Gastón Melo Medina: de tersa voz y aguijón letal
En su magnífica obra Los signos del zodiaco y su carácter, Linda Goodman plantea la auténtica curiosidad de laboratorio que despiertan los idealistas e imaginativos acuario en los térreos, pragmáticos y calculadores escorpio, acaso porque son los extremos que se tocan en ese misterioso y luminoso estudio sobre la íntima deriva de la personalidad que se desprende de las estrellas y que, doy fe, es la astrología.
A estas alturas de mi vida —viejo y desahuciado por una afección renal y, peor aún, sin un donador a la vista—, no pienso desperdiciar más que este párrafo para execrar a los circunspectos positivistas que denuestan todo aquello que no pase la prueba ácida de la comprobación científica, sin comprender en su ridícula arrogancia que no son más que un accidente en esta obra magnífica, plena de maravillas inescrutables, que es el universo, o sea, encima de pinches gorrones, pretenden darle clases al chef y hasta robarse la vajilla. Como bien afirma Lovecraft: «Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de mares negros e infinitos…».
En un capítulo aparte, si Dios me presta la vida, daré cuenta de las múltiples vivencias misteriosas —esotéricas, metafísicas, cartománticas y, por supuesto, astrológicas— que he experimentado desde mi más temprana edad, muchas de las cuales cuentan con testigos que, al acto, renegaron en lo sucesivo del pretensioso positivismo para darle chance, al menos, a la duda, señal reveladora de una auténtica inteligencia.
Por ahora, baste acotar que, fiel al
magnetismo propio de los opuestos o al encuentro inevitable de los extremos por
la vía circular, la mayoría de mis jefes fueron, en efecto, escorpio (aparte de
Gastón
Melo, su patético remedo Luis
Kelly y, también, mi buen amigo Enrique
Horta, cuñado del atrabancado caprino Eduardo
Carrasco Zanini).
«Habla con suavidad, pero lleva en la mano un
garrote, es un perfecto ejemplo de la filosofía de escorpio, expresado por
un representante de este signo. Aunque el presidente Teodoro Roosevelt haya
sido el primero en decirlo, todos los plutonianos nacen con esa frase grabada
en su naturaleza. Es el lema invisible que cuelga en la pared, tras el
escritorio de tu jefe escorpio.»
—Linda Goodman
De haberla atendido, esta advertencia me habría ahorrado ocho años de azufrado rencor —hasta la culminación de la feliz revancha—, pero acuariano al fin, confiaba nomás en mi talento y disciplina para intentar medrar a la sombra del seductor de tiempo completo que era Gastón Melo Medina, temerariamente oblivious ante el aguijón que se alzaba amenazante en la retaguardia.
Soñar no cuesta nada, pero al despertar, el dinosaurio podría seguir allí
Como en el multicitado cuento breve de Roso Montetito, al salir de mi cándido sueño socialista, debí enfrentarme, literalmente, con un tiranosaurio: el más fiel representante de la Dictadura Perfecta (Vargas Llosa dixit); pero, en lugar de la reliquia trasnochada que mi generación solía arrojar alegremente al basurero de la historia, ese esperpento gozaba de cabal salud gracias a la siniestra capacidad reformadora de su jefe máximo, Carlos I de México «El Usurpador».
Más que aterrado, me sentí de plano derrotado, pues esa calamidad se sumaba a mi retorno de Checoslovaquia, tan ruinoso, que incluso desapareció del mapa ese país. Poca cosa, dada su condición satelital, al igual que los demás países eslavos y, aun, Hungría, Rumania y la porción oriental de Alemania, meras fichas de tahúr en el reparto que del mundo habían hecho las potencias gandayas tras las conferencias de Yalta y Potsdam, justo en la víspera del genocidio de Hiroshima y Nagasaki.
Lo que sí me caló, y hondo, fue el derrumbe de la madre de todas esas naciones periféricas, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la URSS —All rise!—, el más audaz ensayo que la humanidad haya emprendido jamás para encontrar una forma más justa y equitativa de organizarse, muy superior a las revoluciones americana y francesa, pues, aunque loables, no hicieron más que emular algunas intentonas democráticas previas (Grecia, Roma). Aquí estamos hablando de un insólito salto al vacío, contando apenas con la red teórica que les había tendido el hombre más sabio y generoso que ha existido jamás (con el perdón de Jesucristo): Karl Marx —On your knees!
Al enterarme en el obituario en que se convirtieron las primeras planas del mundo entero, me sentí más desolado aún, pues justo me alistaba para volver a servir al sistema priísta que tanto había denostado desde el Frente Democrático Nacional para impulsar en 1988 la candidatura del ing. Cuauhtémoc Cárdenas, y cuyo triunfo electoral nos fue arrebatado con la legendaria «caída del sistema» de Manuel Bartlett Díaz, justo para imponer a «El Usurpador».
Al menos, no sería otra vez para cumplir los caprichos de una barragana déspota como Lolita de la Verga (no es errata) —intentaba consolarme—, sino para impulsar la candidatura al Senado del hijo del cachorro de la Revolución Mexicana, Miguel Alemán Velasco. Consuelo, aparte de insulso, inútil, pues, lasallista y contrito como soy, me fue imposible olvidar un episodio que, allá por 1986, me había llenado de orgullo y hasta de cierta fama en mi círculo universitario, pero que, de cara a mi nueva realidad, era un búmeran puntual y atinado en pleno hocico.
Y es que, luego de haber resultado ganador en un concurso de ensayos de la UNAM, con mi manuscrito México: con mayúscula, con acento y con equis, y de haber recibido el diploma y el cheque respectivos de manos del propio rector Jorge Carpizo MacGregor, mi querido director de la Facultad de Economía, Eliezer Morales, me propuso como expositor en un coloquio que organizaría el filósofo Leopoldo Zea.
Ajeno por completo al perfil del anfitrión, aproveché la ocasión para denostar a todo pulmón la traición que, en las entendederas de mis veintidós años, había perpetrado Miguel Alemán Valdés por haber bajado a la Revolución Mexicana del caballo y, encima, pulverizarla a punta de negocios ilícitos, mafiosos e impunes, sentando así las bases del corrupto sistema priísta que nos condenaba ahora a la más cruel de las carestías con tal de cumplir los compromisos que con el agio mundial defendía el gobierno de Miguel de la Madrid al son, si no jarocho, sí neoliberal de «Son medidas dolorosas, pero necesarias».
Para mi sorpresa, a mitad de mi arenga, se había puesto de pie el Dr. Leopoldo Zea para desaparecer tras el pódium y, al concluir mi participación, los aplausos, si acaso, fueron tan tibios como los huevos de mi desayuno, al tiempo que las nísperas cámaras de Televisa se apagaban y salían a toda prisa de la casa del ahorcado. Al intentar despedirme del ilustre filósofo, retrocedí apercibido de que buscaba la manera de mentarme la madre con un entuerto epistemológico digno de su alta investidura académica.
Cuando le platiqué mi agridulce experiencia a Eliezer Morales, recuperé el color al ver cómo soltaba una sincera carcajada: en efecto, había mencionado la soga en la casa del ahorcado, me explicó, toda vez que el Dr. Zea era una vedette tan inquieta y protagonista como Octavio Paz y Carlos Monsiváis, avisados al igual que mi trepadora colega Gay-bi Warkentin, de que era imprescindible vincularse al capital para ser y, qué mejor, mediante el favor del Canal de las Estrellas.
(De ese threesome de vedettes ambiciosas, cuarenta años después, sólo persiste en la memoria colectiva Octavio Paz, en gran medida por su merecido premio Nobel, pero también por el tino que tuvo de enganchar su obra a la grandeza de nuestra décima musa —ésta sí eterna e inmarcesible—, Sor Juana Inés de la Cruz.)
Otra metamorfosis regresiva
Obligado una vez más por el dolor de pagar la renta (Capulina dixit), en mayo de 1991 me sumé sin remedio a la campaña de Miguel Alemán Velasco en busca del escaño (más que cantado) para representar a Veracruz en el Senado de la República. A diferencia de los Godínez que rumiaban a mi alrededor un rencor tan ácido como gratuito —y quienes habrían dado las nalgas por esa oportunidad—, a mí me hacía sentir peor que el personaje de mi (casi) paisano Franz Kafka: «…tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto».
Una cucaracha, para ser más exacto, digno de ser pisoteado por traicionar mis principios. Y aunque no llegué jamás al cinismo acomodaticio de Groucho Marx —«...y, si no le gustan, tengo otros»—, en cambio sí tuve la humildad de admitir en lo sucesivo que los principios son un lujo inalcanzable para los jodidos que debemos pagar la maldita renta. De Karl Marx a Groucho Marx: ¡así de bajo había caído!
A modo de amortiguador, me arrimé al paraguas de Gastón Melo, quien, no bien sus finas credenciales académicas, se disciplinó sin chistar al nuevo capricho de su amo. Si no para pagar la renta, lo aceptó para seguir de ujier al servicio de uno de los hombres más acaudalados y poderosos de México y, por lo mismo, no tenía empacho en seguirle el juego en esa farsa electorera, aunque sin ocultar su desprecio:
—Si el Senado fuera tan divertido como el de Calígula, valdría la pena este oso —me confió en corto, sin escandalizarme, por supuesto.
Para restaurar aún más mi autoestima, muy pronto comprendí que mi participación en esa campaña no sería muy distinta a la que había desarrollado durante el malogrado Concierto para el eclipse, o sea: escribir toda la sarta de ocurrencias que se le ocurrieran a Carlos «Sulley» Mora en sus crudas habituales: folletos, trípticos, dípticos y hasta boletines de prensa, presupuestos de artículos promocionales y, sin falta, panfletos biográficos sobre el candidato.
Aferrado de nuevo a Word Perfect, habría podido seguir así, sin hacer olas, hasta la noche del domingo 18 de agosto de 1991, al término de las elecciones intermedias del régimen salinista. Pero ya estaba escrito que la vida no me tiene por uno de sus chiqueados, pues, apenas había aceptado mi triste condición de evangelista mercenario —por no decir vil amanuense—, el propio Gastón me pidió que lo acompañara al safari de la campaña electoral.
Jamás podré olvidar la tarde nublada del día más vergonzoso de mi vida, cuando uno de sus lacayos me exigió en Gutiérrez Zamora que, durante el mitin del candidato, repartiera entre los acarreados los mismos panfletos que yo había escrito desde mi cómodo escritorio de Silog en la veracruzana calle de Córdoba, colonia Roma Norte. Entonces sí sentí ganas de arrojarme al mar como Alfonsina Storni con tal de librarme de ese destino que, más que nugatorio, se ensañaba conmigo: ¡de Karl a Groucho y, ahora, del FDN al PRI! ¿Hasta dónde pararía esa caída en picada?
Dios no ahorca… acaso para prolongar la agonía
Fue justo al término de ese mitin, al pernoctar en un hotel de Tecolutla, donde encontré de improviso un remanso en la Corte de los Milagros que era la comitiva alemanista: Marco Antonio Jiménez García. Atendiendo el proverbio de que Dios los hace, ambos hermanamos enseguida nuestras soledades en medio de la horda de roba-urnas y matraqueros que nos atosigaban con miradas recelosas y acechantes.
La amistad entre ambos brotó tan explosiva como bolsa de palomitas en microondas, cómo no, si él era sociólogo de la misma UNAM, y, además, con estudios de posgrado también en un país socialista: Rumania, donde incluso había entablado una amistad vitalicia con el líder del histórico movimiento estudiantil de 1968, Marcelino Perelló. Al caminar ambos por las lodosas playas de Tecolutla, supe que acababa de encontrar otro deudo del desastre en que había culminado el proyecto socialista. Poco nos faltó para darnos el pésame con todo y abrazo. No hizo falta: en nuestros ojos tristes pudimos detectar la sombra fantasmagórica que justo entonces recorría, no sólo Europa, sino al mundo entero: «el fin de la historia», como la llamaría pretensiosamente el oportunista Francis Fukuyama un año después.
Para mayor fortuna, resultamos ser vecinos del barrio de Mixcoac, apenas a un par de cuadras su departamento del mío, por lo que nuestra convivencia se consolidó aún mejor. Me sentí de plano en casa al reconocer en su biblioteca muchos de los libros que yo atesoraba en la mía, sobre todo del FCE, Siglo XXI e, incluso, de la Editorial Progreso de Moscú. Así, luego del largo naufragio que había padecido desde mi aciago retorno de Praga, me sentí en tierra firme, con mayor dicha al ver que mi flamante amigo contaba con todo un batallón de camaradas —Marcelino Perelló entre ellos—, quienes acudían a su departamento de Holbein para vengarse también, entre tragos, canciones y tabaco humeante, del miserable mundo neoliberal que pretendía eliminarnos de la Historia con un méndigo borrón y cuenta nueva.
Pero, el más grande favor que me hizo Marco Jiménez fue sugerirme que me sometiera a psicoanálisis, seguro al percibir varios sintomas neuróticos y hasta histéricos en mi actitud. Si al final decidí hacerle caso fue porque, sin que él lo supiera, padecía una afección que ocultaba por pudor pues, qué pena, era puro miedo, pero en grado de pánico, y al cual había intentado curar desde Praga, con la mala fortuna de haber acudido a una glacial psiquiatra checa que me prescribió, sin más, un remedio para burros: diazepam.
Entre las escasas razones que tengo para sentir respeto por mí mismo, fue haber arrojado al escusado ese medicamento pocos días después, justo cuando sentía morirme… una vez más, conforme a la sintomatología de ese trastorno vesánico. Si lo hice, fue porque, al intentar sacar la píldora con dedos temblorosos y respiración agitada, no pude dejar de verme como un vulgar drogadicto. Eso sí que no, jamás: conforme a mi código familiar y cultural, ése era el peor escenario posible, mas no el alcohol, socialmente aceptado y hasta festejado en la literatura y el cine, mis grandes pasiones.
La cura por la palabra
Tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, la terrible afección que padecía en lo oscurito cundió como peste negra en Estados Unidos y, aun, entre buena parte de los pasajeros aéreos del mundo entero. Sólo entonces, ese trastorno contó con la atención esmerada de los medios de comunicación masiva: «ataque de pánico», lo catalogaron los psicólogos y «trastorno de ansiedad generalizada» a su prolongada y dolorosa secuela: la certeza absoluta de que vas a morir en cualquier momento y de que no hay poder sobre la Tierra capaz de salvarte. Ni siquiera Dios, cómo, si el muy culero no había podido impedir la muerte de tanta gente inocente en Nueva York.
En mi caso, ese trastorno se manifestaba de la peor manera: pavor a salir a la intemperie, agorafobia, donde debía hacerlo sin pretexto para ganarme la vida. Además, a causa de una persecución que había padecido en el metro de Praga cuando los neonazis se desenmascararon tras la Revolución de Terciopelo, me aterraba subirme al metro del DF. Y, al transportarme sin otra opción en autobuses o combis, debía estar siempre cerca de una puerta que me permitiera huir. En medio de ese terror, mi única salvación sería un baño, confiaba, y al cual corría para enerrarme en cuanto veía aproximarse el penúltimo ataque de ansiedad.
Todo esto se lo dije al Dr. Daniel Gerber en su consultorio de la colonia Escandón. Para mi sorpresa, en lugar de manifestar cierta pena o, al menos, empatía, se limitó a escucharme y, si acaso, a hacerme alguna pregunta. Desesperado al ver que se agotaban los 45 minutos reglamentarios, me di por vencido y le rogué que me recetara diazepam, cualquier cosa, antes que seguir soportando ese dolor que estaba en todas y ninguna parte, tan intenso, que había llegado a envidiar a los leprosos, cancerosos o diabéticos, a quienes les bastaba amputarse una extremidad para librarse del dolor.
Como toda respuesta, el Dr. Gerber me pidió que nos viéramos la siguiente semana, a la misma hora. Jamás regresaría, juré al salir casi indignado de su consultorio. Siete días después, sin embargo, no resistí la tentación de volver para machacar que necesitaba algún ansiolítico capaz de someter a mi peor enemigo: mi mente.
No recuerdo exactamente el proceso, salvo una acotación que me acalambró hasta lo más profundo con precisión quirúrgica:
—Si se ha de morir, igual sería en el baño. ¿Por qué la muerte no tiene permiso ahí?
De momento sólo alcancé a reconocer el obvio guiño a Edmundo Valadés, pero pocos días después, quizás al despertar de un sueño intranquilo (vuelta a Kafka), recordé entre náuseas que a lo largo de mi infancia solía refugiarme en el baño del departamento que rentábamos en La Villa de Guadalupe para escapar del cinturón con que mi madre solía perseguirme por la furia que le causaba no poder controlarme; y, entonces, permanecía sentado contra la puerta del baño varias horas, hasta que ella se iba a fregar mejor los trastes.
Apenas dos sesiones después, al acudir a la Hemeroteca Nacional en busca de una nota periodística en la era premicrosoftiana de la que estamos hablando (1991), de pronto me detuve a mitad del camino. Al mirar a mi alrededor, descubrí que estaba en medio de una de las plazas más grandes del mundo, el Zócalo, y que por primera vez en dos años no sentía la maldita agorafobia. ¡Alabado sea Freud!
Tres décadas después,
mantengo un regular y estrecho diálogo con mi admirado Dr. Daniel Gerber,
siempre fascinado de explorar a su lado el territorio ignoto y traicionero del inconsciente, así como el fascinante mundo paralelo de los sueños, con mayor asombro al comprobar cómo los peores monstruos se desvanecen con el solo poder de la palabra.
La tormenta antes de la calma
Al concluir la campaña electoral, Gastón Melo le hizo honor al críptico nombre de su empresa, Silog, acrónimo de Sistema de Información Logística, comprobé entonces: con notable capacidad organizativa, desplegó a lo largo del esbelto estado de Veracruz (y un poco a lo ancho) un eficaz sistema de acopio y procesamiento de datos para, enseguida, hacerle llegar los resultados de la votación al candidato, apostado ese día en su espléndida mansión de Boca del Río.
Habiéndome asignado la zona petrolera de Coatzacoalcos-Minatitlán aquel domingo 19 de agosto de 1991, me bastó hacer un par de rondines por ambos distritos electorales para convencerme de que su triunfo estaba más que cantado y, asimismo, de que la campaña había sido por demás ociosa, pues su solo nombre habría convencido a sus convenencieros y trepadores paisanos.
Por lo mismo, decidí aprovechar la ocasión para tomarme un respiro en la alberca del hotel de lujo donde me habían alojado. Pero apenas me servía una piña colada, con el infaltable vodka eslavo, cuando un empleado del hotel se apersonó para aguarme la fiesta: urgía que me comunicara a la oficina de México. Al hacerlo desde mi cuarto (los teléfonos celulares eran aún rudimentarios y exclusivos), me llevé la grata sorpresa de que, contra todos mis cálculos, contaba con una discreta aliada en medio de la caterva de Godínez que me acosaba allá en Silog.
—Carlos, por favor, envía más resultados —me imploró como si se tratara de una campaña reñida y en riesgo de empatarse—, es que hay gente aquí que está hablando muy mal de ti.
—Como si no lo supiera —respondí fastidiado, pero también por su comedido auxilio—: ¡Gracias!
Harto del acoso de esos canallas, en lugar de salir a cumplir su ridículo capricho, decidí darles gusto: echando mano de mi vena literaria, creé al acto varios datos hechizos, según mi pronóstico del resultado final, y los despaché enseguida sin que me temblara la voz al teléfono (firme por lo demás, gracias al apoyo de mi camarada Smirnoff).
Minutos después, volvió a sonar el teléfono. Los infatigables Godínez ya se habrían dado cuenta de mis datos apócrifos, me resigné al descolgar el auricular.
—Muchas gracias, Carlos —me devolvió el alma al cuerpo mi inusitada aliada—, ya no te preocupes: el candidato nos acaba de mandar a todos a descansar. El triunfo es contundente e irreversible.
—¡Bravo! —festejé nomás para guardar las formas, pero sin que lograra recordar el nombre de un solo adversario de Miguel Alemán en esa campaña ociosa. Había sido un triunfo en despoblado.
La fe en la mostaza (Mat 17:20)
La mayor recompensa que obtuve al instalarse la nueva Legislatura fue escapar, por fin, de la sombra envenenada de los Godínez de Silog —todos exempleados de Televisa o con aspiraciones de serlo—, gracias a que Gastón Melo me asignó de tiempo completo en la oficina del flamante senador en la antigua casona de Xicoténcatl. Por supuesto, ese encargo no fue gratuito: varios medios nacionales habían retomado en primera plana el discurso inaugural del novel senador, escrito en lo oscurito por el mercenario amanuense que entonces era yo.
Al tratarlo de manera directa y cotidiana, me llevé la grata sorpresa de descubrir que era de trato finísimo y mirada transparente: un auténtico piscis, dilucidé enseguida, comprendiendo a la vez por qué un siniestro escorpio como Gastón Melo había logrado enquistarse en sus señoríos con total tranquilidad.
De mejor ánimo me sumé a su equipo al conocer a su encantadora esposa, Christiane Martel, a quien había admirado en la excelente cinta La rosa blanca (México, 1961, Roberto Gavaldón). A partir de ese momento, pinté otra raya con la extinta URSS—desde siempre había apoyado las reformas de Mikhail Gorbachov—, seguro ahora de que jamás debió fusilarse a la familia entera de Nicolás II, de la misma manera que siempre me ha parecido desalmada la decisión de Benito Juárez de fusilar a una persona tan noble y progresista como Maximiliano de Hasburgo. Habría bastado el destierro del uno y de los otros.
Para fortuna del pisciano senador Miguel Alemán Velasco, contaba con la protección permanente de un verdadero cabrón: el capitán Alejandro Montano, su guardaespaldas de cabecera, hijo de un leal escolta del presidente Alemán, miembro del Estado Mayor Presidencial, pero, sobre todo, dispuesto a dar la vida por él llegado el caso. Lo más sorprendente fue descubrir que distaba mucho de ser un simple escolta: opinaba sobre varios temas y hasta participaba en la toma de decisiones, llegando incluso a confrontarse con el exquisito doctor de la Universidad de Estrasburgo y, en el colmo, hasta de ningunearlo.
—No creo que el senador esté dispuesto a enemistarse con quien, más que la espalda, le cuida la vida.
Gastón tuvo que seguir apechugando las insolencias de su antípoda, mientras yo me divertía de lo lindo al ver ese pre-estreno de Bullets Over Broadway (EE UU, 1994, Woody Allen), donde un escolta acaba dándole lecciones al pretensioso y exquisito dramaturgo y director de escena. No bien, lo más divertido de mi convivencia con el bien bragado capitán Montano fue cuando, al cabo de una maratónica sesión senatorial, me preguntó cómo le hacía para recordar tantas cosas y escribir sobre distintos temas, sin consultar al menos una enciclopedia (estamos en la era premicrosoftiana). No soy afecto a las bromas, pero esa noche me di el lujo de intentar una travesura:
—Es muy sencillo —le respondí recordando mis clases de catecismo sobre la fe—. Cada mañana, en ayunas, me tomo una cucharada de mostaza.
Hasta hoy, me gana la risa al imaginar al acerado
capitán haciendo gestos al probar ese vermífugo tan insufrible como inútil.
Adscrito a la oficina del senador por decisión del propio Gastón Melo, es inevitable preguntarse de dónde tanto rencor y, encima, durante la friolera de ocho años (si no fueron más, fue sólo porque el karma restaurantero me hizo el favor de cobrar esta abultada cuenta). O, como decía mi madre el 5 de enero de cada año: «Coman rosca, mas no ansias»..












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