Gastón Melo Medina: un ujier con doctorado «horroris» causa
El breve prefacio donde no está
Nunca ha dejado de asombrarme la infatigable insistencia con que en las relaciones humanas y las “benditas” redes sociales se promueve el perdón con vehemencia casi franciscana, para lo cual las ternuritas y los mandapiolines echan mano de un extenso catálogo de versículos, citas literarias y poemas edulcorados, tan empalagosos en su mayoría, que podrían causarle caries en la retina a quien tiene la desdicha de leerlos.
En contraste —y de allí mi asombro—, es casi nula la difusión de mensajes que insten a los gandayas a evitar todo aquello que pudiese causar indignación, agravio o rencor bajo la advertencia conminatoria de que el ofendido bien podría tomar represalias, por ejemplo: «ojo por ojo, diente por diente», «el que la hace, la paga», o, ya de perdis, «el que se lleva, se aguanta» (seguro, el púdico Facebook, el mojigato Instagram o hasta el bully X eliminarían memes así por considerarlos «amenazas que incitan a la violencia», ajá).
A la sombra de esta moralina tan permisiva como hegemónica, se exime de toda responsabilidad al canalla por anticipado, a la vez que se coloca a la víctima en el tormentoso crucero donde debe optar entre el ajuste de cuentas o el cacareado perdón, y en donde, encima, se le insta social y moralmente a optar por la impunidad que implica el perdón (con toda la carga emocional que supone), siempre en el beatífico propósito de dejar la venganza en manos de Dios, el karma o el gerente del restaurante que, aseguran, es la vida, «donde nadie se va sin pagar».
Igualito que en la Roma de Constantino I «El Grande», quien, allá por el siglo IV, hizo oficial la religión cristiana para infundir en los plebeyos la virtud del perdón y la fe en la justicia divina de cara a sus miserables condiciones de vida, evidentemente en el socarrón afán de que él y su caterva de patricios pudieran seguir gozando de lo lindo su opulencia obscena sin temor a reclamos sociales, justo cuando el imperio empezaba a mostrar fisuras de desgaste y, por lo mismo, su legitimidad entre las bases se tambaleaba peligrosamente.Por increíble que parezca, diecisiete siglos después, esta fórmula siniestra se sigue aplicando a pies juntillas, a pesar del renacimiento, la reforma luterano-calvinista, la ilustración europea, las revoluciones industrial, francesa, mexicana, bolchevique, cubana y digital. En lugar de pastores y curas, las élites echan mano ahora de los llamados influencer y su séquito descerebrado de followers (las ternuritas y mandapiolines) para promover al unísono la necesidad del perdón, o sea, la flagrante impunidad de los canallas.
«Melo» voy a chingar
En 1992, las “benditas” redes sociales no eran otra cosa que las charlas entre familiares y amigos que entablábamos en corto, aunque obvio, bajo la influencia abrumadora de los medios de comunicación masiva, quienes, a su vez, estaban controlados férreamente por un Estado que, aunque de fachada democrática, en la trastienda era tan dictatorial como el Soviet Supremo de la recién desaparecida URSS.
Es de párvulos inferir que la promoción de una convivencia pacífica y acrítica era el eje vertebral en torno al cual se articulaban todos los contenidos emanados desde esa tutela omnipresente, con las loables y heroicas excepciones de las universidades públicas, los partidos de izquierda, el noticiero radiofónico de José Gutiérrez Vivó, el programa de Tomás Mojarro en Radio UNAM y los arrojos de algunos pocos medios impresos, señaladamente Proceso, Unomásuno y La Jornada (de entonces, ojo, no el Granma lambiscón en que se convirtió a la sombra del obradorato).
Así las cosas, no es de extrañar que la sociedad finisecular estuviera supeditada casi por completo a una moralina tan ladina y ventajosa para las élites, muy parecida a la impulsada por Constantino «El Grande». Así pude constarlo cada vez que, en el cabalístico 1992, llegué a externar mi deseo de vengarme de Gastón Melo Medina y, entonces, recibía a modo de balde de agua helada la retahíla de sandeces permisivas que ahora pueden leerse en las redes sociales, empeñadas al unísono en aplacar mi mente azufrada con lugares comunes tan choteados como: «golpe dado ni Dios lo quita» y «hay un Dios», o sea, dejar los agravios recibidos en manos de ese Juez omnisciente, omnipotente y omnipresente porque «sólo de Él es la venganza y él cobrará toda cuenta» (Rom 12: 19-21).
Y ni esperanzas de recurrir a los jueces mortales, ¡por Dios!, si aparte de recursos no me sobraban dedos para comprender que el sistema judicial es la prostituta más cara del inmenso lupanar que es México. Con mucha menos esperanza en mi caso, ya que el señalado era a la sazón ujier del senador Miguel Alemán Velasco, hijo, a su vez, del expresidente Miguel Alemán Valdés, una de las familias más acaudaladas, poderosas e influyentes de ese México finisecular, más que despótico, plutocrático.
Así pues, protegidos desde la base por una borregada alienada de cara al perdón a ultranza y, desde arriba, por un sistema judicial corrupto incapaz de echarles el guante, estos canallas habían hallado en México un auténtico paraíso para «seguir gozando de lo lindo su opulencia obscena sin temor a reclamos sociales». La impunidad total, con el agravante de contar además con prestigio y hasta admiración, tal como lo condenaba cotidianamente el inefable López Obrador en sus monótonas conferencias matutinas:
«Los ladrones de cuello blanco, no conformes con lo que se han robado, encima quieren hacerse pasar por personas honorables y gentes respetables y, en el colmo, son la envidia de sus vecinos, en lugar de que los señalen y denuncien como lo que son: bandidos de cuello blanco, delincuentes peligrosos, aún peores que los carteristas, porque se enriquecen a costa del erario público (sic), o sea, robando el dinero del pueblo.» (La Jornada, 23 de abril de 2019).La vida criminal de Archivaldo de la Cruz II
En el hipotético caso de haberme encontrado con otra oveja negra que hubiera secundado mi rabioso afán de hacer justicia por mi propia mano —conocía los movimientos de mi victimario mejor que las líneas del metro—, ahora estoy seguro de que yo mismo habría renunciado a ese despropósito, pues, qué se le va a hacer, soy aguascalentense de pura cepa («la tierra de la gente buena») y, encima, lasallista de corazón mariano, egresado del Colegio Cristóbal Colón y de su satelital Coro de Infantes de la Basílica de Guadalupe.
Sin ruborizarme, no tengo más remedio que reconocer como mi alter ego a Archivaldo de la Cruz (casualmente interpretado por otro aguascalentense, Ernesto Alonso), quien, en la espléndida cinta de Luis Buñuel, Ensayo de un crimen (México, 1955), es incapaz de matar un chapulín, pero aun así, logra realizar sus anhelos homicidas… de pura chiripa: basta que desee la muerte de alguien, para que el destinatario de su berrinche fallezca, en efecto, pero por razones fortuitas, ajenas por completo a su participación directa.
Aun cuando jamás conté con las dos más grandes ventajas de este entrañable personaje (la realización instantánea de sus caprichos criminales y su redención mediante la aparición de ese ser divino que en vida se llamó Miroslava), me siento igualmente satisfecho porque, finalmente, tras una larga espera de ocho años, el destino, el karma o Dios me concedió la dicha de ver caer a mi canalla de cabecera, pero con tal estrépito, que estuve así de sentir compasión por él. Y si años después no llegó a la cárcel, fue sólo porque, insisto, el sistema judicial mexicano es la prostituta más cara del congal que en su ancho territorio es México.
Mas, no nos adelantemos. Como dirían los ladronzuelos de la colonia Buenos Aires: «Vamos por partes».
Word Perfect —a Perfect World
Tal como refiero en el primer capítulo sobre Eduardo Carrasco Zanini de esta serie autobiográfica, fue él quien me recomendó con su amigo Carlos Mora Gómez para escribir los «…contenidos del concierto que, para festejar el eclipse solar de 1991, realizaría Jean Michelle Jarre en la zona arqueológica de Teotihuacan, proyecto a cargo del Dr. Gastón Melo Medina».
Al entrevistarme con mi tocayo Mora Gómez en el número 17 de la calle Córdoba, colonia Roma Norte, donde se hallaba casi oculta una empresa de nombre críptico, Silog, me enteré de que se trataría de un espectáculo multimedia con los más avanzados sistemas audiovisuales y los más sofisticados hologramas coreográficos para proyectar la grandeza del México “precuauhtémico” (otra vez la palabrita), pero paradójicamente bajo la batuta de un francés vanguardista (¡Voilà!).
Por la pura recomendación de Carrasco —y por añadidura de Héctor Cervera padre y de su júnior homónimo, director del Centro de Producción de Programas Informativos y Especiales de la Presidencia de la República (CEPROPIE)—, Carlos Mora me contrató sin hacerme al menos un examen de ortografía. Acto seguido, me condujo a una extensa barra donde, en lugar de tragos o tazas de café, cada usuario tenía a la mano el monitor y el teclado de una computadora.
En la casa productora de Carrasco, ya había tenido contacto con este moderno sustituto de la máquina de escribir, pero en Silog, me quedé pasmado al conocer el software Word Perfect: un flechazo directo al corazón. Cómo no, si en lugar de las infinitas correcciones con tinta blanca y las decenas de hojas desechadas, recortadas y pegadas con el imprescindible Pritt que había necesitado para escribir a máquina mis cuentos, ensayos y hasta mi tesis profesional, podía hacer ahora, literalmente, garabatos en la arena, pero sin que los cambios se diluyeran, gracias a una sola tecla: Save.
Comprendí entonces por qué el mismísimo Gabriel García Márquez había afirmado tras la escritura de El amor en los tiempos del cólera:

Fascinado con esta herramienta prodigiosa, me aboqué de tiempo completo a escribir todas las tareas que me asignaba mi tocayo Mora Gómez, que, dicho sea de paso, era de aspecto monstruoso pero noble como el Sulley de Monsters, Inc. (EE UU, 2001): boletines de prensa, distintos eslogan para anuncios de prensa, cartas oficiales, memorandos internos, dípticos, trípticos, guiones de radio, televisión y cuanta cosa se le ocurriera a mi jefe en sus tormentosas crudas habituales.
Con mayor dicha porque, en la misma cuadra, apenas doblando la esquina sobre la calle Puebla, estaba la Casa Universitaria del Libro, mi Alma Máter, y solía escaparme allí para respirar el aire libertario de mi verdadero amor —los libros, la UNAM— y consultar, de paso, su espléndido catálogo bibliográfico.En la era premicrosoftiana de la que estamos hablando, me queda el mérito de haber localizado, por mera intuición y quemando muchas pestañas de por medio, varias citas encomiables que sugirieran el fenómeno sobrecogedor de un eclipse: desde Sor Juana Inés de la Cruz y Juan Ruiz de Alarcón hasta Jaime Saines y José Emilio Pacheco.
Aún recuerdo el asombro con que mi jefe, Carlos «Sulley» Mora, las leía:
—¿Cómo pudiste hacer una antología así?
Y yo nomás alzaba los hombros, sin saber de verdad cómo esas joyas habían llegado hasta mis ojos.
«Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo...»
—Sor Juana Inés de la Cruz, Detente, sombra
«Mientras avanza el día se devora.
Y cuando toca la frontera en llamas
empieza a calcinarse. De tu nombre
brotan la luna y su radiante armada,
islas que surgen para destruirse.»
—José Emilio Pacheco, Árbol entre dos
muros
A la prima se le arrima… también el poder
Tan divertido estaba con mi nuevo juguete (Word Perfet), que no prestaba mayor atención a mi alrededor. En inglés, el adjetivo oblivious expresa con mayor tino ese trance en el que uno es ajeno, mas no inconsciente, de su entorno: una suerte de levitación sensitiva de cara a todo lo que acontece en torno suyo. Así estaba yo, felizmente oblivious, en Silog: una suerte de Think Tank de Miguel Alemán Velasco, según me enteré poco después. Por lo mismo, poco o nada me significaban los demás empleados, mero rebaño de Godínez, partida miserable de seres grises y uniformes, según atisbaba desde el más extraviado rabillo de mis ojos. Con la salvedad de Gabriela Warkentin, prima del Dr. Gastón Melo Medina.
Me bastó verla para intuir enseguida que gozaba de la sabia bisexualidad del caracol. Al establecer nuestro primer diálogo, me convencí de que le hacía honor a su apellido: soy germanófilo incorregible, no sólo por mi admiración espontánea ante la fulgurante constelación de filósofos, compositores, poetas, escritores, cineastas, científicos e inventores de esa enorme nación —señaladamente, mi tocayo Marx y el divino Schopenhauer—, sino también porque, durante mi aciaga estancia en Praga, fueron precisamente mis amigos alemanes —Matthias Fuchs y Johannes Strauβ—, quienes me salvaron de la deprimente convivencia con los rascuaches latinos y los amargados checos.
Al entablar algunos diálogos casuales, me asombró la claridad con que, aun veinteañera, Gabi comprendía la necesidad de vincularse al capital para poder cristalizar cualquier proyecto o idea; a diferencia mía, que me aferraba fervorosamentea las biografías de autores que, no obstante sus penurias de origen, habían triunfado al cabo, poniendo incluso al capital bajo sus órdenes. Ejemplos no me faltaban (Juan Gabriel y su tocayo García Márquez, en especial), pero acaso sí talento y, sobre todo, la suerte de toparme con una Prieta Linda o un Álvaro Mutis. Así las cosas, no es de extrañar que yo haya acabado refundido en el más recóndito anonimato luego de una vida repleta de carestía y represalias por parte de los dueños del capital, mientras la Warkentin logró encumbrarse en la mismísima XEW y hasta en Foro TV (un poquito con la ayuda de su primo, ujier de los potentados de Televisa).
Tan estrecha era su relación consanguínea, que llegaron a compartir al mismo amante: al acudir meses después a la boda de Gabi en Yautepec, Morelos, me llevé la sorpresa al reconocer en su esposo a un antiguo colega mío en la Subdirección de Comercio Exterior de Bancomer, incluso éramos tocayos, por lo que nos abrazamos con más gusto todavía, luego de cuatro años de haber renunciado yo a esa institución bancaria (justo en busca de mis sueños como escritor y cineasta). Aún no salía de mi sorpresa, cuando uno de los invitados me susurró con una mezcla de whisky y cizaña: «Es una boda de a mentis, el esposo de Gabi fue amante de Gastón Melo». Lejos de escandalizarme, confirmé mi primera impresión —«la que cuenta», afirman los sabios—: Gabi era lúbrica, taimada y transmutable como un caracol, y, por eso, la llamé en lo sucesivo «Gay-bi» Warkentin.
En la madriguera del escorpión
Anidado en mi burbuja de Word Perfect como feto feliz en la placenta de su madre, habría podido seguir así hasta el atardecer del 11 de julio de 1991, al término del eclipse solar, de no haber sido porque Carlos «Sulley» Mora me despabiló un mediodía para decirme que el Dr. Gastón Melo quería verme.
Al acceder a su oficina, luego de dos semanas de trabajar en sus aposentos, pude conocerlo al fin. A diferencia de mi encuentro con Ernesto Zedillo Ponce de León diez años antes, justo cuando trabajaba en Bancomer, y a quien reconocí enseguida como un potencial candidato a la Presidencia de México, con Gastón Melo tuve la certeza fulgurante de que estaba ante un inminente presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes: de trato terso y oblicuo, casi versallesco, y, mejor aún, dueño de un vocabulario que me llevaría a consultar no pocas veces el diccionario, me sentí afortunado al estar por fin bajo las órdenes de alguien digno de mi admiración, a diferencia de seres tan rupestres y burdos como Eduardo Carrasco Zanini, Lolita de la Vega y, con la pena, hasta de mi tosco y pedregoso tocayo Mora Gómez.
Alumno predilecto del afamado filósofo francés Abraham Moles, y doctorado en la misma Universidad de Estrasburgo en comunicación social, Gastón Melo tenía como su mejor credencial la sabia capacidad de burlarse de sí mismo y, con mucha más acidez —aunque sin caer jamás en lo vulgar—, de los magnates a quienes servía en calidad de asesor, por no decir, ujier.
Al presenciar en primera fila cómo menospreciaba a Emilio Azcárraga en corto, y aun a su patrón, Miguel Alemán Velasco, me rendí de plano ante su aguda inteligencia, seguro de que sólo los marxistas y los sabios podemos ver por encima del hombro a los magnates, en contraste con los descerebrados clasemedieros y fundamentalistas, dispuestos a inmolarse por pendejos que también van al baño (los musulmanes o los chairos, por ejemplo).
No sé qué habrá visto en mí, pero, a partir de esa primera entrevista, Gastón empezó a requerir con mayor frecuencia mi presencia en la Dirección de Silog, al grado de que mi buen Sulley acabó siendo una mera referencia en esa oficina. Luego de la indiscreta revelación de Yautepec, he llegado a preguntarme si no se habría tratado de un sutil flirteo, sobre todo, porque, al igual que su examante de Bancomer —el hechizo esposo de Gay-bi Warkentin—, yo me llamaba también Carlos y era igualmente nalgón. Pero, la verdad sea dicha, jamás advertí en Gastón el más extraviado correlato sexual en nuestra relación profesional.
Aceptemos sin conceder, como dicen los abogados, que su preferencia por mí se debió a mi talento, cualquiera que éste hubiese sido. Peor para mí, porque a partir de ese momento, la masa amorfa y grisácea que hasta entonces me rodeaba en esa oficina, empezó a dar señales de vida, con tal virulencia, que los Godínez despertaron como zombis para rezongar por mi derecho de picaporte en la oficina de su amo Gastón, dispuestos todos a deglutir mi cerebro.
En el colmo, esos exempleados de Televisa festejaron y difundieron mediante fotocopias el primer error ortográfico que cometí en uno de mis escritos: «insersión», en lugar de inserción. Así de ruin es el lumpenproletariado y, por lo mismo, digno de ser aniquilado, como bien recomienda mi tocayo Marx en el Manifiesto del Partido Comunista.
El eterno retorno de la misma negación
El concierto para el eclipse estaba destinado al fracaso desde su origen, sobre todo porque no existían las condiciones necesarias para salvaguardar la integridad de las ruinas de Teotihuacan ante la oleada multitudinaria de visitantes que se esperaba el 11 de julio de 1991. Además, con todo derecho, la comunidad artística mexicana reclamaba por qué un francés habría de celebrar ese evento cósmico en un sitio fundacional de la cultura mexicana; y, en el colmo, el mamonsísimo Jean Michel Jarre llegó a pretextar que no existían las condiciones mínimas para garantizar la excelencia de su show.
Después de haber perdido en 1989 el tren que, estoy seguro, me habría llevado a mi verdadero destino, todo lo demás me parecía insignificante y menor. Tal como explico en el capítulo de Eduardo Carrasco Zanini, «cometí [entonces] el que a la fecha considero el peor error de mi vida: haber renunciado al ingreso fast track con que me distinguió el Centro de Capacitación Cinematográfica de la Ciudad de México (CCC, lo llamamos sus cuates) para incorporarme sin reservas y con sincero entusiasmo a la carrera de director de cine.» Torpemente, opté entonces por la FAMU de Praga: que Dios me perdone.
Por lo mismo, cuando mi tocayo Mora Gómez me avisó que era casi inevitable que se cancelara El concierto para el eclipse, me sentí de vuelta en casa, esto es, en 1988, cuando nos habían robado el triunfo del ing. Cuauhtémoc Cárdenas; en 1989, cuando frente a mis narices se había derrumbado el Muro de Berlín; y, apenas meses antes, cuando Eduardo Carrasco había cancelado la producción de una serie de tragedias griegas, para acabar en ese otro fallido proyecto. O sea, estaba más que acostumbrado a la condición nugatoria de mi miserable destino.
Lo que sí me impresionó, fue ver a Gastón Melo minutos antes de jugarse la última carta para intentar salvar ese proyecto. Lo haría ante el jefe de la Oficina de la Presidencia de la República, esto es, ante el siniestro José María Córdoba Montoya, francófilo como él. En una especie de trance, hacía ejercicios respiratorios del tipo mindfulness antes de decidirse a levantar el teléfono rojo.
Al cabo de varios minutos que parecieron siglos, salió de su oficina para anunciar ante toda la planilla de Silog que, tal como sospechábamos, El concierto para el eclipse NO se llevaría a cabo.
Cuando minutos después ya me disponía a recoger mis chivas, el propio Gastón me alcanzó para preguntarme:
—¿No te gustaría participar en la campaña de Miguel Alemán al Senado de la República?
(Esta historia continuará)







Comentarios
Publicar un comentario