El Padrino IV o la reivindicación imposible de Luis Kelly

 

«No nos bastó el tiempo, Michael, no fue suficiente», se lamenta con amargura don Vito Corleone de cara a su hijo menor al heredarle su organización mafiosa. Esta frase adquiere mayor gravedad cuando, apenas un par de escenas después, don Vito fallece en su huerto trasero mientras payasea con su nieto en el mediodía de un verano ardiente, revelándose así esta frase como el epitafio lapidario de su vida gansteril: «No nos bastó el tiempo.»

¿Por qué no?, podría cuestionar legítimamente más de un espectador luego de haber presenciado el ascenso meteórico de un famélico huérfano siciliano que llegó solo y desvalido a la isla Ellis hasta convertirse en un acaudalado y poderoso capo neoyorquino (El Padrino, EE UU, 1972, dirigida por Francis Ford Coppola con base en el guion y la novela homónima de Mario Puzo).

La razón de su amargura la explica el propio don Vito en la misma escena donde unge a su benjamín como el nuevo capo de la Familia Corleone: «Me rehusé siempre a ser un mono saltando la cuerda al ritmo de esos patanes, pero no tuve otra opción. […] Pensé que, al llegar tu momento, serías tú quien controlaría la cuerda: senador Corleone, gobernador Corleone o algo así».


«Otro personajillo», responde con desdén Michael, revelando así, en un santiamén, su aguda comprensión sobre quién es el verdadero titiritero que mueve los hilos o las cuerdas en el teatro de vodevil donde se asienta su flamante emporio criminal: el poderoso caballero señor don Dinero, capaz de echarse a la bolsa a cualquier senador o gobernador, los verdaderos monos en esta farsa. Y hasta a uno que otro presidente de la nación, de llegarle al precio.

En los albores del nuevo milenio, cuando Luis Kelly había consolidado definitivamente su asociación mafiosa con la encargada del despacho del Distrito Federal, Rosario Robles, le pregunté —con toda la ingenuidad que me caracterizaba entonces— que, si en lugar de ser su publicista, no preferiría ser mejor su vocero o director de comunicación social. En un primer símil de lo que a postre habría de revelarse como el síndrome de Michael Corleone, me contestó, también con desdén y sin chistar, pero muy a la mexicana: «¡Ni madres!», seguro como estaba igualmente de que el verdadero poder lo ejerce, siempre, el poderoso caballero señor don Dinero.


De allí que ambos delincuentes, Chayo Robes (no es errata) y Luigi Kellione, se hayan servido con la cuchara grande a la hora de asaltar el erario capitalino para formar el fondo de ahorro —alrededor de 300 millones de pesos—, que habría de servir para financiar la campaña política de la aspirante a la Presidencia de la República cuando dejara en breve la chiripa de su cargo y no tuviera más acceso al presupuesto público: esto es, El Cochinito, pacto corrupto que denuncié en Reforma en la primavera de 2001, y cuyo oscuro andamiaje puede consultarse con todo detalle en mi relato El Cochinito de Rosario Robles: crónica de una denuncia ciudadana.

Obsesionado en emular a su álter ego Ricardo Salinas Pliego, la primera decisión del nuevo rico Luis Kelly fue crear, por supuesto, su propia televisora: TV-de-mente. Gracias a la emergente Internet y al boom de los sitios web, no necesitaría contar con potentes aparatos emisores ni antenas de transmisión en el cerro del Chiquihuite, ni mucho menos con los engorrosos trámites y permisos ante las secretarías de Gobernación o de Comunicaciones, faltaba más. Le bastarían su sola voluntad y su abultada alcancía para convertirse en el nuevo mandón de la televisión mexicana, según se había propuesto cuatro años antes al aparecérsele desde el cielo una hermosa mañana Ricardo Salinas Pliego en Nueva Orleans.

Tan ridículo y absurdo fue su debut “televisivo”, que sus propios colaboradores acabamos apodando a su bodrio TV-de-mentis. Y es que el propio Luis parecía boicotearse y darnos la razón al contratar —ahora con el consentimiento de su mano derecha y amante, Norma Galván— a su esposa Silvia Guevara, la payasita de la compañía teatral infantil La Trouppe, como su principal estrella en su papel de Lady Lucas. Y, luego, en lugar de sumar a su proyecto mediático auténticos talentos, empezó a contratar a sus cuates del CUEC, nomás para que vieran lo chingón que era ahora. El problema no fue tanto esa suerte de revanchismo nepotista, sino que todos ellos resultaron ser igual de mediocres que él, señaladamente Federico Chao y Elías Razo.

Mamá, soy Luis Kelly, ya no haré películas

Luego del fracaso de la ópera prima de Luis Kelly en su calidad de director, Calacán (México, 1985, guion de Mauro Mendoza, Fernando Fuentes y Luis Kelly), todos suponíamos (y rezábamos para) que no le quedaran ánimos de volver a hacer el ridículo. No bien así, orgulloso y ególatra como era, solía culpar al camarógrafo por su desastroso debut cinematográfico, su amigo Fernando Fuentes.

Antes que admitir su impericia como director, llegó incluso a delirar años después con la fantasía onanista de que el mismísimo Tim Burton habría plagiado su churro para concebir al perro fantasmal que aparece en El cadáver de la novia (EE UU, Inglaterra, 2005, dirigida por Mike Johnson y Tim Burton). Pero eso sí, usurpador de tiempo completo como es, jamás se ha dignado a mencionar a Pedro Páramo como la inspiración prístina de su película fallida (quizás sea mejor así, todo con tal de evitar el sacrilegio de que Juan Rulfo aparezca al lado de un facineroso de tal calaña.)

Esto viene a cuenta porque la segunda decisión que tomó Luis Kelly en su condición de nuevo rico fue, cómo no, producir y dirigir otra película. Para entonces, yo había dirigido ya dos largometrajes gracias a mi entrañable amigo Francisco Sánchez —guionista de películas de la talla de Amor libre y Pueblo de madera y de telenovelas como Teresa, justo donde Salma Hayek saltó a la fama—, pues fue él quien tuvo la generosidad de contactarme con un verdadero productor cinematográfico, Rodolfo de Anda, muy distinto al usurpador y gandaya de tiempo completo que era Kelly. Y, precisamente cuando Kelly se encumbraba a la sombra de Rosario Robles, dirigía ya mi tercer largometraje, con un guion de mi propia autoría: Bienvenida, sobre el caso de Gloria Trevi y Sergio Andrade (México, 2000, Carlos Alejandro Franco).

Si el amor es un ave rebelde, la vanidad es de rapiña, descubrí cuando en junio de 2000, se concretó un proyecto que Chela Lora había venido ideando para hacer una película sobre la vida y obra de su marida. Al acto, Kelly vio allí la oportunidad de reivindicarse como cineasta.

Entonces, con el gandayismo proverbial que lo caracteriza, me despojó por completo también de ese fruto que yo había sembrado con enormes sacrificios en mi paupérrima condición de creador, entrevistador, guionista y director de Caminantes. Y es que, si Chela Lora ideó ese proyecto cinematográfico y nos buscó justamente a nosotros para llevarlo a cabo, fue gracias a la realización del programa-homenaje que yo le había hecho a su marido en esa serie televisiva, aplaudido incluso en Ventaneando, no bien la televisora del Ajusco era acérrima enemiga de todo lo que produjera CNI Canal 40, dada la traición que perpetró, en primerísimo lugar, Xavier Moreno Valle en contra de Ricardo Salinas Pliego al desconocer su sociedad  sin mediar palabra, con la misma veleidad de una quinceañera despechada.

Al verme despojado una vez más de mi legítima cosecha a expensas del apetito voraz de ese cuervo oscuro hasta las entrañas —nunca una metáfora ha sido más atinada—, la ruptura de nuestra relación laboral fue impostergable y definitiva, por fin.  Acaudalado y poderoso como estaba en 2000 bajo la égida de su cómplice Rosario Robles, no le quedaba ya ningún pretexto en su chistera para seguir postergando mi legítima retribución luego de seis años de miserias, maltratos y despojos flagrantes. Su juego había quedado al descubierto: era un tahúr de garito, un camandulero de vecindad, un hipnotizador engañabobos en feria de arrabal, y no podía esperar nada más a su sombra, salvo nuevos y peores despojos.

A pesar del ridículo monto con que me finiquitó al cabo de seis años de relación laboral, salí con una sonrisa de las flamantes oficinas de Publicorp en la avenida Chilpancingo, así como un esclavo obtiene su liberto, decidido a olvidar para siempre esa letrina. Si ya había perdido seis años en sus aguas putrefactas, no quería desperdiciar un minuto más anegado en el rencor por toda la mierda que debí tragar allí.

Así habría sido si Robles no hubiera tenido el cinismo de demandar por difamación al periódico Reforma en la primavera de 2001. Su berrinche se debió a que la reportera Carolina Pavón había dado a conocer algunas faltas administrativas de su gestión. Para entonces, Robes (no es errata) ya había concluido su gestión como encargada del despacho de la jefatura del DF (jamás fue electa) y se abocaba a ser la próxima presidenta del PRD, propulsada precisamente con la alcancía que había engordado en contubernio con su compinche Luis Kelly.

De pronto, mientras veía el noticiero nocturno y remojaba una dona en mi humeante café con leche, se desbordó de súbito toda la rabia contenida en mis adentros al ver a Rosario dándose baños de pureza en la PGJDF. Ya era hora de que se conocieran sus verdaderas cochinadas, decidí, y fue entonces cuando acudí al periódico Reforma para denunciar el contubernio mafioso que esa mosca muerta sostenía con mi ex patrón. Esto es, el célebre Cochinito. Para mi sorpresa, la noticia alcanzó relevancia a nivel nacional, retomada por todos los medios impresos y electrónicos, y su ola expansiva duró varias semanas.

Más allá de la satisfacción que me causa haber sido el primero en destapar la cloaca que yacía bajo el santo sudario de la izquierda mexicana, y que ahora es noticia ordinaria y hasta aburrida, mi verdadera recompensa la obtuve cuando, justo durante las batallas mediáticas de El Cochinito, mi amigo Pedro Castillo, el estupendo camarógrafo de mi serie Caminantes, me llamó una noche de desvelo mutuo para rogarme: «Ya bájale, Franco, ten compasión de Luis Kelly», toda vez que éste le había llamado llorando, según me confió él mismo, deshecho como estaba el canijo alacrán al ver cómo se ahogaba en el río por haber cedido a su naturaleza ponzoñosa.

Por supuesto, al colgar sentí una especie de paroxismo casi orgásmico. Y es que, como siempre he sostenido, la venganza es un manjar digno de reyes y el karma la justicia poética que restaura nuestra fe en Dios. O, como dijo alguna vez mi admirado Alfred Hitchcock: «La venganza es dulce y no engorda.» ¿Quién puede resistirse a ella?

El síndrome de Michael Corleone

Cuando sin remedio Luis Kelly debió dar la cara ante el escándalo que desató mi denuncia, me quedé boquiabierto al escucharlo asegurar en radio y televisión, sin que le temblara la voz ni se le amoratara la tez (porque es prieto y no podría ruborizársele), que lo hacía sólo para impedir que mis dichos dañaran su honorabilidad. ¡Dios santo! Si ni siquiera sabía cómo se escribe esa palabra.

En el mundo kafkiano que presencié entonces, la “onoravilidad” del Señor K debía respetarse aun cuando se dedicara de tiempo completo a actividades delincuenciales, principalmente a la corrupción, la incitación al peculado, la evasión de impuestos y a la usurpación de derechos autorales. Y sin importar tampoco que mantuviera abiertamente una relación adúltera con su socia Norma Galván Gutiérrez, con quien tenía incluso una bastarda, Valentina Kelly Galván, y encima con la anuencia de la alcahueta de su mujer, Silvia Guevara, la payasita de La Trouppe, quien, a su vez, acaso para desquitarse, era amante del payasote Mauro Mendoza, miembro prominente (vaya que sí) de esa misma compañía teatral ¡infantil!

De cara a toda esta promiscuidad y degradación moral, el acaudalado Luis Kelly Ramírez exigía, sin embargo, que se respetara su honorabilidad. ¡Ajá! Y es aquí donde encuentro una de mis escasas coincidencias con el inefable Andrés Manuel López Obrador cuando peroraba: «Los ladrones de cuello blanco, [que] no conformes con lo que se han robado, encima quieren hacerse pasar por personas honorables y gentes respetables y, en el colmo, son la envidia de sus vecinos, en lugar de que los señalen y denuncien como lo que son: bandidos de cuello blanco, delincuentes peligrosos, aún peores que los carteristas, porque se enriquecen a costa del erario público (sic), o sea, robando el dinero del pueblo.» (La Jornada, 23 de abril de 2019).

Luis Kelly Ramírez retratado de cuerpo entero por uno de sus pares, el Peje. Y es que, en lugar de avergonzarse y huir de la escena pública para disfrutar en lo oscurito de su botín, Kelly sucumbió sin remedio ante lo que yo llamo el «síndrome de Michael Corleone», esto es: el delincuente que, en la cumbre de su carrera criminal, abotagado de riquezas y mareado de poder, cree posible corromper incluso a la Historia (así, con mayúscula) para reescribirla en el vano afán de limpiar su trayectoria criminal y darle lustre a su estirpe.

Las similitudes con el personaje de marras son asombrosas: el joven Luis, egresado prominente del CUEC, editor de varias películas de culto, se convierte súbitamente en un empresario corrupto e inmoral, dispuesto a venderle su alma al diablo. Y, cuando al fin logra enriquecerse mediante mañas y tácticas gansteriles, se aboca al mismo despropósito que «el capo di tutti capi»: buscar a toda costa que su honorabilidad sea reivindicada y respetada, de ser posible con la bendición papal.

(En el colmo de las similitudes, nuestro Michael Corleone de Echegaray, también tiene a su hermana fea, Patricia; a su hermano iracundo, Rodolfo y hasta a su hermano tarado, Federico.)

Sin embargo, su pretensión alquimista de convertir en oro toda la mierda que lo antecede, viene a ser poco menos que imposible a causa de la misma plataforma donde él creyó encontrar su catapulta hacia el olimpo: Internet y, en especial Google, donde basta escribir su nombre para que aparezca la larga cola de corruptelas que lo antecede, y que echa por tierra en un clic su loca pretensión de reivindicarse como quien se lava las manos después de embarrarse de lodo, sí, Chucha, cómo no, y tu nieve de qué la vas a querer. Por ejemplo, El ‘cochinito’ de Rosario Robles o Los negocios de la exfuncionaria Robles y el publicista Kelly.

Con todo, el mayor obstáculo que nuestro Hamlet de pacotilla enfrenta para alejarse del NO-SER que lo determina como una especie de maldición atávica, es él mismo, pobre perro fantasmal que jamás alcanza a morderse la cola. Y cómo podría lograrlo si, al tiempo que busca prestigio y fama, ¡se cuida de que no lo vayan a reconocer! ¿No me creen? Échenle nomás un ojo a su falsaria biografía de Wikipedia que él mismo se mandó edificar, justo para intentar SER por fin.

 

Una vez ahí, vemos cómo el pobre Kelly se debate desquiciado entre el deseo vehemente de ser famoso y el miedo a que lo reconozcan, aterrado ante la posibilidad de acabar un día tras las rejas al igual que su secuaz la Chayo, pero también temeroso de que el karma lo vuelva a alcanzar y acabe en garras de criminales de su calaña, sobre todo secuestradores (uno de sus mayores miedos, me consta). Así, atrapado en ese antagonismo irresoluble, intenta el salto mortal de inventarse una trayectoria espectacular y, a la par, ni modo, ocultarse el rostro, así mismo como los forajidos, ¡qué coincidencia!




 





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