El otro derrumbe de Eduardo Carrasco Zanini


«Agarrar a la gente, poder manejarla, así: traerlos de un lado pa’ otro, que te tengan miedo y te respeten…», define el poder total el guionista y director Eduardo Carrasco Zanini al compararlo con un arma de fuego en voz de su alter ego y tocayo Palomo en Derrumbe (México, 1989) a la sombra de los edificios movedizos de la avenida Álvaro Obregón luego del devastador terremoto del 19 de septiembre de 1985.

Si bien durante el primer capítulo de nuestra relación laboral pude atisbar cierta proclividad autoritaria y hasta vulgar en sus modos patronales, no fue sino hasta que reiniciamos nuestra colaboración un año después, justo en el colombino 1992, cuando constaté en carne propia la verdadera vena despótica de «El Chalán», sin necesidad de llevar una pistola al cinto, a diferencia de su admirado Emilio «Indio» Fernández, quien se jactaba de portarla e, incluso, de usarla para amagar y hasta asesinar a quien le arruinara una escena con un simple tosido.

Luego del desastre en que concluyeron tanto el Concierto para el eclipse de Jean Michel Jarre como mi internación en la guarida palaciega del Dr. Gastón Melo Medina —cuyas aristas más siniestras se detallan en el siguiente capítulo—, me vi otra vez desempleado y apremiado por la necesidad de mantener ahora, aparte de mi güevona esposa cubana-soviética, a nuestra recién nacida. Entonces, acudí de vuelta a la entrañable casona de Saturnino Herrán para intentar salir del brete en que me hallaba.

Eduardo me recibió de buena gana, pero sin poder ayudarme de momento, se lamentó con genuina pena. Sin embargo, justo al salir de su oficina, me topé providencialmente con su cuñado, Enrique Horta Juárez-Duarte, quien, sin previa presentación, me extendió, además de la mano, su tarjeta empresarial, pidiéndome que lo buscara cuando me fuera posible. Lo hice al día siguiente, sin falta. Al cabo de una breve entrevista en su diminuta agencia publicitaria de la colonia Narvarte, decidió contratarme como su copywriter de cabecera.

El propio Gastón Melo había visto mi talento para ocupar esa posición, sin que yo tuviera la menor idea qué era o qué hacía un copywriter, o sea, un creativo publicitario, en correcto español. Y, en efecto, apenas ocupé mi flamante cargo, me sentí como pez en el agua: corrigiendo textos, creando eslóganes, diseñando anuncios, redactando cartas, dirigiendo diseñadores, presentando campañas ante clientes potenciales, con mayor fortuna al contar en esa empresa chiquita con todo el respeto y el reconocimiento que me habían escatimado en mis anteriores cargos de oropel.

Apenas me arrellanaba en ese novedoso entorno pleno de respeto y tranquilidad, una mañana llamó Eduardo Carrasco para pedirle a su cuñado que me permitiera trabajar con él en calidad de “préstamo”, pues tenía un importante proyecto en puerta y necesitaba mi colaboración. Enrique Horta, que era más noble que un lord inglés y de sangre más ligera que la alivianada con aspirina, aceptó sin reservas, pidiéndome sólo que siguiéramos trabajando por teléfono y, sobre todo, fax, que era el email de la era premicrosoftiana.


Nunca segundas partes fueron buenas (salvo la de El Padrino)

Al regresar a mi querencia de Mixcoac, casi me voy de espaldas al enterarme de la razón por la que Eduardo me había convocado: el flamante gobernador de mi terruño le había pedido su apoyo en materia audiovisual. Me pareció otra de las bromas crueles que me había venido jugando el destino desde mi ruinoso retorno de Praga: vincularme con mis antípodas en materia ideológica y política, en el colmo, ahora, con el vocero de Carlos I «El Usurpador»: mi paisano Otto Granados Roldán.

Apenas dos días después, ya estábamos en un vuelo de Aeroméxico con destino a mi tierra, pero sin que lográramos aterrizar ahí porque, justo en ese momento, Salinas de Gortari inauguraba una planta de tratamiento de aguas residuales.  Así pues, debimos rentar un auto en el aledaño aeropuerto del Bajío, esto es, en León, Guanajuato, para poder llegar a nuestra cita.

Al llegar una hora después, nos hospedamos en el Hotel Francia de la Avenida Madero, justo donde mis padres, don Abel Franco Muñoz y doña María Esther Muñoz de Luna, habían festejado en su salón principal su boda el lunes 12 de octubre de 1959, al mediodía, como acostumbraban entonces las familias de alcurnia: entre semana y muy temprano para poder echar la casa por la ventana a lo largo del día, la tarde y la noche.

Apenas acabé de ducharme, bajé al lobby para acudir a la cita con el gobernador. Al subir las escalinatas de la aledaña y antigua casona de los Rincón Gallardo, pude admirar una vez más los magníficos murales de Oswaldo Barra Cunningham, chileno de nacimiento, país que por alguna extraña razón insiste en vincularse con mi tierra, pues en abono a este estrambótico maridaje, Aguascalientes le debe a otro chileno su auténtico himno local: Pelea de gallos, compuesto por Juan Santiago Garrido a petición del maestro Antonio Arias Bernal. (En el colmo de este atípico entrevero geocultural, en 1998 realicé para TV UNAM un programa sobre el exilio chileno en México, Allende el sueño y, coincidentemente, el propio Granados Roldán sería nombrado en 2013 embajador de México en Santiago).

De camino a su oficina, a mi izquierda iba Cynthia Horta Juárez-Duarte, esposa de Carrasco, a quien mínimo le doblaba la edad: una nínfula de finos rasgos europeos, pero quien, para tranquilidad de su precuauhtémico esposo, lucía tez morena. Éste, conociendo mi filiación izquierdista, me susurró una velada amenaza antes de tocar la puerta del fondo, donde despachaba el gobernador:

—Tú nomás escucha y toma notas, «intelectual» —como a veces me llamaba, con evidente tono peyorativo.

Para entonces ya había trabajado por encargo de Gastón Melo como redactor de discursos y amanuense epistolario con el senador Miguel Alemán Velasco, y convivido a la sazón con muchos otros senadores —sin falta con mi paisano Héctor Hugo Olivares Ventura y, también, por motu proprio, con mi admirado Porfirio Muñoz Ledo—, pero, sobre todo, con el temible Netzahualcóyotl de la Vega, al grado de meterme hasta la cocina y aun a su alcoba matrimonial (véase La «erre» imprescindible en Lolita de la Vega); sin embargo, sólo al estar frente a Otto Granados Roldán tuve la sensación de conocer por segunda vez el auténtico poder: no el que conmina una pistola como anhela el rupestre guionista Carrasco en su churro Derrumbe, sino el que logra convencerlo a uno por la vía de la infalible intuición.

(La primera vez había sido casi diez años antes, cuando a mis diecinueve años trabajaba en el Departamento de Deuda Externa de Bancomer, y tuve la oportunidad de entrevistarme un par de veces con el director del Fideicomiso para la Cobertura de Riesgos Cambiarios, Fircorca, que el Banco de México había instrumentado para mitigar los efectos negativos de la volatilidad cambiaria en los pasivos que las empresas locales habían contraído en dólares. Era el Dr. Ernesto Zedillo Ponce de León, rotundo en su cargo y de arrastre magnético, por lo que, en un rayo de lucidez, tuve la certeza de que podría llegar a ser presidente de México. Se lo dije y él nomás sonrió. Así de certera puede ser la canija intuición, ensalsada incluso por el divino Schopenhauer, con toda razón, por más paradójica que pueda parecer la ecuación intuición/razón.)


Mientras Otto Granados fumaba un exquisito Cohiba, repantigado soberanamente en un sofá adjunto a su escritorio ejecutivo, nos pidió realizar una serie de videos para promover el potencial de nuestro estado en los ámbitos industrial, agropecuario, comercial y turístico, y, además, para posicionarlo como captor idóneo de la caprichosa inversión extranjera, dada su estratégica ubicación geográfica, justo en el centro del país, conectado puntualmente por un aeropuerto de primera clase, excelentes autopistas y, sin falta, por la emblemática red ferroviaria que desde tiempos de don Porfirio le ha dado fama a nuestro estado (no es por ello gratuito que el equipo local de beisbol se llame precisamente «Rieleros»).

De aquel impecable discurso, recuerdo en especial una idea que me pareció más que apetitosa: ¿por qué Nueva Zelanda había logrado posicionar al kiwi como fruto exótico de aceptación mundial, y nosotros no podíamos hacer lo mismo con la deliciosa tuna? (Muchos años después, asilado en Vancouver a resultas de mi denuncia de «ElCochinito» de Rosario Robles, salté de gusto al ver primorosamente empaquetada y desespinada una docena de turgentes tunas verdes en Safeway, con el curioso nombre de prickly pears (“peras espinosas”), seguro por la pésima coincidencia de que el sustantivo tuna ya ha sido apropiado indefectiblemente en inglés por el atún).


Conforme a las indicaciones del gobernador, regresé a mi tierra días después para elaborar el plan de preproducción. Lamentablemente, tuve que hacerlo en compañía de su mamonsísimo director de Comunicación Social, Carlos Ávila, tan fatuo y escamado como lo son todos mis paisanos adinerados o empoderados (aún no conozco la excepción de la regla). Al cabo de ese recorrido por las principales empresas y los sitios más atractivos de la ciudad-Estado que es Aguascalientes, sentí náuseas al culminar nuestro scouting en el gueto del Campestre, donde nos esperaban su hijo y otros juniors imberbes en el hoyo de arranque, todos vestidos ridículamente con playeras Chemise Lacoste, bermudas de diseñador, zapatillas sin calcetas y gesto de fastidio, atuendo al parecer imprescindible y paradójico entre quienes lo tienen todo.

«Se ve muy contento este cabrón…

…, deja se la hago de pedo», revela el célebre meme la proclividad de las esposas tóxicas para someter a sus vasallos domésticos, incluso al sentirse amenazadas por una simple sonrisa. Allá en nuestro domicilio de Juan Sánchez Azcona de la colonia del Valle, mi esposa cubana-soviética suscribía fielmente esta caricatura. Pero, jamás imaginé que igual habría de proceder un macho bien bragado como presumía ser Eduardo Carrasco Zanini.

Una vez concluido mi detallado plan de preproducción —celebrado incluso por Alejandra «Jana» Guevara Castillo, la rijosa hermanastra o media hermana de «El Chalán»—, se trasladó el equipo completo de producción a Aguascalientes, al mando de Eduardo y su inseparable Lolita. Y fue justo entonces cuando, por vez primera, supe por qué lo apodaban con un sobrenombre de tan baja ralea.

Alojados de lujo en el hotel Las Trojes, el primer golpe que me asestó fue justo durante la mañana en que empezaríamos a levantar imágenes. Entonces, como trueno en cielo sereno, decidió que el camarógrafo sería el director y yo su asistente. Casi me atraganto con el melón aderezado con yogur y granola que me desayunaba. Acto seguido, se puso de pie y se largó con su nínfula a cubrir el destape del candidato del PRI a la gubernatura de Coahuila, el próximo gobernador, obvio. Y es que, gracias a su compadre y socio Héctor Cervera Jr., estaba de vuelta en el pesebre del presupuesto público, decidido a no volver jamás a rascarse con sus propias uñas, hambriento de mamar del presupuesto de comunicación social de cualquier institución que se dejara clavar el colmillo hasta el tuétano.

Lo peor fue que el camarógrafo resultó ser un chilango de pura cepa: arrogante, lépero y, peor aún, sin la menor idea escénica, por lo que, en cada locación, me pedía que le indicara dónde debía poner la cámara y cómo cubrir la escena. Obviamente, acabé dirigiéndolo, pero sin que ni así lograra aminorar su altanería, empoderado como estaba por la torpe decisión de Carrasco.

A su regreso de Coahuila, se encargó éste de enterrar por completo mi ilusa esperanza de que esa producción significaría, sin que él lo imaginara, el principio de la realización de un sueño concebido desde mi infancia: hacer cine, emocionado por las historias que la familia entera contaba sobre la filmación en nuestro terruño del western El último atardecer (EE UU, 1961, Dir. Robert Aldrich), con las actuaciones estelares de Kirk Douglas, Rock Hudson y Dorothy Malone, y para cuyo rodaje mi padre y su hermano José Franco Muñoz habían arrendado las miles de cabezas de su emporio ganadero. Aún recuerdo la fascinación que me causó enterarme del trato distinguido que a mis padres les habían dado durante la filmación y, más aún, al conocer los detalles de las suntuosas fiestas que mis primas mayores le habían organizado al elenco en la exclusiva Privada de Democracia, a la sombra de la tradicional Plaza de San Marcos.

Como si a través de un subterfugio maldito lo hubiera adivinado, Carrasco se encargó de bajarme de mi nube con saña y lo que le sigue, casi a chingadazos, sin exagerar: sólo le faltó sacar un arma para obligarme a cumplir sus órdenes, tal como anhela en su vermífugo churro: «así: traerlos de un lado pa’ otro, que te tengan miedo y te respeten…». Sobajado hasta la ignominia, frente a todo el equipo de producción, los clientes y su mujer, finalmente un conmiserativo asistente de producción intentó aminorar mi humillación al susurrarme a sus espaldas:

—Así es esto, mano, aguanta vara.

Y sí, según me enteré poco después, el despotismo y la brutalidad son moneda corriente entre la mayoría de los directores mexicanos, como el patán de Felipe Cazals, quien llegó al exceso de hacer llorar a mi adorada musa Gabriela Roel durante la filmación de su paquidérmica y anestésica cinta El tres de copas (México, 1986). A diferencia de estos pinches tiranos —entre quienes sobresalen el sobrevaluado Emilio «Indio» Fernández y Chano Urueta, ambos empistolados durante sus rodajes—, yo tuve la fortuna de educarme con profesores europeos y, mejor aún, conté con el privilegio de tener a mi paisano Jaime Humberto Hermosillo como fina referencia de lo que debe ser un director de cine. Así fue cuando, otra vez durante mi infancia, corrí con mis hermanos y amigos a ver el rodaje de su película Matiné (México, 1977) en la Villa de Guadalupe, hasta donde habían ido a parar los Franco Muñoz durante el trágico sexenio de Luis Echeverría Álvarez, desastroso en especial para los productores lecheros por la mentecata decisión de manejar la economía desde Los Pinos.

Peor la edición de esa serie audiovisual, pues la dirigió el propio Carrasco y, entonces sí, no me quedó ninguna duda de por qué le apodaban «El Chalán»: un auténtico chivo en cristalería o, mejor dicho, cabrón, toda vez que se enorgullecía de ser capricornio, como si él hubiese decidido la fecha de su nacimiento. Y es que no se tomaba la molestia de ver una toma completa, al menos. Sin exagerar, su trabajo como editor era más feo que espiar a una hermana mientras se baña.

Seguí aguantando vara ante sus desplantes autoritarios, según la sugerencia de aquel humilde asistente de producción, pero, sobre todo, por el pinche dolor de pagar la renta. Pocos meses después, sin embargo, cuando ambos nos odiábamos en secreto, pero sin que ninguno se atreviera a liquidar esa relación insana, me espetó, por fin, que la cortáramos, como si fuéramos novios o estuviéramos en el kínder. No me lo dijo así, obvio, pero sí:

—¡Ya no puedo seguir trabajando contigo!

En lugar de negociar un puente, ya no digamos dorado, pero sí al menos colgante para sobrevivir las próximas semanas en tanto remediaba el nuevo brete en que me hallaba, torpemente corrí a redactar mi carta de renuncia como el buen lasallista que en el fondo soy (además del Colegio Cristóbal Colón, soy egresado de su satelital Coro de Infantes de la Basílica de Guadalupe).


Ni siquiera nos despedimos. Salí de sus aposentos con el mismo ánimo que tuve al librarme de su alma gemela, Lolita de la Vega: una sensación de alivio por haber logrado escapar de sus garras a pesar de mi insensatez. Bendito Dios, contaba a modo de red de protección, con la agencia diminuta de su cuñado, quien me recibió con los brazos abiertos, sin temor a la rabia que esto podría causarle al iracundo esposo de su suculenta hermana.

Además de consideración y respeto, pude volver a gozar ahí la abundancia que había dejado atrás desde que renuncié a mi cargo de gerente de comercio exterior de Bancomer en la primavera de 1987. A diferencia de todos mis subsecuentes puestos de oropel —al lado de cacas tan grandes como Lolita de la Vega, Miguel Alemán Velasco, Gastón Melo y Eduardo Carrasco e, incluso, poco después, en la campaña presidencial de Luis Donaldo Colosio—, con mi amigo Enrique Horta gocé al fin, no de un buen sueldo, por supuesto, pero sí de las mieles derivadas de un puesto ejecutivo y sin horario fijo: restaurantes de gourmet, cantinas abundantes en tragos y botanas y, sobre todo, de la radiante vida nocturna de la capital mexicana, señaladamente sus novedosos Table Dance. En el colmo de esa jauja repentina, disfruté un par de “acapulcazos”, como llaman los chilangos a la continuación de la parranda en el bello puerto guerrerense. Con mayor dicha y sin ninguna culpa porque, a la par, me había librado de la rémora que desde siempre había sido mi esposa cubana-rusa ahora, no más soviética, pues de la URSS no había quedado ni su sombra.                                  

El otro derrumbe de «El Chalán»

Como una suerte de premonición maldita, el solo título de Derrumbe anuncia lo que a Eduardo Carrasco le esperaba a la vuelta de la esquina. No era necesario consultar a una pitonisa para saber que su obesidad mórbida no tardaría en pasarle la factura a modo de diabetes, ni que su Lolita habría de abandonarlo en cuanto se le acabara la suerte, por no decir «lana», tal como sucedió al cabo. De toda la serie de desgracias que padeció el pobre Lalo, me enteré sin falta y sin morbo de por medio —lo juro—, por la simple y llana coincidencia de que a la sazón trabajaba con su cuñado.

Así, por ejemplo, supe de un accidente que sufrió en la autopista que va de su rancho en Tepoztlán, Morelos, a la Ciudad de México. De milagro salió con vida. Quizás por lo mismo mi rencor se fue diluyendo hasta culminar, si no en compasión —¡jamás!—, sí en una especie de bienaventurado olvido, a diferencia del anhelo de venganza que llegué a sentir durante años por varios canallas que antologo aquí, pero quienes, socarronamente, evitaron que sus féretros pasaran frente a mi portal, como juran los chinos que nuestros enemigos acabarán pagando sus canalladas (seguro porque les resultaría imposible sospechar que, en el otro lado del mundo, hay seres tan siniestros y mañosos, que se jactan de pelarle los dientes a la mismísima muerte).

Cómo podría sentir rencor contra Lalo cuando, encima, la vida me había regalado la dicha infinita de ver cómo le partían la madre literalmente y, mejor aún, poco después de los agravios que me había infligido en mi tierra: así fue una noche en que, luego de tomarnos unos tragos en un bar de San Ángel, su cuñado y yo lo llevamos a su departamento en Periférico Sur. Al ingresar a esa vía rápida, nos llevamos un tremendo susto al ver que, pocos metros adelante, estaba bloqueada, y de milagro no nos estrellamos contra la cuadrilla de trabajadores.

Con toda razón, Eduardo les reclamó que no hubiera señalamientos de precaución y que su propia vida (la de ellos) corría riesgo. Acaso por su tono arrogante, ellos lo interpretaron como agravio y, entonces, en un abrir y cerrar de ojos, el atrabancado Lalo ya estaba en el piso de chapopote, vapuleado y sacudido, peor que piñata en fiesta de niños pobres. Para mi buena suerte, al abrir la puerta trasera del auto, dizque para rescatarlo, un trabajador tuvo la pertinencia de prensarme, al igual que a Enrique Horta en la puerta del conductor, por lo que no tuvimos más remedio que suplicar desde nuestra cómoda tribuna que no lo golpearan más.

Mexican Beauty

Justo minutos antes de ese incidente, cuando Carrasco, su cuñado y yo tomábamos unos tragos en aquel bar de San Ángel de cuyo nombre no puedo acordarme, se me ocurrió festejar allí la genial idea que había tenido mi paisano Jaime Humberto Hermosillo al realizar el cañonazo de taquilla La tarea, en formato VHS, y con sólo dos actores: José Alonso y María Rojo.

Como si hubiera ofendido a su dios Tezcatlipoca, Carrasco estalló:

—¡No sé de qué hablas! Yo no veo cine de “putos”.

Nos enfrascamos entonces en un debate sobre la calidad de la obra al margen de la biografía del autor.

—¡Basta que el autor sea puto para que toda su obra me valga madres! —rugió Carrasco.

—¿Incluso la Capilla Sixtina? ¿El Retrato de Dorian Gray? ¿La Mona Lisa? ¿La Quinta Sinfonía de Tchaikovsky? ¿La montaña mágica? —intenté hacerlo recapacitar.

—¡A mí todos los putos me cagan y me valen madres! —estalló Carrasco.

Viendo que ese tema no llegaba a ninguna parte, me rendí sin más:

—Quizás tengas razones para odiar a los homosexuales, a lo mejor alguno intentó abusar de ti en la infancia. A mí, la verdad, hasta me caen bien, porque así hay menos competencia para ligar.

Entonces lo dijo:

—Quizás sí.

A partir de entonces, no dejó de asaltarme la canija duda de que todo el maltrato que me había proferido desde Aguascalientes se derivaba, en realidad, de una homosexualidad latente y enmascarada bajo su homofobia fundamentalista, quizás intentando ahuyentar así, a sombrerazos e insultos de arrabal, el probable e involuntario alboroto de sus feromonas ante mí, escondidas hasta el fondo de su clóset de macho empedernido. Para quien dude de este probable escenario, ahí está la espléndida película American Beauty (EE UU, 1999), donde un homofóbico e intrasigente marine acaba rindiéndose ante la galanura de su vecino, interpretado por el bisexual (y no por ello menos genial y digno de admiración) Kevin Spacey.

Revancha a ciegas

Habiéndome granjeado la vida tantas y bellas razones para ajustar cuentas con ese pinche tiranito —mejor aún, sin proponérmelo—, resulta comprensible que Lalo se haya desplomado hasta el más olvidadizo de mis rencores. Tanto así que, al volver a toparme con él, cinco años después, en el funeral de la exmujer de Enrique Horta, estuve a punto de estrecharle la mano. Y si no alcancé a hacerlo, fue porque pude advertir un destello admonitorio en su mirada resentida, indignada.

¡El mundo al revés! El déspota ojetísimo que me había sobajado, maltratado y corrido sin al menos el finiquito de ley y, peor, cuando mi mujer aún amamantaba nuestra bebé, ¡se sentía ahora el indignado! Por respeto a la difunta quien, además, era hermana de Horacio Valle Ramos, mi talentoso editor en la serie Caminantes—, no quise ahondar en el tema. Pero, días después, no resistí la curiosidad de intentar despejar la razón por la que mi victimario se hacía ahora la víctima.

La respuesta de Enrique Horta me hizo ver que mi entonces jefe y productor de esa serie televisiva, era un alacrán de aguijón finísimo: cómo no, si Luis Kelly le había asegurado al alicaído Carrasco que no podía ayudarlo porque ¡yo me oponía! Mera estratagema para vengarse de él por interpósita persona, esto es, por haberlo dejado colgado de la brocha cuando hipotecó su casa de Echegaray para participar en el malogrado proyecto de la absurda video-revista con que habría querido desquitarse de Proceso (Véase: Eduardo Carrasco Zanini: el director de cine que jamás pasó de chalán).

Por lo mismo, Carrasco me llamaba «traidor», me enteré entonces. En lugar de intentar aclarar las cosas, me sentí más que satisfecho por ese mérito gratuito al colegir que el arrogante «Chalán» comprendería ahora que no podía ir por la vida rompiendo madres sin esperar que un bumerán le partiera de vuelta el hocico.

A la vez, no pude dejar de advertir la tara que retrataba de cuerpo entero a la caterva de miserables tiranitos con los que me había topado desde mi incursión con el pie izquierdo en “el medio”, casualmente todos representantes de la voraz generación de los Baby Boomers: su absurda idea de que la lealtad tiene un solo sentido. Aparte de arrogantes, pendejos: no se puede esperar de vuelta lo que se niega en principio: la lealtad es, siempre, un camino de doble sentido.

Epílogo con happy end

Como se sabe, en la primavera de 2001 denuncié la colusión de mi último tiranito, Luis Kelly, con la encargada del despacho del Gobierno del Distrito Federal, Rosario Robes (no es errata) para inflar facturas en el despropósito de financiar su carrera política cuando no tuviera más acceso al erario, esto es, el célebre «Cochinito».

En rigor, mi denuncia fue un «¡ya basta!» estruendoso contra esa caterva de pinches tiranitos, ojetes todos, desde Luis Kelly y Eduardo Carrasco hasta Gastón Melo Medina, pasando sin falta por Lolita de la Vega, Carlos Mora Gómez y, sin olvidar, a mi dizque cuate de la Facultad de Economía, Ariel González Jiménez, ninguno de los cuales se tocó el corazón al echarme a la calle incluso con una bebé en los brazos.

Esa catarsis me concedió felizmente la oportunidad de reiniciar mi vida en Canadá con mi nueva y verdadera familia, justo el 3 de agosto de 2001, fecha en que celebro cada año la dicha de haberme liberado para siempre de cualquier asomo despótico en derredor, al grado de que en 2005 renuncié a un trabajo por la peregrina razón de que no me concedieron un día libre para disfrutar a mi hija recién nacida. Por supuesto, ya había abandonado la loca idea de hacer cine, y me entregaba a la libertad total de la literatura al escribir de tiempo completo, gracias a un puesto de velador —«el mejor trabajo del mundo para un escritor», Ramón del Valle Inclán dixit—, mi novela El cementerio de los días, para lo cual no necesitaba a un productor miserable y gandaya, sino apenas una laptop. 

Como regalo inesperado de mi nueva vida, poco antes de abordar el Jumbo 747 de Japan Airlines que me transportaría al edénico puerto de Vancouver, Enrique Horta me confió con una mezcla agridulce de felicitación y lamento:

—Ahora sí te chingaste por completo a Carrasco y, de paso, a mi hermana.

—Te juro que yo no fui —alcancé a decir con gesto bobalicón de Pedro Infante.

Me explicó entonces, que, al salir yo de la empresa de Luis Kelly, éste no tuvo más pretextos para dejar de echarle un lazo a modo de salvavidas a su cuñado. Y justo cuando «El Chalán» estaba a punto de abordar el navío que habría de rescatarlo de su prolongado naufragio, disparé yo mi denuncia-torpedo contra su eje de flotación, por lo que debió regresarse a su rancho de Tepoztlán a criar guajolotes y chinicuiles (¡jamás gallinas y marranos europeos!). Poco después, obvio, lo abandonó su Lolita.

No creo haberme reído, pero sí me despedí de mi buen amigo con la sentencia conminatoria con que mi padre me educó como persona de bien sin necesidad de cinturonazos: «Al que obra mal, hasta el fundillo se le pudre».

Nobleza obliga

Tan poca cosa me significó el destino de Carrasco en lo sucesivo, que sólo veinte años después, al decidir empezar a escribir este blog de odioses más que de dioses, me enteré de su fallecimiento: el 13 de enero de 2021, justo cuatro días antes de cumplir 68 años, en la cúspide solar de su aguerrido signo zodiacal y, más cabalístico aún, justo cuando se conmemoraban 500 años de la caída de su amada Tenochtitlan.

Sería hipócrita decir que llegué a desear que descansara en paz, pero en cambio, sí le concedo el mérito de haberme animado a escribir este diario de manera regular, alertado entonces de que su proterva camada había llegado a la tercera edad y podrían empezar a morir también sus demás coetáneos —como el perrodista (no es errata) Ciro Gómez Leyva, que acababa de pelarle los dientes a la muerte—, y, entonces, ¡Tezcatlipoca no lo quiera!, podrían irse de este mundo como vulgares ladronzuelos de restaurante, sin pagar la cuenta, y, encima, sin que ellos ni mi par de lectores se enterasen, por mi puño y letra, de la clase de mierdas que habían sido en vida.

Carlos Alejandro Franco

 


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