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Gastón Melo Medina o por qué los alacranes no tienen alas

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  A la luz de la claridad que otorgan la distancia y el tiempo, convengo que el precio más oneroso del odio es la extrema atención que se le concede al victimario, en menoscabo de los intereses y objetivos propios, con el inevitable envenenamiento del ánimo . Con mayor amargura a la sombra de la impunidad que al verdugo le conceden los consabidos «palo dado ni Dios lo quita», «hay un Dios» y «de esta vida nadie se va sin pagar» —la ñoña letanía permisiva de la moral en boga—, por lo que el agraviado acaba, más que lamiéndose las heridas, echándoles sal con limón y chile piquín, en la esperanza de vengarse, escenificando en realidad una suerte de masoquismo compulsivo, tan adictivo como puede llegar a serlo la obsesión por el ser amado. Teniendo la esperanza como denominador común, ambos extremos pueden prolongarse una vida entera, sin exagerar, como en los patéticos casos de Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera a lo largo de «cincuenta y un años con nueve meses ...