme del estreno de The Doors (EE UU, 1991, Oliver Stone), corrí con mi esposa al cine Latino para echarnos un banquetazo sensorial.

Esa noche, de vuelta a Lomas del Sol, supimos lo que de verdad significaba el poder gansteril de la CTM: afuera de la casa había al menos tres autos opacos con múltiples guaruras a sus costados, cerrándonos aparatosamente la entrada. Desde el fondo de la casa podían oírse los alaridos de Lolita, mientras uno de sus hombrones me mostraba mis escasas pertenencias tiradas en el patio.

—Tienes hasta mañana al mediodía para recogerlas, si no, las echamos a la basura.

Curiosamente, quien al día siguiente me ayudó a rescatarlas fue otro pinche tiranito y comunicador consentido también del salinato, algo así como la versión masculina de la déspota Lolita: Eduardo Carrasco Zanini, pero ésta es otra historia, diría la Nana Goya (el siguiente capítulo de Dioses y odiosesno se lo pierdan).

Lolita de la Verga (he aquí la «erre» imprescindible)


Carente de toda credibilidad por haber sido una suerte de Lady Molécula del priato, Lolita empezó a desaparecer de la palestra mediática desde que murió su padrino político Fidel Velázquez en el solsticio de 1997, y, definitivamente, cuando quedó viuda en 2004 de su rufián y único protector. Entonces, las televisoras y radiodifusoras al verse, por fin, liberadas de la coerción que tácitamente ejercía contra ellas el poderoso líder sindical, decidieron echar por la borda la carga mastodóntica que les representaba su viuda en todo sentido.

De allí en adelante, la pobre Lola ha debido echar mano de las revistas rosas y del corazón, y hasta de la prensa amarillista, para intentar mantenerse vigente, con tal impudor y falta de dignidad, que no pocas veces ha llegado al colmo de mercar con lo último que le queda: la podredumbre de su cuerpo (afecciones diabéticas, liposucciones, cirugías plásticas y hospitalizaciones recurrentes), todo con tal de dar la nota y conmover a un público que sólo existe en sus sueños deschavetados, tal como se lo hicieron ver con palmaria inocencia la cajera y el gerente de Plaza Polanco.

Epílogo

Con toda razón, un lector atento podría reclamarme por qué le dedico tanto espacio y tiempo a una pinche tiranita si, según yo, no logró quitarme el sueño más de un fin de semana. Bien bajado ese balón.

El único daño que Lolita logró hacerme fue muchos años después y ni siquiera me lo causó directamente a mí, sino al enorme poeta Jaime Sabines, a quien tuve el privilegio de conocer y ser considerado su amigo gracias al programa-homenaje que realicé sobre su vida y obra en mi serie televisiva Caminantes. Por eso me dolió muchísimo la embocada que le tendió la cortesana De la Verga (no es errata) por consigna del secretario de gobernación, Emilio Chuayffet Chemor.

Siendo chiapaneco y diáfano de corazón, el poeta Sabines intentó desenmascarar al subcomandante Marcos y al EZLN durante esa entrevista, donde Lola lo sonsacaba para que siguiera dándole como piñata al idolito de los turistas progres y de la fundamentalista comunidad intelectual, los mismos que a la postre serían conocidos atinadamente como «chairos» (por su afición al onanismo revolucionario). Y aunque la historia acabó dándole la razón a Sabines cuando Marcos acabó desenmascarado como el payaso que siempre fue, en ese momento sus declaraciones causaron un verdadero escándalo —¡las sales!—, al punto de que su prestigio se vio minado hasta la proscripción.

No exagero: a la sazón realizaba yo un documental para TV UNAM sobre el exilio chileno en México, Allende el sueño. Gracias a mi amistad con el maestro Sabines, lo convencí de que recitara la letra de la sentida composición de Pablo Milanés Yo pisaré las calles nuevamente. Lo hizo de manera espléndida. Sin embargo, cuando preparaba la edición, mi amigo Fernando Sánchez Mejorada, productor de la serie México, puerto de llegada, decidió que de ninguna manera podría incluirse la voz de quien había osado cuestionar la legitimidad de la rebelión de los indígenas chiapanecos (con un criterio así de fundamentalista y estrecho, no es de extrañar que acabara apoyando a López Obrador como uno de sus más entusiastas paleros).

Al morir el maestro Jaime Sabines apenas un año después, sus restos no merecieron llegar al Palacio de Bellas Artes para el homenaje que sin duda la nación le debía, y su funeral acabó siendo desangelado y marginal en el Panteón Francés, apenas desagraviado por Rafael Tovar y de Teresa, pero cuya elegía apenas se consignó en las páginas pares e interiores de algunos diarios.

Así de brutal y, por lo mismo imperdonable, fue el daño que la cortesana y meretriz Lolita de la Verga (no es errata) le causó a nuestro enorme Sabines, pero también de allí mi satisfacción al verlo reivindicado plenamente justo en el centenario de su natalicio, mientras ella no tiene más remedio que intentar causar lástima con sus patéticas hospitalizaciones.


Carlos Alejandro Franco

(No se pierda el siguiente capítulo de esta emocionante serie: Eduardo Carrasco Zanini: el cineasta que jamás pasó de chalán)


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