Luis Kelly o la canija imposibilidad de ser
De atenernos a la máxima hamletiana del ser o no ser, Luis Kelly es un rotundo espécimen de la negación, pero en su expresión superlativa: la imposibilidad. Esta condición inherente a su existencia se revela palmaria a primera vista, es decir, desde el momento mismo en que lo conocemos en persona. Y es que, en lugar del ejecutivo de cabellera rojiza, tez alba constelada de pecas coquetas, ojos claros y estatura boreal —según anuncia su apellido de recta ascendencia céltica—, nos llevamos el chasco de nuestra vida al toparnos con un auténtico aborigen amerindio de la zona zapoteca: botijón, chaparro, prieto y, qué pena, más feo que un carro visto desde abajo. No es por ello casual ni mucho menos gratuito que todos —todititos— hayamos colegido la misma sospecha luego de apretarle la mano por primera vez: «Este cabrón se robó el apellido».
Así mismo pensé yo al conocerlo en Canario Rojo, la casa productora que Eduardo Carrasco Zanini tenía al amparo del salinato y de su socio Héctor Cervera —director a la sazón de CEPROPIE— en las calles de Saturnino Herrán en Mixcoac, y en donde yo me desempeñaba como dictaminador de guiones a mi retorno de Praga como cineasta malogrado, allá por 1991. Sin mediar presentación, Luis Kelly se acercó hasta mi escritorio para presentarse en vísperas de su cita con «el Chalán», como todo mundo llamaba a Carrasco. Y, en efecto, al escuchar su nombre, no pude evitarlo: «Este cabrón se robó el apellido», pensé.
Aún hoy me pregunto cuál habría sido la razón por la que Luis Kelly me abordó en aquella ocasión, y la única respuesta posible que alcanzo a dilucidar en mi limitada comprensión se inscribe en el orden de lo esotérico sin remedio, como una suerte de destino manifiesto. Y es que, con base en mi experiencia vital, tengo por cierta esta máxima: «Cuando algo es para ti, aunque te quites; y cuando no, aunque te pongas».
Así fue con Luis Kelly, sin duda: dos años después, en 1993, nos volvimos a encontrar, otra vez por casualidad, ahora en un convivio de publicistas en San Ángel. En lugar de pasar desapercibido, insistió en lo mismo: presentarse conmigo, añadiendo entonces que le gustaría sumar mi “talento” a su empresa, Publicorp.
Por una u otra razón no lograba consolidarse nada después de esos contactos casuales, pero apenas meses más tarde, durante «el año que vivimos en peligro», recurrí a él para que formara de urgencia el original mecánico de la revista que publicaba el comité editorial de la campaña presidencial de Luis Donaldo Colosio, La Marcha, bajo la dirección del Dr. Jorge Medina Viedas, ex rector de la Universidad Autónoma de Sinaloa. El candidato oficial ya había sido asesinado en Lomas Taurinas, pero siendo Semana Santa, el diseñador de planta no quiso cancelar sus vacaciones y nos dejó colgados de la brocha.
Muy diferente a la disponibilidad inmediata de Kelly, quien, desde el Jueves Santo hasta el Domingo de Resurrección, se acuarteló con nosotros en las oficinas de su agencia publicitaria en la colonia Roma. En esa encerrona extenuante, pude descubrir dos de sus talentos más notables: quizás no fuera buen publicista, pero qué tal publirrelacionista. Resultó ser un magnífico anfitrión y mejor cuenta chistes. Nos hizo sentir más a gusto que en el resort donde a esas horas estaría el diseñador güevón de planta, ofreciéndonos tragos y viandas de banquete y poniendo todo el equipo de diseño a nuestro servicio.
Al despedirnos, jamás imaginé que, pocos días después, habría de regresar a su oficina, pero ahora para rogarle que concretáramos por fin la oferta laboral siempre pendiente.
Así fue porque ni el Dr. Jorge Medina Viedas pudo contener más los celos desquiciados de Ariel González Jiménez, amigo mío desde la Facultad de Economía de la UNAM, y quien me había recomendado ampliamente para integrarme a ese equipo. Pero su ego colosal comenzó a refunfuñar al ver que, en efecto, su amplísima recomendación la avalaba con creces mi trabajo, al grado de ganar notoriedad con la sección que escribía para la revista de marras, Las palabras y los días, donde compendiaba las frases políticas más relevantes de la semana y las remataba con un título irónico o sarcástico, y la cual muy pronto se convirtió en la sección favorita de La Marcha, según me hizo saber el propio Dr. Medina Viedas, añadiendo que no tenía yo «ni la más puta idea de los cabrones que me han llamado para felicitarme por tu sección» (donde, por cierto, no aparecía mi nombre, seguro por exigencia de mi cuate Ariel).
La fórmula explosiva se completó precisamente con el rescate que hice de la revista en aquel santo fin de semana, y lo cual también fue abiertamente reconocido por Jorge Medina; peor para mí, porque así había rebasado el límite de tolerancia de la vedette que exigía ser la estrella en todas las funciones donde mostraba su ombligo retórico: Ariel González Jiménez, «la Pantera Rosa», como lo apodábamos desde la Facultad por su garbo ampuloso, tan exagerado, que caía en lo caricaturesco. Entonces, sin previo aviso, y sin que ni él ni su jefe se atrevieran a darme la cara, el administrador me entregó un sobre amarillo con una cantidad ridícula y una patada en el culo.
Tan fuerte, que acabé de bruces frente al escritorio de Luis Kelly. Solidario, aceptó contratarme por fin como creativo y realizador de su agencia, pero con un sueldo igual de ridículo, a la usanza de todos los que había tenido desde mi desastroso retorno de Praga, sin importar que fuera con un productor consentido por el salinato como Eduardo Carrasco Zanini o con un magnate como Miguel Alemán Velasco, a la sazón senador de la República, o con una celebridad mediática como Lolita de la Vega, esposa del poderoso líder cetemista Netzahualcóyotl de la Vega, también senador durante el salinato. A la hora de remunerar a sus empleados, todos eran igual de mezquinos y cicateros.
Al incorporarme a Publicorp, comprendí muy pronto que esa agencia diminuta tenía un solo cliente nada más, Sears, cuenta que le sirvió a Luis Kelly para aprender su oficio de globero: inflar facturas. Su maestro, el corrupto director de publicidad de esa empresa multinacional, Miguel Muñoz, guiaba a su pupilo con diligente voracidad a lo largo y ancho del país, acompañados de las modelos más suculentas, además de los baristas más comedidos, para luego repartirse los excesivos sobrecostos bajo la mesa.
Cuando meses después Sears cambió de dueños y Young & Rubicam se quedó con la cuenta, un amigo que trabajaba casualmente en esa agencia me espetó: «Lo que hizo Publicorp con Sears fue un robo en despoblado».
Caminantes
En los albores de la recesión económica de 1995, Luis Kelly me urgió, con tono de ruego, que ideara una serie de televisión: «La que quieras, pero hazla con los recursos disponibles», es decir, con nada. De momento no podría pagarme —no podía faltar—, pero, en cuanto la vendiera, me daría el 30 por ciento y el trato sería vitalicio, prometió (sin contrato de por medio, claro).
Dos días después, regresé con la propuesta: Caminantes, una serie biográfica sobre los grandes creadores de la cultura mexicana para cuya realización no sería necesario montar escenografías ni contratar conductores o actores, dado que su atractivo sería el testimonio vivo, el entorno íntimo, de los hombres y las mujeres que forjaron el perfil de la cultura mexicana del siglo XX, le expliqué.
Aceptó de inmediato, poniendo a mi entera disposición la única cámara de la agencia y su sala de edición, estupenda, por cierto, sobre todo en manos del talentoso editor Horacio Valle. Y aun cuando las condiciones de producción acabaron siendo misérrimas —sólo tres casetes Betacam por programa sin derecho a viáticos al menos—, esta oportunidad me supo a gloria porque, ¡ay, qué pendejo soy!, creía estar haciendo arte, «camino al andar».
Así, avituallada la producción con apenas una bolsa de Fritos y un botellón familiar de Pepsi, entrevisté para el primer programa a Valentín Campa, pues aún adolecía yo de “espíritu revolucionario” y el legendario líder comunista era objeto de mi mayor admiración. Además, me parecía imprudente postergar esa entrevista a causa de su avanzada edad.
Por las mismas razones, decidí que el segundo entrevistado fuera José Chávez Morado, el enorme muralista guanajuatense y también sobresaliente militante comunista de la vieja guardia. Con él nos fue mejor y hasta comimos con cubiertos porque Luis vio allí una oportunidad preciosa para vacacionar en Guanajuato con su productora ejecutiva, Norma Galván Gutiérrez, en realidad su amante, como colegí al verlos alojarse en una sola y misma habitación; no bien así, lo que de plano sí me dejó perplejo —no escandalizado pues como izquierdista que era tampoco creía en la monogamia— fue enterarme allí mismo de que ese amasiato contaba con la anuencia de Silvia Guevara, la esposa oficial de Luis, según me confió Pedro Castillo, el camarógrafo, con gesto de repugnancia.
Como bien dicen, la tercera es y fue la vencida: la entrevista con Jaime Sabines. Siendo el único poeta que podría disputarle a cualquier cantante de moda el mérito de llenar el Teatro de la Ciudad, su programa sedujo a CNI Canal 40, y Caminantes salió al aire finalmente en septiembre de 1996. Peor para mí, porque a partir de ese momento descubrí que, si el amor es un ave rebelde, la vanidad es de rapiña.
El Salinas Pliego imposible
A su regreso de una exhibición de tecnologías
audiovisuales de vanguardia en Nueva Orleans, SIGGRAPH
1996: The Bridge, Luis Kelly pareció haber encontrado allá, por fin, su
álter ego: Ricardo Salinas Pliego. Así de grande era su ego. Muy a su estilo,
no había desperdiciado la oportunidad de conocer al flamante dueño de TV Azteca
y, entrón como era, se acercó sin mediar contacto mutuo para estrecharle la
mano (ya adivinamos cuál habría sido la reacción inmediata del ahora famoso Tío
Richie al oír su apellido, aparte de llevarse la otra mano a la cartera).
Durante más de una hora me habló de Salinas Pliego como si a Juan Diego se le hubiera aparecido la Virgen. Sólo le faltó tararear «Desde el cielo una hermosa mañana…» mientras exaltaba su porte, galanura, buenas maneras, elegancia y don de mando. A partir de ese momento, se propuso ser también, cómo no, un magnate de los medios de comunicación. Ya tenía un programa al aire para empezar (gracias a mí, el sobajado y misérrimo creador, director, guionista y entrevistador de Caminantes).
A partir de entonces, empezó a vestirse con trajes de marca y corbatas iridiscentes, aun para comer garnachas en la fonda de la esquina. Para colmo de su delirio histérico, Salinas Pliego abrió poco después su cartera para rescatar a Javier Moreno Valle, dueño de CNI Canal 40. ¡Justo el canal donde se transmitía la serie que él producía! Al enterarse de su asociación corporativa, Luis creyó, en definitiva, que los astros todos se alineaban para catapultarlo como un nuevo magnate de los medios de comunicación, al lado de Salinas Pliego y Moreno Valle, a quienes él veía como sus propios socios, pero también junto a Emilio Azcárraga, Olegario Vázquez Aldir y Joaquín Vargas, faltaba más.
Seguro como estaba de su asociación ficticia con el magnate de la televisora del Ajusco, me despertó una mañana, luego de una sesión extenuante de edición, para exigirme terminantemente que, por ningún motivo, incluyera en el programa de Héctor Suárez su diatriba contra Ricardo Salinas Pliego. Entre azul y buenas noches, le contesté que el testimonio del gran comediante era válido y de interés público por la serie de despojos que había sufrido precisamente a manos de su álter ego: socio siniestro de Raúl Salinas de Gortari y autor intelectual de un fallido plan de asesinato contra el periodista Ricardo Rocha.
Fue nuestro primer encontronazo: fuera de sí, Luis me gritoneó, dispuesto a defender su destino manifiesto como el próximo mandón de la televisión mexicana. Al colgar, ya no pude dormir, consciente, también por primera vez, de que le había confiado mi carrera a un productor abyecto y corrupto, capaz de censurar a creadores de la talla de Héctor Suárez, pero también de menospreciar al mismísimo Jaime Sabines, a quien jamás se dignó a regalarle un par de copias de su programa, y, ante la insistencia del enorme poeta, tuve yo que pagarlas de mi propio bolsillo. Así las cosas, ¿qué podía esperarme a la sombra de ese alacrán?
El símil ponzoñoso no es una metáfora gratuita, sino parte medular de esta historia, toda vez que, durante una de nuestras primeras entrevistas formales, si no es que la primera, ambos trajimos a colación la fábula de la ranita y el alacrán que había puesto de moda la excelente cinta The Crying Game (Inglaterra, Japón, 1992, escrita y dirigida por Neil Jordan). Allí, el alacrán le pide a la ranita que lo ayude a cruzar el río subiéndose a su lomo; apercibida, la ranita se niega pretextando que podría clavarle su aguijón en el trayecto. El alacrán le hace ver que, en tal caso, ambos morirían, pues él se ahogaría sin remedio. Ante tal argumento contundente, la ranita acepta, pero cuando ambos van a mitad del río, el alacrán le inyecta sin más su veneno mortífero. En su último aliento, la ranita quiere saber: «¿Por qué lo hiciste si así también has de morir?» Antes de hundirse, el alacrán alcanza a decir: «No pude evitarlo. Es mi naturaleza.»
Al igual que en Juego de lágrimas y en mi experiencia con Ariel González Jiménez, la envidia o los celos profesionales fueron al cabo la naturaleza bruta con la que también Luis Kelly pretendió aniquilarme. En principio, exigió que apareciera en primer lugar su crédito como productor al término de cada programa, en lugar del mío como director. Poco después, al prepararme para entrevistar a mi ídolo de la época dorada del cine mexicano, el cineasta Ismael Rodríguez, me avisó de súbito que esa entrevista la haría él, a pesar de que yo mismo la había pactado con el director de Nosotros los pobres en su oficina del condominio cinematográfico. Más tarde, sin avisarme siquiera, empezó a entrevistar por su cuenta a estrellas de esa misma época, y luego me dejaba las grabaciones en la sala de edición para que armara yo los programas. El colmo fue cuando, siempre ávido de dinero, empezó a “vender” en lo oscurito la serie para rendirle homenaje a empresarios o autores menores que le llegaran al precio, sin importarle ni por asomo el interés del público.
Es justo en este punto donde el NO SER que define de origen a Luis Kelly, en oposición al ser o querer ser, se manifiesta con diáfana claridad: alucinado hasta lo patético en emular a su ídolo Ricardo Salinas Pliego, no pudo, sin embargo, superar la envidia que le causaba el éxito de sus propios talentos. Y, entonces, socavando su propio objetivo, decidió ceder a sus instintos más primitivos, a su naturaleza arácnida, para aniquilar precisamente a quienes lo catapultaban. Vaya, es como si Ricardo Salinas Pliego decidiera conducir él mismo el noticiero nocturno Hechos porque Javier Alatorre estaba siendo más popular que él, o suplir a Patty Chapoy en su trono de Ventaneando. Así de patético, irracional y absurdo era Luis Kelly: la canija imposibilidad de ser.
Continuará
(No se pierda la segunda entrega de esta historia fascinante: El Padrino IV o la reivindicación imposible de Luis Kelly)







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