Eduardo Carrasco Zanini: el director de cine que jamás pasó de chalán



Sin exagerar, no creo que nadie me haya maltratado más en su calidad de jefe que Eduardo Carrasco Zanini. Aseveración de suyo grave, dada la gavilla de pinches tiranitos con que debí lidiar en el cuartel villista que es el free lance en México, especialmente sañudos y ojetes en “el medio”, como se conoce al mundillo de la producción audiovisual. Con la misma franqueza, asevero que nadie como «El Chalán» —así apodaban todos a Carrasco con su chabacana complacencia— me ha merecido a la postre un rencor más tibio y desabrido, rayano casi en el olvido.

La única explicación viable de cara a esta paradoja es la misma que esbocé en este recuento autobiográfico a propósito de la versión femenina de este troglodita, Lolita de la Vega: «justo por su bestialidad desparpajada, en lugar de resentimiento, me queda más bien la vergüenza de no haberle hecho caso a la siempre alerta e inequívoca intuición; y, a la par, una sensación de alivio por haber logrado salir a salvo de sus garras a pesar de mi insensatez».

A esta primera Casa de los Espantos (de la que se derivan todos los demás ramales que padecí en mi loco deseo de pretender hacer cine), me metí apremiado por «el dolor de pagar la renta» (Capulina dixit), pero sobre todo, por pendejo —manera correcta de llamar al insensato en su mayoría de edad—, arreado hasta sus fueros caciquiles por una intrincada red de sucesos que tienen su origen en la lejana Praga, adonde en 1989 había ido a estudiar en la afamada Facultad de Cine y Televisión de la Academia de Artes (FAMU), gracias a la generosidad de un país que ya no existe, pero que entonces se llamaba República Socialista de Checoslovaquia.

Prolegómeno inevitable, pero sin desperdicio

Recién titulado de la Facultad de Economía de la UNAM, cometí el que a la fecha considero el peor error de mi vida: haber renunciado al ingreso fast track con que me distinguió el Centro de Capacitación Cinematográfica de la Ciudad de México (CCC, lo llamamos sus cuates) para incorporarme sin reservas y con sincero entusiasmo a la carrera de director de cine.

No exagero: durante mi entrevista de rigor con la plana mayor de esa prestigiosa institución —entre quienes recuerdo con gratitud y afecto a Gustavo Montiel, Busi Cortés y Ludwik Margules, todos fallecidos ya—, éstos decidieron romper el protocolo al avisarme, ahí mismo, que no debía esperar la lista perentoria, pues desde ese momento podía considerarme uno de los catorce elegidos entre más de ciento veinte aspirantes.

Bien dicen que la juventud es una enfermedad que se quita sólo con el tiempo. Trastorno terrible, ciertamente, pues obnubila los sentidos mediante una mezcla insana de vanidad, megalomanía e ignorancia, orillándolo a uno a cometer errores con derivas infernales y a tomar decisiones que la vida entera no alcanza para reparar sus consecuencias desastrosas. Así lo comprendo ahora, muy distinto al halagüeño panorama que divisaba en aquel momento definitorio de mi existencia, cuando, casi a la par de mi bienvenida al CCC, recibí la carta de aceptación de la FAMU.

Entonces, sublimando en apariencia mi filiación marxista y pretextando mi precariedad económica, pero en realidad buscando vengarme de una novia que me había dejado como chicle pegado bajo la mesa al aceptar un puesto secretarial en la representación del Banco Nacional de Comercio Exterior en Toronto, decidí optar por la FAMU: todo con tal de hacerle ver a la pérfida trepadora que yo también podía llegar muy lejos, sin comprender en mi infinita vanidad, megalomanía e ignorancia que Praga estaba en realidad en «…el país de las cosas rotas, gastadas: país gris, que no está en ninguna parte, inmenso y vacío», como bien define Octavio Paz a la Chingada.

El estudiante de Praga II

Con la misma precariedad que el joven espadachín Balduin llega a Praga en la magnífica cinta Der Student von Prag (Alemania, 1913, Stellan Rye), arribé a su aeropuerto de hormigón y vigas desnudas una tarde igualmente grisácea y fría el viernes 29 de septiembre de 1989, creyendo iluso que se trataría de una señal cabalística por la peregrina razón de que ese día se festeja al santo patrón del terruño de mis ancestros: San Miguel el Alto, Jalisco.

Esa coraza celestial fue incapaz, sin embargo, de librarme de todos los males que, apenas cinco semanas después, empezaron a desatarse con la fuerza incontenible de una avalancha sobre mi cabeza de alcornoque. Por las implicaciones ideológicas para quien había apostado por el socialismo de cara a la ley de la selva neoliberal, el peor mal fue, sin duda, la caída del Muro de Berlín, y la consecuente Revolución de Terciopelo con que en Praga se sepultó sin muertos, heridos, lágrimas ni elegías el audaz e inédito sistema de producción socialista por el que yo tanto había suspirado.

A la sombra de este desastre, trastornado igualmente por mi ingenua ensoñación marxista, cometí el que a la fecha considero el segundo peor error de mi vida: enredarme sentimentalmente con una estudiante cubana-soviética, Ileana Bernardo Diakov. Dado el papel crucial que esta nueva pérfida trepadora representa en esta autobiografía de mis malos quereres, le dedico un capítulo aparte, pero baste por ahora señalar el papel central que desempeñó para involucrarme con «El (insufrible) Chalán».

La conexión habanera

Para mi sorpresa, mi suegro cubano resultó ser un prominente ingeniero en sistemas de comunicación, egresado de una prestigiosa universidad moscovita, donde de paso se había casado con una soviética, y de allí la doble nacionalidad de su hija, o sea, mi inminente esposa. Aún más sorprendente resultó el hecho de que el ing. Francisco Bernardo Zayas tuviera muy buenos contactos en México, sobre todo a partir de su asistencia técnica en el Mundial de Futbol de 1986.

Gracias a sus buenos modales y contactos —era fiel lector de How to Win Friends and Influence People, de Dale Carnegie—, acabé concertando una cita con don Héctor Cervera el miércoles 26 de diciembre de 1990 a las diez de la mañana. No tenía la más pasajera idea de quién era ese señor, pero me dio muy buena espina que me citara con mi flamante esposa en el Museo de la Ciudad de México.

Tan puntual como el solsticio de invierno, llegó a la avenida Pino Suárez mi contacto habanero: un anciano con facha de tractor desvielado, pero con motor V8 de Mustang GT. Tanto así que, en apenas dos horas, nos mostró todas las maravillas de ese museo y, encima, tres datos desconocidos para mí en las inmediaciones de ese monumento colonial: el lugar preciso donde se habían visto por vez primera Moctezuma y Hernán Cortés 470 años antes; el nicho donde reposan los restos del conquistador de Tenochtitlan en una pared lateral del altar del templo aledaño al Hospital de Jesús, tercera maravilla, reconocí al enterarme que fue fundado por el prístino padre de la nación mexicana: el capitán general don Hernando Cortés de Monroy y Pizarro Altamirano, faltaba más.

Al cabo de ese inolvidable recorrido, más didáctico que turístico, nos invitó a comer en su casa. Al subirnos a su Volchito, supuse que no llegaríamos más allá de la colonia Portales, no tanto por la precariedad de su mueble —como llaman los viejos de mi tierra a los autos—, cuanto porque en cada cambio de carril sobre la avenida Tlalpan parecía que nos estrellaríamos sin remedio. Cuál no sería mi sorpresa cuando, al cabo de cuarenta minutos y otros tantos sustos, llegamos al exclusivo islote residencial del Pedregal de San Ángel.

(Breve flash back de rigor y de corazón

Lo reconocí enseguida porque ya había estado dos veces ahí: cuando en mi calidad de solista del Coro de Infantes de la insigne y nacional Basílica de Guadalupe canté el Ave María de Franz Schubert en la boda de la hija del ing. Víctor Bravo Ahuja, secretario de Educación Pública durante el gobierno de Luis Echeverría; y luego, a principios de la década de 1980, cuando un amigo de la vietnamita Prepa 9 me invitó a trabajar en un estudio de mercadeo, cuyas oficinas estaban en el traspatio de una mansión, sita Agua 365.

A diferencia de la admiración con que en mi infancia había descubierto este enclave versallesco en medio de la Calcuta que en general era el Distrito Federal en tiempos de las regencias priístas, en esa segunda ocasión sufrí una erupción rabiosa al atestiguar la obscena disparidad de la riqueza que atávicamente define a México. Con más enjundia cuando, una noche de desvelo laboral, se apareció de pronto la señora de la casa para reclamarnos que la oficina apestara «a pizza y garnachas». Por supuesto, lo hizo con ese modito despótico y altanero de que echan mano los ricos mexicanos para marcar su línea clasista.

Minutos después, ahíto de rabia, a falta de un movimiento revolucionario a la vista, corrí a tomar un gis del pizarrón para escribir enfrente de la casa: «¡Muera la burguesía!». Al día siguiente, el esposo de la señora hizo alarde de sus influencias políticas para intimidarnos. Eran los tiempos en que la policía capitalina estaba al mando de un auténtico gánster, el general Arturo Durazo Moreno. Aguanté vara, sin doblegarme frente a sus amenazas fantoches. Así, apenas a mis dieciséis años, reconocí que mi destino inmediato no podría ser otro que la Facultad de Economía de la UNAM, donde para mi buena fortuna, logré al fin estructurar mi rabia ante las injusticias socioeconómicas al estudiar a lo largo de seis semestres la materia de Economía Política, mero eufemismo para referirse a Das Kapital, la obra cumbre de mi tocayo Marx.)

De vuelta al presente de aquel entonces

Al internarnos a la casona de don Héctor Cervera del Pedregal de San Ángel, bordeada toda con piedras volcánicas y helechos prehistóricos, me enteré finalmente de que mi palanca era pionero de la televisión mexicana, productor de XHGC, el entrañable Canal 5 de mi infancia. Pero ahora, para burlar los tormentos de la melancolía y el abandono gremial, contaba sólo con el benevolente consuelo del ron con cocacola y tehuacán.

De esa nostálgica entrevista invernal, cuando incluso desempolvamos un álbum en donde mi anfitrión posaba al lado de auténticas estrellas del cine mexicano —Pedro Infante, Jorge Negrete, María Félix y Pedro Armendáriz, entre otros—, lo único que lamento es no haberme animado a acompañarlo con unos buenos tragos. No porque fuese abstemio —soy trompudo, no cochino—, sino porque mi esposa cubana-soviética me cambió la jugada apenas se recuperó de la borrachera que se había puesto en el vuelo de La Habana a la Ciudad de México para vencer su fobia tenaz a los aviones (con tal derroche etílico, que acabó aterrizando en la enfermería del Aeropuerto Benito Juárez): a diferencia de Praga, donde sus borracheras eran tan comunes como escandalosas, decidió a partir de su arribo a México satanizar al alcohol y, de paso, imponerme como buena recién casada sus reglas asépticas y moralinas.

La velada con don Héctor Cervera y su encantadora esposa terminó con el temprano anochecer decembrino y el inevitable derrumbe de mi anfitrión, no sin antes prometernos en su penúltimo bostezo que haría todo lo posible para ayudarme a colocarme en “el medio”.

Un pálido y alicaído canario rojo

Nacido justo en el vértice entre la generación de los Baby Boomer y la enigmática X, a lo largo de mi vida he padecido la mala suerte de llegar al baile justo cuando la orquesta empieza a guardar sus instrumentos musicales. El caso de Praga es más que revelador: justo al arribar a la tierra prometida, se desató la peste neoliberal impulsada por el trío dinámico: Ronald Reagan-Margaret Thatcher-Karol Wojtyła. Tengo ejemplos de sobra, pero por ahora el siguiente me viene como anillo al dedo.

En los primeros días de enero de 1991, tal como lo había prometido, don Héctor Cervera me llamó para avisarme que debía acudir a una cita laboral. Al escuchar la dirección, creí que los astros se alineaban para rescatarme del purgatorio que padecía desde mi ruinoso retorno de Praga. Cómo no, si la empresa se hallaba en la calle de Saturnino Herrán en el barrio de Mixcoac. ¡Nombre del estupendo pintor aguascalentense, mi paisano!

Al llegar, me sentí más entusiasmado aún al ver que el productor y director me recibía a las once de la mañana con un trago en la mano, como seguro lo habrían hecho Emilio «El Indio» Fernández, Chano Urueta, Luis Buñuel, Gabriel Retes, y tantos otros enormes cineastas que hicieron de su afición etílica una virtud artística. Para vergüenza mía, preferí un café por la misma mandilona razón que lo había hecho en la residencia de mi contacto habanero.

Media hora después, Eduardo Carrasco, que era redondo, brusco y arrollador como llanta de tráiler, me ofreció un puesto como dictaminador de guiones y otras chambas que se ofrecieran en su casa productora. Obvio, el sueldo vino a ser una nueva manera de prolongar mi agonía. Aun así, acepté de mil amores porque marcaba mi retorno al medio, después de casi tres años de haber salido de los canales 7 y 13 de Imevisión, ahora TV Azteca.

Minutos después, le llamé precisamente a un amigo de Imevisión para darle la buena noticia. En un tris me bajó de mi nube: «El Chalán» era socio de Héctor Cervera Jr., o sea, hijo de mi contacto habanero, y a la sazón director de Cepropie (Centro de Producción de Programas Informativos y Especiales de la Presidencia de la República). Sin embargo, «justo en la víspera de mi contratación» —no podía faltar— Proceso había sacado a la luz algunos pagos excesivos y otras corruptelas entre Cepropie y Canario Rojo, por lo que Carrasco debió cambiar incluso la razón social de su empresa para llamarla ahora Servicios de Producción Audiovisual, SPA». O sea, se habían acabado los días gloriosos cuando «El Chalán» cubría las giras presidenciales, especialmente en el extranjero. Ahora, debía rascarse con sus propias uñas, y yo, según mi mala costumbre de llegar tarde a la repartición de las buenas oportunidades, conformarme nomás con las migajas del banquete.

El cielo sereno antes de la tormenta

Con mi primer pago de SPA logré escapar del lastimoso alojamiento que tenía en casa de mis padres en la Villa de Guadalupe, donde mi madre me había hecho la vida imposible desde mi retorno de Praga por el sacrilegio de dormir con una mujer sin contar antes con el inexcusable sacramento del matrimonio. Además de mocha empedernida, era mezquina y cuentachiles como buena aguascalentense, y peor aún, codiciosa y pretensiosa por línea directa de nuestros ancestros de San Miguel el Alto, refugio de sefardíes defenestrados del reino de Castilla y, luego, territorio caritativo para nobles peninsulares venidos a menos durante el siglo XVIII.

Al lograr huir de la sombra inquisitorial de doña María Esther Muñoz de Luna de Franco, mi esposa y yo debimos seguir sobreviviendo al estilo cubano ante el apremio de la renta semanal que debimos pagar a partir de entonces por el modesto apartamento amueblado que habitamos en la avenida San Antonio. Poca cosa de cara al regocijo que me causaba pasar mis días leyendo guiones en el remanso de Saturnino Herrán, en donde su amplio zaguán y el bello jardín central con fuente y corredores laterales me hacían recordar las casonas porfiristas de mi infancia en el centro de Aguascalientes.

Qué pena con los guionistas, pero al cabo debí darles la razón a las Sagradas Escrituras al sentenciar: «...muchos son los llamados, pero pocos los elegidos» (Mt 22:14). Y es que me fue casi imposible encontrar un par de historias dignas, ya no digamos de producirse, sino de leerse completas al menos. De la centena que leí en SPA, sólo un guion me pareció legible y producible: Yo, la peor de todas, de María Luisa Bemberg y Antonio Larreta, sobre la vida y obra de nuestra Sor Juana Inés de la Cruz.

Al acto busqué a Eduardo para anunciarle este feliz hallazgo, pero me apaciguó con el balde helado de que ya lo había filmado el año anterior un productor argentino. Sentí una mezcla de coraje y vergüenza similar a la que aún me sonroja al recordar que también fue rechazado múltiples veces el manuscrito de Cien años de soledad, el cual tuvo el mismo destino feliz en Argentina para vergüenza de la timorata industria editorial mexicana.

Durante ese breve remanso, gracias a mi amigo de Imevisión, conseguí, además, una segunda chamba para aliviar mi obstinada carestía, precisamente como guionista de cabecera de la versión femenina de Carrasco: Lolita de la Vega, cuando incluso me libre efimeramente del dolor de pagar la renta. Este alivio fue posible gracias a que «El Chalán», ante la imposibilidad de aumentarme el sueldo, aceptó que trabajáramos vía fax, telefónica y con visitas regulares a su oficina.

Así, echando mano de una suerte de ubicuidad divina, escribí algunos guiones para los proyectos que Carrasco tenía en mente. Lamentablemente, ninguna de sus ideas lograba entusiasmarme. Cómo, si una trataba sobre un indio del siglo XVII, galán y muy chingón, llamado Tezca —modo hipocorístico de Tezcatlipoca—, quien había logrado mantenerse inmune ante al yugo de los invasores españoles y, en el colmo del chauvinismo más rascuache, acababa seduciendo, desvirgando y luego despreciando a una hermosa damisela peninsular para casarse con una mujer de su raza.

«Es un tabú del cine que tenemos que transgredir, pues ni el pendejo de Tizoc pudo cogerse a la Félix», intentaba animarme Carrasco, «pero qué tal los pinches europeos que se dan gusto con nuestras Malinches y Pocahontas, o como el mamón de Kevin Costner, que en Danza con lobos, ni siquiera se atreve a enamorarse de una apache, sino sólo de una blanquita de ojos azules que se hace pasar por india», rabiaba «El Chalán», pero sin que le faltara razón (apenas tres años después, se repite la fórmula en Leyendas de pasión, en donde un radiante Brad Pitt se casa con una india americana, pero jamás a la inversa.)

Renuente a dividir nuestra historia en antes y después de la llegada de los españoles, Carrasco se obstinaba en llamar “precuauhtémicas” a las culturas mesoamericanas previas al fatídico año de 1521, esto es, cuando cae la capital azteca y es aprehendido su último emperador. De su auténtica veneración por nuestras raíces autóctonas, resultó al cabo una excelente obra videográfica: América antes de América, como propuse llamar a la colección de cinco documentales en formato VHS, narrados por el preclaro arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, sobre sendas culturas precolom…, perdón, precuauhtémicas.

Otra idea que intentó llevar a cabo para rascarse con sus propias uñas luego del obligado desamparo en que lo había dejado su socio y amigo Héctor Cervera Jr., fue la producción de una video-revista sobre temas de coyuntura e interés general (quizás anhelando poder vengarse así de Proceso, la revista que lo obligaba a vivir ahora en el error, es decir, fuera del presupuesto). Aun cuando allí mi participación fue prácticamente nula, tuvo para mí consecuencias definitorias, ya que, justo a la sombra de este proyecto, entré en contacto con quien a la postre habría de ser el más siniestro de mis odioses y la razón por la que Carrasco llegaría a detestarme más que a Hernán CortésLuis Kelly.

(Otro Flash Back, breve e imprescindible

En esos días, me llevé una gran alegría, pero también un susto mayor: la primera fue reencontrarme en SPA con la entrañable cineasta Busi Cortés, a quien no había vuelto a ver desde mi bienvenida de gala en el CCC. Luego de abrazarnos y de enterarse de mi aciaga aventura praguense, me regaló una joya que atesoré enseguida en mi corazón:

—Hay directores que no se hacen en las escuelas, sino en la talacha —y sólo entonces me di cuenta de que, en efecto, ninguno de los directores que admiraba se había formado en la academia (Luis Buñuel, Ismael Rodríguez, Roberto Gavaldón, John Ford, Martin Scorsese, Luchino Vizconti, Sergio Leone, entre muchos otros).

El susto, por el contrario, casi fulminó mis esperanzas de seguir haciendo talacha en el cine. Cómo no, si uno de esos días descubrí en la misma recepción a Marco Julio Linares, director de los Estudios Churubusco. Por fortuna, él no logró reconocerme y, así, logré escabullirme a salvo. Y es que, en la víspera de mi viaje a Praga, se me había ocurrido apersonarme en su oficina para rogarle que me ayudara a trabajar en la industria.

Cuando su secretaria accedió al fin, me recibió Marco Julio con fastidio y, sin falta, honrando su nombre de déspota imperial. Luego de escuchar mi súplica, dibujó un gráfico para mostrarme que «debía partirse siempre de lo general a lo particular»:

—Dime, entonces, ¿en qué área pretendes “trabajar en el cine”? ¿Cámara, edición, sonido, producción, guion, dirección? ¿O qué tal maquillaje, utilería, transportación o catering? —me espetó frente a la mesnada de lambiscones que lo acompañaban, y quienes, fieles a su condición de paleros, empezaron a burlarse de mi atípica petición.

—De jala-cables, si es necesario —alcancé a responder entre las burlas de los lamesuelas, pero justo entonces, alcancé a ver de reojo la bandera tras el trono imperial, prácticamente descolorida, en especial el verde, ya casi gris.

—¿Y acaso no sabes que hay un sindicato incluso para los jala-cables? —acabó de sobajarme el pinche tiranito—. Ve allá a ver si te dan chance.

Al dirigirme a la puerta, ahíto de rabia, no pude resistir el deseo de devolverle un poco de la mierda que me había hecho tragar ahí:

—Por cierto, vaya cambiando esa bandera porque el verde es esperanza y, por lo visto, aquí ya se perdió —alcancé a devolverle a modo de vómito antes de salir.

—La esperanza se les acaba sólo a los pendejos ¡como tú! —vociferó «Ave César».

Por fortuna, al volvernos a encontrar en SPA, no logró divisarme, pues de lo contrario, desde su trono imperial le habría exigido a su cuate «El Chalán» que me corriera, cómo que no, si siempre he sostenido que un mexicano empoderado ("chingón", se les llama) es incapaz de mover un dedo para hacer un favor, pero cuando de chingar se trata, puede llegar a remover cielo, mar y tierra.)

De vuelta a mi efímera y agónica serenidad

La única idea de Eduardo Carrasco que logró entusiasmarme fue la realización audiovisual de una serie de siete tragedias griegas, pero cuya originalidad consistiría en adaptar los arcaicos textos a una forma narrativa moderna, comprensible y, sobre todo, amena. Enseguida puse manos a la tragedia que él mismo me sugirió, Alcestes, de Eurípides, convencido de que era una gran idea, pero que, lamentablemente, no llegó a realizarse.

Y si no pudo serlo fue porque una mañana, Eduardo me recibió con la noticia de que había decidido recomendarme con una empresa que organizaba justo entonces un gran evento. Apenas un día después, luego de una breve entrevista con su cuate Carlos Mora, fui contratado como responsable de contenidos del concierto que, para festejar el eclipse total de sol, realizaría Jean Michelle Jarre en la zona arqueológica de Teotihuacan, proyecto a cargo del Dr. Gastón Melo Medina, quien a la postre acabaría siendo uno de mis peores odioses, tal como se verá en esta misma serie autobiográfica de mis peores afectos.

Al despedirme de Eduardo con un fuerte abrazo y, ahora sí, con unos buenos tragos, le agradecí en especial que me haya ayudado a rescatar mis escasas pertenencias cuando la cetemista Lolita de la Vega me había puesto de patitas en la calle con todo y chivas. Entonces, ¿por qué lo incluyo en este recuento de odioses si, como se ha visto hasta aquí, no hay un solo agravio que justifique tal condición?

No comáis ansias: el abrupto cambio en nuestra relación laboral se revela detalladamente en el próximo capítulo: El otro derrumbe de Eduardo Carrasco Zanini. Allí se verá que, así como nuestra casa puede convertirse en nuestra propia sepultura en un santiamén (a la sombra de un incendio o terremoto, por ejemplo), las relaciones humanas son aún más veleidosas y frágiles, tal como sentencia el profeta Jeremías: «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?» (Jer 17: 9)».

Carlos Alejandro Franco

 

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