Gastón Melo Medina o por qué los alacranes no tienen alas
Teniendo la esperanza como denominador común, ambos extremos pueden prolongarse una vida entera, sin exagerar, como en los patéticos casos de Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera a lo largo de «cincuenta y un años con nueve meses y cuatro días» hasta que Fermina Daza queda viuda y por fin, satisface su empedernida obsesión por ella; o de mi personaje y alter ego, José Regugio Martín, en El cementerio de los días, quien, ante la galopante impunidad de su victimario, sólo remedia su rencor al dejar de usar su mano en el onanismo vesánico de la esperanza para hacerse justicia con ella misma… veintiún años después o, para ser más exactos, «siete mil seiscientos sesenta y nueve días», sepultados todos en la lóbrega fosa del rencor.
Aunque jamás llegué a idear un plan criminal para satisfacer mi anhelo de venganza contra Gastón Melo Medina, en cambio sí ansié la revancha durante los ocho años que he multicitado en este relato, y si no fueron más, fue sólo gracias a la clemencia con que el karma, la vida o Dios me entregó, por fin, en bandeja de plata, la cabeza de mi verdugo en un auténtico acto de justicia poética
El olvido que sugiere sabiamente Borges como mejor desenlace del rencor —por encima del perdón y la venganza—, en mi caso fue imposible, acaso por haber debido convivir a la par, durante esos ocho años, con la tercera razón que me lo recordaba a cada hora: mi propia primogénita, Anaelis.
Ni una sola mujer puede dudar de su maternidad, a diferencia de todos los hombres de este planeta con respecto a su paternidad, al menos hasta finales de la década de 1980, cuando Alec Jeffreys descubrió la técnica de la huella genética con base en el infalible ADN. No en balde había llegado a considerarse a la paternidad como un acto de fe. Con mayor razón en mi caso dadas las “extrañas” circunstancias que enmarcaron el embarazo de mi esposa rusa-cubana, Ileana Bernardo Diakova, habré de llamarla en lo sucesivo, decidido a revelar sin cortapisas esta historia, amagado como estoy por la muerte y sin esperanzas de vencerla.
La noche de los ojos fríos
Como una especie de rompecabezas, esas “extrañas” circunstancias se fueron armando en mi mente de manera dispareja y aleatoria. De allí que mi pasmo fuera tan tardío como el de esos personajes de caricatura que siguen corriendo en el vacío hasta que, al mirar abajo, se dan cuenta de que el suelo se acabó metros antes y, sólo entonces, se desploman.
Fue precisamente la cachorra dálmata, Dobruška, la que habría de marcar el inicio de esta carrera hacia el vacío. Así fue cuando Ileana se apersonó en las oficinas de Silog una tarde primaveral de 1991 para mostrarme a nuestra flamante mascota. Su visita no pasó desapercibida para Gastón, quien aprovechó la ocasión para presentarse con ella. Pocos días después, me hizo una oferta tentadora: contratar a Ileana en la incipiente campaña de Miguel Alemán al Senado «para aliviar nuestra economía familiar con un sueldo extra», dijo con gesto beatífico.
En descargo propio, debo admitir que, aparte del alivio económico, esa oferta significaba la posibilidad de controlar a esa mujer, que, de haber sido maceta, le habrían crecido patas para abandonar la casa: indómita e híper-quinésica, era incapaz de estarse quieta un solo momento. Desde su arribo a México —premonitoriamente, el Día de Muertos de 1990—, se había desaparecido varias veces, con el consecuente papelón que escenificaba yo al salir a buscarla, mientras mis amigos y parientes se burlaban a mis espaldas en la seguridad de que esa gusana ya se habría fugado a Miami, como el resto de sus paisanos.
Su primer viaje a Veracruz se vio matizado por la gentil invitación que Gastón me hizo para acompañarlo a la campaña «y reunirme con Ileana para evitar la soledad del fin de semana». Mejor no lo hubiera hecho. Y es que, luego de un memorable viaje de cuatro horas en carretera, durante el cual me convencí de su talento de gran narrador, al llegar a Xalapa, descubrí la clase de trepadora con que me había casado.
Al registrarme en el hotel, pedí que me
asignaran la misma habitación de mi esposa. Casi estallo cuando la
recepcionista me avisó que era imposible porque ella compartía una habitación doble
con ¡un hombre! Enseguida corrí a ese cuarto con todo y maleta, dispuesto a permutar el hospedaje. Al abrir el susodicho, le pregunté con gesto amenazador dónde estaba mi
esposa. Abriendo la puerta por completo, me explicó que estaba en la discoteca
del hotel.
Desconfiado, corrí hacia allá, y, coincidentemente, me volví a encontrar con Gastón. Ambos ingresamos a la discoteca, pero yendo yo atrás de él, alcancé a ver sobre su hombro, como rayo en cielo sereno, el gesto radiante con que mi esposa reaccionaba a su vista. Más deslumbrante al contrastarlo con la agria mueca de decepción que expresó al verme enseguida a sus espaldas.
Obsesivo y rencoroso como soy, esta escena se convirtió en un interminable reclamo en los siguientes meses de nuestra vida conyugal, hasta nuestra inevitable, bendita, separación en marzo de 1993, sin que ella jamás negara lo sucedido ni tampoco se disculpara. En su calidad de víctima, creía merecerse la gloria, viniera de donde viniera, por todas las carencias que había sufrido a causa de su miserable nacionalidad, como suelen hacerlo los cubanos al escapar de la dictadura.
A Total Eclipse of the Hearth II
Siempre sonrojado, no me cansaba de disculparme por mi escena de celos.
—Eres un auténtico lasallista, Carlos, nomás te falta el silicio —se desesperaba Marco por mi proclividad a la culpa y la penitencia.
—Mi abuela llevaba uno al morir, ¿cómo lo sabes?
Y otra vez las carcajadas, los tragos de Flor de Caña, los cigarros Delicados y las canciones de Pablo Milanés, Silvio Rodríguez y toda la pléyade de artistas de la nueva troba que no sonaban en la radio comercial.
Con menos gracia, recordábamos que, la tarde cuando trabamos nuestra amistad en Tecolutla, Ileana había corrido al cuarto para ponerse un diminuto bikini y, luego, valiéndole madres mi presencia, se lució frente a todos, especialmente ante Gastón. Otro interminable reclamo en nuestra vida conyugal, con mayor cólera porque me había convertido en la comidilla de los Godínez. De parte de ella, la misma indiferencia, casi hartazgo, deseosa de deshacerme de mí para trepar esa nueva escalera a su antojo, sin pensar ni por asomo que todos los involucrados estábamos casados.
Poca cosa ante el verdadero calambre que habría de acomodarme precisamente en el eclipse solar de 1991. Justo en la víspera, Gastón me había comisionado para hacer un scouting de seis días en Veracruz. A mi retorno, la mañana del jueves 11 de julio, convencí a Ileana para que fuéramos al Zoológico de Chapultepec a contemplar el eclipse, triste consuelo luego de la cancelación del concierto de Jean Michel Jarre en Teotihuacan.Apostados entre las jaulas de los chimpancés y los mandriles, me soltó de pronto una verborrea de la que sólo alcancé a entender que, durante mi ausencia, se había topado una tarde con Gastón en un hotel del centro histórico, y que él iba acompañado de gente “muy loca”.
—¿Y qué hacías tú en un hotel del centro histórico? —alcancé a preguntarle justo cuando el día se tornaba negro y las bestias lanzaban alaridos con un desconcierto tan hondo como el mío.
Ante la nueva andanada de reclamos y respuestas imposibles, insistió en ir a visitar a su familia a Cuba, desempleada como había quedado tras su fallida participación en la campaña. Ante la imposibilidad de pagarle ese nuevo capricho, me sorprendió que le solicitara su apoyo al propio Gastón. Me asombra aún más la ingenuidad con que reaccionaba yo a todas esas señales palmarias de su amasiato. Incluso, le agradecí a Gastón ese “préstamo”, a todas luces absurdo, peor cuando no teníamos ni siquiera una sala, tal como dejé en claro en el anterior capítulo, sin detenerme a preguntar de dónde tanta confianza y consideración entre ambos.
Luego de varias sesiones con el Dr. Daniel Gerber, concluí que no en balde el marido es el último en enterarse de la infidelidad de su mujer (o a la inversa), como se asegura con pasmosa recurrencia: lejos de ser una actitud boba, es una ceguera benevolente, a modo de escudo providencial, de cara al intenso dolor que comprende tal hallazgo. Para qué tanto rollo: «ojos que no ven, corazón que no siente», y quien intente desacreditar esta joya de la sabiduría popular por su humilde sencillez, bien le convendría leer la siguiente frase, escrita hace más de cuatro siglos, por el máximo exponente de la lengua castellana, Miguel de Cervantes Saavedra:
«…no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la misma experiencia, madre de las ciencias todas.»Don Quijote de la Mancha
Desde La Habana con amor
Justo cuando comenzaba a disfrutar las ventajas de mi recién recuperada soltería, una tarde me llamó Ileana desde su domicilio en El Vedado, el exclusivo barrio de La Habana donde había nacido y residido hasta su mudanza a México, código postal que la hacía creerse superior al resto de sus misérrimos paisanos:
—¡Estoy embarazada! —me anunció con el mismo tono de una mentada de madre—. Si por mí fuera, abortaría ahora mismo, pero bien sabes que no puedo.
En efecto, desde Praga, me había advertido que jamás abortaría porque se lo había prometido a su madre, una rusa alcohólica que acabó abandonando a su familia en Cuba para regresar a su patria, donde fue internada en varias clínicas psiquiátricas y otros tantos centros de rehabilitación, consumida seguramente por la culpa de los muchos legrados que se habría practicado durante su promiscua carrera alcohólica.
—¿Qué tienes que decir, hijueputa? —me espetó mi linda esposa con toda la ternura que obligaba el maternal momento—. Contesta, comemierda
—Bien sabes que yo también prometí que jamás volvería a convalidar un aborto —le respondí sin chistar, habiendo expiado con ataques de pánico, ansiedad generalizada, sesiones de psicoanálisis y, también, con alcoholismo, mis propios pecados en esa materia, tal como detallaré en el siguiente y último capítulo de esta serie, Érase una vez en el purgatorio.
Al día siguiente, al entrevistarme con Gastón, le participé la noticia, sin imaginar que, justo entonces, se abriría el verdadero precipicio bajo mis pies:
—¿Y es tuyo? —me devolvió sin chistar, con una mueca burlona, incluso.
Noqueado, supuse que lo habría dicho por la pésima reputación que las cubanas tenían y tienen en esa materia. No recuerdo qué le contesté ni importa ahora. El golpe ya estaba dado y, como bien se sabe, «ni Dios lo quita». Mucho menos la memoria.
Pero la estocada para cerrar el tercio aún estaba por enterrármela a pelo la propia Ileana. Así sería al regresar de La Habana en un vuelo que estuvo a punto de causarle un aborto espontáneo, dada su fobia a volar y la imposibilidad de atenuarla con unos tequilas, como en su primer vuelo a México, ahora por su infortunado embarazo:
—No le hagas caso a Gastón —me soltó días después en las oficinas de Silog, mientras redactaba un boletín de prensa de la campaña de Miguel Alemán—. Por supuesto que este bebé es tuyo, ya ves que él es muy bromista.
El problema es que jamás le había comentado la brutal respuesta de Gastón («¿Y es tuyo?»). Así pues, ¿cómo lo supo? Obviamente, porque su amante la llamó para confesarle su error, y ella, estúpidamente, corrió para intentar ocultar su amasiato, cuando en realidad no hizo sino delatarlo: a confesión de parte, relevo de pruebas.
En el colmo de la incertidumbre sobre mi supuesta paternidad, en marzo de 1993, cuando el divorcio era ya inevitable e intentaba impedirlo a toda costa, preocupado por el bienestar de la bebé al lado de una madre desquiciada como ella, la muy canalla me espetó:
—¿Y estás seguro de que es tuya?
Aun así, desde el siguiente semana de nuestra separación, seguí viendo y cuidando a mi (supuesta) hija, una auténtica revelación de la esencia divina que nutre al universo, juraba. Por lo mismo, no dejé de verla un solo fin de semana y pasé con ella todos los veranos y, sobre todo, las Navidades, al lado de mi familia en Aguascalientes. Incluso, la sumé a mis equipos de producción de Caminantes y Notimex al viajar a varias ciudades de provincia para impedir que mi trabajo nos apartara
La amarga duda sobre mi paternidad dejó de carcomerme varios años después, quizás en 1998, cuando Anaelis tenía ya seis años, y un mediodía fui a recogerla al kínder. Me acompañaban mis colegas de Notimex en nuestra camioneta de batalla. De repente, al caminar hacia la puerta de acceso al centro escolar, una prefecta o maestra que jamás me había visto, soltó a todo pulmón:
—¡El papá de Anaelis!
Hasta el día de hoy no recuerdo haber abrazado con tanto entusiasmo y gratitud a alguien.
¿Aún hay más? ¡Ni que fuera Siempre en Domingo!
Bien dije que son cuatro, y no tres, las razones de mi rencor indeclinable contra Gastón Melo Medina. Con toda justicia, mis dos lectores podrían sorprenderse de que esta historia no haya culminado en la cárcel, el panteón o, al menos, en un hospital, hasta este punto. No sólo me había corrido justo en la víspera del nacimiento de mi hija, sino que encima, me había amenazado con destruir mi vida al ver que intentaba recuperarme, dejándome nuevamente sin trabajo, y, por si fuera poco, se había acostado con mi esposa, abusando de su poder, con el daño colateral, terrible, de hacerme dudar de mi paternidad.
¿Podría haber otro agravio? ¿Sería posible mayor saña? Para responder ambas preguntas, es imprescindible ver Once a Time in the West (EE UU, Italia, 1968, Sergio Leone). En esta magnífica película, una viuda (la suculenta Claudia Cardinale), con tal de preservar su vida y herencia, se acuesta con el mismo bandido que mató a su marido.El asesino, atónito, le pregunta en la cama, aún jadeando, si hay algo que ella no haría con tal de conseguir lo que quiere.
—NADA —responde la puta.
Así mismo lo hizo Ileana cuando en 1994 Gastón Melo le presentó a un cuate suyo, Manuel Gómez Ortigoza, ujier de Alejandro Burillo Azcárraga «El Güero», magnate futbolista y de otros negocios corporativos en materia de comunicación. Siendo padre soltero de varias niñas y agobiado por su servidumbre profesional, al tipo la jinetera le cayó como una suerte de Mary Poppins, que aparte de institutriz era meretriz, mejor aún güerita, para exorcizar por interpósita persona su complejo de inferioridad por su ascendencia de aborigen maya.
Así, mi exmujer acabó aliándose con nuestros verdugos: los mismos canallas que habían hecho de su alumbramiento un calvario al dejar a su marido sin trabajo, obligándola a parir en una pocilga del sistema público de salud, y convirtiendo en una pesadilla sus primeros meses como madre, sin dinero y arrimada en el departamento de una familia jodida, mezquina y, encima, pretensiosa: aguascalentense, vaya.
Poca cosa de cara a la vida de lujo que le esperaba en su nuevo domicilio, en la exclusiva zona de Polanco y, para acabarla de amolar, en la calle de Cervantes, como una broma cruel del destino (ojalá hubiera sido en Hegel, con quienes los marxistas tenemos tantas diferencias). Pero ya está más que visto que nunca he sido un chiqueado de Dios.
Bien dice el proverbio judío que te cuides de tus deseos porque se pueden hacer realidad: cuando por fin se mudó, fue para residir en la exclusiva zona de Santa Fe, el nuevo enclave de los ricos chilangos, ante cuya opulencia, Polanco parecía un gueto anticuado y fuera de moda, con el inconveniente de tener que desperdiciar más tiempo en el caótico tránsito del poniente de la ciudad para recoger y entregar a Anaelis cada fin de semana.
Dios no les da alas a los alacranes (decían)
En algún momento de este prolongado relato le di una sobadita a mi maltrecha autoestima por haber arrojado una caja de diazepam al escusado cuando la ansiedad me mantenía en jaque, a punto del mate, en la envenenada Praga. Gracias a este ejercicio de la memoria, he hallado otra muy buena razón para sentir aprecio por mí mismo. Así fue a mediados de 1995, durante la más brutal recesión que haya vivido jamás. Lo asegura alguien que había padecido y sobrevivido a las crisis de 1976 y 1982-1985. Pero jamás había llegado al punto de la inanición y de no poder pagar la renta, y, peor aún, sin la menor esperanza de salir del hoyo.
Justo en la víspera de mi inevitable mudanza al cuarto de servicio que me ofreció generosamente mi amigo Marco Antonio Jiménez, estando ya casi vacío el departamento de soltero que rentaba en la calle de Chicago de la colonia Nápoles, él mismo me instó a tentar todas las opciones a la vista. Para entonces, mi único ingreso provenía de las agencias publicitarias de Luis Kelly y Enrique Horta, casi una limosna conmiserativa, cómo no, si ambos también sufrían la onda expansiva de los llamados «errores de diciembre», en realidad, el estallido de la burbuja crediticia del sexenio salinista con la punta de lanza que significó la fuga de capitales que drenó las arcas nacionales durante el calamitoso 1994.
—Gastón es actualmente secretario particular de Emilio Azcárraga Milmo —intentó convencerme Marco para que le pidiera ayuda a mi verdugo.
En un acto de dignidad que aún me enorgullece, estallé sin chistar:
—¡Ni madres!
Así las cosas, no tuve más remedio que tragarme la pena y levantar el teléfono —que, de milagro, aún no me habían cortado— para llamarle a mi cuate Ariel González Jiménez, el mismo que, celoso y veleidoso como es, había exigido mi expulsión de la Dirección Editorial de la campaña del malogrado Luis Donaldo Colosio. Al filo del despeñadero, sólo afloró el atenuante de que habíamos sido compañeros desde la Facultad de Economía y verdaderos amigos en cientos de batallas y parrandas. (El resultado de este reencuentro fue, de entrada, decepcionante, pero en el mediano plazo, bien valió la pena —nunca mejor dicha—, como ya se verá en el capítulo Ariel González Jiménez o me pareció ver una linda Pantera Rosa).Si ya de por sí era humillante verme arrimado en un cuarto de servicio —«de sirvienta», en realidad—, nadie puede imaginarse la mezcla de vergüenza y rabia que me carcomía el alma al tener que pasar a recoger, al mismo tiempo, a mi hija a la lujosa colonia de Polanco. En mi lugar, cualquier otro se habría suicidado o, al menos, concluido esta historia en la nota roja. Estando el cuartito en un sexto o séptimo piso, confieso que más de una vez calculé los dos o tres segundos que bastarían para escaparme de esa pesadilla. No sé si ésta sea otra razón para apapacharme y, si lo dudo, es porque jamás he considerado al suicidio un acto de cobardía, más bien, lo contrario.
La verdad es que, como buen escritor, siempre me ha ganado la canija curiosidad, especialmente deseoso de ver pasar frente a mi portal el féretro de mis enemigos. Por lo mismo, la pena que me causaba llevar a mi hija de Polanco a un cuarto de servicio de Mixcoac, la disfracé con la puntada de transformar ese refugio en «la cueva del oso», le aseguraba aprovechando la candidez de sus tres años, mientras ambos nos acurrucábamos en un colchón leyendo cuentos, o inventándolos yo, como una suerte de conjuro para que el oso no regresara, le juraba hasta verla dormida. Con idéntica nostalgia, recuerdo que, justo en «la cueva del oso», ideé y escribí los primeros guiones de mi serie Caminantes, la que saldría al aire un año después en CNI Canal 40.
—¿No que Dios no les da alas a los alacranes? —maldecía luego al atestiguar la impunidad con que ese alacrán se pavoneaba en los medios, ajeno a la estela corrosiva que dejaba a su paso.
—Dios es tardo, pero es Dios, ni lo dudes —me aseguró un parroquiano en el León de Oro, la cantina adonde solía acudir para echarme, más que tragos, ánimos en la eterna espera de mi anhelado ajuste de cuentas.
La inexorable gravedad del ser
Atento primordialmente a la salud de mi padre en 1997, dejé de prestarle atención a estos asuntos. Pero me fue inevitable mirarlos de reojo cuando, con la estridencia del caso, se anunció la muerte de «El Tigre», Emilio Azcárraga Milmo, presidente de Televisa y jefe de Gastón Melo. De entrada, me causó genuino asombro el poder incorruptible de la muerte (igual de indiferente ese mismo año con otros potentados: Lady Di, Fidel Velázquez, mi admirado Heberto Castillo y, sin serlo, hasta con mi padre, don Abel Franco Muñoz, que en paz descanse).
Enseguida, me ilusionó la obviedad de que, muerto «El Tigre», se acabaría el poder de su achichincle. Pero ya estaba visto que, como gato de lujo, Gatón (no es errata) tenía muchas vidas: durante la larga etapa de transición de la presidencia ejecutiva de Televisa, siguió ejerciendo cierta influencia, seguro de poder comerle el mandado al inexperto y soso heredero de la mayor corporación televisiva y radiofónica de habla hispana.
A pesar del entripado que su impunidad me causaba, volvía a mis propios proyectos con sano desprecio —basado en la razón, como siempre debió haber sido, y no con el odio que engendra el corazón, según distingue el divino Schopenhauer—; así, me abocaba a mis asuntos feliz de la vida por darme el lujo de dirigir un programa semanal de mi serie Caminantes en CNI Canal 40 por más de dos años; dirigir un programa para TV UNAM sobre el exilio chileno en México (Allende el sueño, México, 1998) que incluso fue premiado en Punta del Este, Uruguay; y, especialmente, por cristalizar justo entonces el sueño de mi vida: dirigir un par de películas (Loco corazón, México, 1998; Del norte a la gran ciudad, México, 1999), amén de diversos proyectos publicitarios y de comunicación corporativa.
Quizás así habría seguido, ajeno por completo a la suerte de mi verdugo, de no haber sido porque un mediodía, mientras conducía mi auto por la congestionada avenida de Florencia, Joaquín López Dóriga anuncio en su noticiario radiofónico que ¡Gastón Melo Medina había sido echado de Televisa! Al borde del paroxismo, tuve que buscar una calle aledaña para estacionarme. Incrédulo, escuché enseguida que Joaquín editorializaba la nota con un rencor mayor que el mío (y eso es mucho que decir): sin piedad, festejó su defenestración, convencido de que un ser tan ponzoñoso como ese fatuo canalla jamás debió instalarse en los anexos de la presidencia de Televisa.
Aún no salía de mi sorpresa, cuando mi celular comenzó a sonar como campanadas en Domingo de Resurrección: mis amigos me llamaban para compartir la feliz tragedia de mi némesis. Desde luego, esa tarde no hubo más compromiso que festejar mi inesperada reivindicación. Atando cabos, colegimos que Gastón había intentado aprovechar la insuficiencia de Guillermo Ortega Ruiz para llenar el enorme vacío que Jacobo Zabludovsky había dejado en el noticiero nocturno, e imponer de relevo a su amigo Ricardo Rocha, por encima del heredero natural, Abraham, y del propio Joaquín, leal a los Zabludovsky desde treinta años atrás.
Para mayor fortuna, era un viernes y, por lo mismo, Anaelis se convirtió en la invitada de honor de ese festejo, pero sin comprender por qué tanta algarabía. Como toda respuesta, ya en mi departamento de la colonia Narvarte, le canté a dúo con Pedro Infante:
Cuando el destino:
«Es por eso que he venido a reírme de tu
pena.
Yo, que a Dios le había pedido que te
hundiera más que a mí.
«Dios me ha dado este capricho y he venido a
verte hundido
para hacerte yo en la vida como tú me
hiciste a mí.
«Ya lo ves cómo el destino todo cobra y
nada olvida.
Ya lo ves cómo un cariño nos arrastra y nos
humilla.
«¡Qué bonita es la venganza cuando Dios nos
la concede!
Yo sabía que en la revancha te tenía que
hacer perder.»
La salud de la muerte
Para redondear la caída de Gastón Melo Medina, el gobernador Miguel Alemán Velasco había terminado poco antes su gestión, por lo que su achichincle no podría disponer de ese salvavidas. Una razón más para festejar su defenestración.
El gusto me duró muy poco, hasta el otoño de 1999, cuando, al presentar a su equipo de campaña, el candidato priísta incluyo en la vocería precisamente a ¡Gastón Melo Medina! Casi vomito ante la sola idea de verlo apostado en Los Pinos despachando los siguientes seis años desde la Dirección de Comunicación Social. (Obviamente, su designación como vocero se había debido a una deferencia de parte de Pancho Labastida Ochoa ante su más notable rival interno, Miguel Alemán Velasco, quien en la víspera había declinado a su aspiración presidencial en favor del sinaloense.)
Tan apecho me tomé esa contienda electoral, que, al realizar un documental sobre la vida de Vicente Fox (En el nido del avestruz), le exigí su triunfo durante la semana que conviví con él de tiempo completo en Guanajuato, convencido muy a pesar mío de que mi candidato natural, Cuauhtémoc Cárdenas, no tenía ninguna posibilidad en las elecciones del 2 de julio de 2000, luego de su decepcionante desempeño como jefe de gobierno del Distrito Federal.
—El candidato a vencer es Ernesto Zedillo —me soltó Fox—. Pancho no tiene ninguna posibilidad.
Aún más: al realizar en 2000 un programa piloto, En corto, aprovechando un contacto que Luis Kelly tenía con Tristán Canales, director de producción de TV Azteca, tuve la oportunidad de reencontrarme con mi eterno Porfirio Muñoz Ledo. Durante la entrevista en su oficina de San Lázaro, le sugerí la posibiidad de que Cuauhtémoc declinara su candidatura igual que Heberto lo había hecho en 1988, ahora, para que el PRD formara una coalición “estratégica” con el PAN y, así, lograr, como prometía Fox, «sacar al PRI de Los Pinos».
—¡Cómo se le ocurre, Franco! —me regañó—. Fue justo por medio de una coalición como Hitler llegó al poder.
Inconsistente, veleidoso y caprichoso como era, fue el primero en montarse al pódium de Vicente Fox durante el festejo de la noche del 2 de julio en el Ángel de la Independencia, y, meses después, llegó a ocupar algunos cargos menores en su administración. Insisto: a pesar de la inmensa maceta de su cerebro, jamás pasó del corredor, quizá por lo mismo. Eso nunca se sabe. Jamás volví a verlo. Descanse en paz.
Habiendo cubierto esa histórica jornada electoral desde las oficinas centrales del PAN en la colonia Del Valle, y, luego, en el festejo del Ángel de la Independencia, esa noche me fui a dormir con una sonrisa casi beatífica: mi pesadilla había sido exorcizada, por fin. No podía siquiera imaginar el horror que en ese mismo momento estaría padeciendo el malogrado vocero de la Presidencia de la República. Era la primera vez que el PRI perdía una elección presidencial en su larga historia de siete décadas. Y justo en ese tren al precipicio iba montada esa «Rata Infecta», como lo llamaba entre mis amigos, incapaz de pronunciar, hasta ahora, su nombre: Gastón Tadeo Melo Medina, descanse en paz, hijo de la gran chingada, como lo aseveré ocho años antes, lo reafirmé esa noche a todo pulmón y lo corroboro hoy mismo desde mi propia agonía.
Epílogo
Pero ya está visto que este alacrán es más bien un pájaro de cuenta, al grado de haber sido investigado años después por una Comisión Especial del Congreso de Nuevo León, esto a resultas del desfalco que perpetró en contra del erario estatal cuando organizó el Fórum Universal de las Culturas 2007 en Monterrey, y aprovechó la ocasión para asignarse un sueldo de escándalo.
No conforme con esa tajada, contrató a sus propias empresas como proveedores del magno evento. Luego de ser sorprendido con las manos en la masa, fue defenestrado del Fórum y acabó asilado, casi prófugo, en París. Si no purga una condena en algún centro penitenciario de Nuevo León o del altiplano es sólo porque, como he insistido, la justicia es la puta más cara en el inmenso congal que es México.
Hasta aquí mi recuento sobre este sujeto. Nada más. Ya bastante pena me causa haberme distraído ocho años odiando a esa «Rata Infecta». Me doy más que satisfecho con la justicia poética que saldó espléndidamente nuestras cuentas. Por mí, descanse en paz, aun en vida, Gastón Tadeo Melo Medina. Amén.
















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