Un paseo por la cuerda floja del poder
El poder comprende una definición tan vasta como habitantes hay en el planeta. Más que acepciones, son versiones las que se derivan de este sustantivo medular. Aun así, es posible hallar un denominador común entre las casi seis mil millones de interpretaciones que cada terrícola adulto podría tener en 2025 al respecto, esto es: la posibilidad real de satisfacer el deseo, y es, justo en el qué donde el poder, como los sueños, adquiere su cualidad exponencial, pues, en efecto, cada cabeza es un mundo.
Una definición personal a modo de prefacio
Luego de infinidad de tumbos y extravíos, y no menos decepciones tras alcanzar la meta en turno, apenas a mis veintitrés años había dado con mi particular idea del poder y que, con la pena, no era muy distinta a la de María Félix: «hacer lo que se te dé la regalada gana». Pero en serio, no como La Doña, quien debió rebajarse al nivel de una meretriz para poder cumplir sus caprichos (Agustín Lara y el calavera Raúl Prado Gutiérrez habrían sido los especímenes menos esperpénticos de su íntima colección de parejas, por no decir clientes).
Ni siquiera el poder del presidente de la República me pareció apetecible luego de mi temprana epifanía, cómo no, si desde mi humilde condición de estudiante de economía no me faltaron entendederas para saber que el pobre debía cumplir una exhaustiva agenda cotidiana, incluso los fines de semana y días de guardar, impuesta por las obligaciones inherentes al cargo, a la vez que su voluntad estaba siempre acotada por múltiples regulaciones, normas, protocolos, grupos de interés y, encima, por el amago permanente de la oposición y la prensa. Qué güeva.
Nada de eso. Para mí el poder debía y debe ser sinónimo de libertad, si no, no es: de allí que me aferrara «…fervorosamente a las biografías de autores que, no bien sus penurias de origen, habían triunfado al cabo, poniendo incluso al capital bajo sus órdenes. Ejemplos no me faltaban (Juan Gabriel y su tocayo García Márquez, en especial), pero acaso sí talento y, sobre todo, suerte para toparme con una generosa Prieta Linda o un solidario Álvaro Mutis», tal como refiero en el primer capítulo de esta serie sobre Gastón Melo Medina.
Gabriel García Márquez: el poder seductor de la literatura
El caso de García Márquez me fascina especialmente. Con el solo poder de la literatura conquistó la amistad de figuras como Fidel Castro, Salinas de Gortari y Bill Clinton. Incluso condicionó ofertas millonarias de Hollywood para adaptar Cien años de soledad, exigiendo socarrón que el dinero fuera destinado a financiar guerrillas latinoamericanas.
La cúspide de su poder la alcanzó, irónicamente, al publicar su peor novela: Memorias de mis putas tristes, nomás para desafiar a la inquisitorial corrección política que se había venido instaurando tras la caída del Muro de Berlín, justo porque los más radicales izquierdosos se habían quedado sin chamba y, al hallar acomodo en las universidades, las ONGs y hasta en la ONU, volvieron al ataque, ahora en calidad de censores. Basados en una moralina aséptica, habían introducido términos tan mamones como sexoservidora y trabajadora sexual para referirse a nuestras entrañables putas. Que Dios los perdone.
Radicado para 2004 en Vancouver, me doblaba de la risa al oír y ver cómo los conductores de radio y televisión debían dar la inevitable noticia. Carraspeaban, titubeaban, se ruborizaban entre risitas recatadas antes de atreverse a nombrar el título de la más reciente novela del enorme Gabo: Memories of my Melancholy Whores. Y eso que no habían leído la historia, donde un decrépito nonagenario decide festejar su cumpleaños con una virgen menor de edad en el prostíbulo local. ¡Las sales! Eso sí es poder, no vaciladas.
Por supuesto, al paso de los años, había debido bajarle varias rayitas a mi pretensión de alcanzar una libertad tan suculenta como ésa, hasta acabar anhelando apenas el modesto ideal de mi admirado Eusebio Ruvalcaba: una botella de whisky, un equipo de sonido para escuchar música clásica y, sin falta, el tiempo indispensable para escribir.
Quizás así pueda comprenderse por qué, además de mis íntimas diferencias ideológicas, acusé una actitud tan desabrida, por decir lo menos, al trabajar con uno de los hombres más ricos e influyentes de México: Miguel Alemán Velasco, ante quien la mitad de los mexicanos habrían dado, si no la vida, sí las nalgas para estar en mi lugar, sobre todo porque a la sazón poseía aún una buena tajada de las acciones de Televisa.
Porfiado en el error
Con la cerviz así de baja me presenté el viernes 1 de noviembre de 1991 con el senador Miguel Alemán Velasco en la antigua casona de Xicoténcatl, por órdenes de Gastón Melo Medina. Tal como referí en el capítulo anterior, mi repulsa se desvaneció casi de inmediato al llevarme «…la grata sorpresa de descubrir que era de trato finísimo y mirada transparente». Un caballero en toda la extensión de la palabra, ajeno a la rapiña voraz de sus correligionarios del tricolor, al grado de negarse a recibir la dieta y los viáticos correspondientes a su flamante cargo legislativo.
Mi ánimo se enderezó aún más al leer en varias primeras planas el discurso que había escrito para su primera intervención en tribuna, y de plano me entusiasmé al reencontrarme con mi admirado Porfirio Muñoz Ledo, a quien no había visto desde la tramposa entrevista con Lolita de la Verga (no es errata). Por supuesto, no perdí la oportunidad de deslizarme hasta su escaño para presentarme con él: además de entusiasta militante del Frente Democrático Nacional, era yo quien lo había advertido sobre la intención censora de Imevisión para impedir la transmisión de la entrevista de marras, gracias a lo cual me había propinado el mayor halago de mi vida: «Franco, le hace usted honor a su apellido», le recordé. Para mi decepción, sólo sonrió y a otra cosa mariposa.
Seguro de que era el único tribuno en medio de la morralla de levanta-dedos priístas, otro día le dejé sobre su escaño un proyecto de ensayo sobre el quinto centenario del encuentro de dos mundos, como se dio en llamar al descubrimiento de América. Otra vez, pintó su raya con una escueta respuesta: «Está muy inspirado, Franco, mejor escriba una novela».
Aspirante a la gubernatura de Guanajuato, a la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal y, aun, a la Presidencia de la República, Porfirio Muñoz Ledo fracasó en todos esos intentos precisamente por lo mismo: era incapaz de formar equipo, fascinado con su propia inteligencia, que, al cabo, resultó su talón de Aquiles.
Como premio de consolación, tuve la buena fortuna de tratar a Héctor Hugo Olivares Ventura, senador por mi estado natal, a quien le agradecí en su oficina la deferencia con que su padre, el ilustre profesor Enrique Olivares Santana, me había distinguido para ayudarme a tramitar la migración de mi esposa rusa-cubana, y cuyos pormenores detallaré en el siguiente capítulo. A la vez, no pude dejar de deslizar a modo de anécdota un viejo reclamo de mi familia: que, al morir un hermano suyo en un accidente aéreo, hayan encimado su tumba sobre la de mi familia en el sobrepoblado panteón de La Cruz, del barrio de Guadalupe.
—A lo mejor así quedamos hermanadas ambas familias —me reviró Héctor Hugo con la afable sencillez de su padre.
A toro pasado, el encuentro más memorable sería con el senador Luis Donaldo Colosio, ausente casi siempre por fungir a la vez como presidente nacional del PRI; sin embargo, en las pocas ocasiones en que llegué a toparme con él, me impresionó su desparpajo norteño y, mejor aún, la transparencia de su mirada. Al participar en su campaña presidencial tres años después bajo las órdenes del Dr. Jorge Medina Viedas, me asombró saber que compartíamos la misma fecha de nacimiento, el 10 de febrero, y, entonces, exclamé un presagio fatal ante varios testigos que luego dieron fe ante mi mala memoria: «¡Es imposible que un acuariano sea presidente de México!» (este desafortunado augurio se detalla en el capítulo Ariel González Jiménez o me pareció ver una linda Pantera Rosa).
Durante mi breve paseo por la cuerda
floja del poder, no podía faltar el prietito en el arroz: el fatuo senador Netzahualcóyotl
de la Vega. Aun cuando evidentemente no sabía que me había metido hasta su
alcoba nupcial por invitación de su Lolita treintañera, en cambio, sí debía
estar al tanto de que sus guaruras me habían echado con todo y chivas de la
casita de muñecas que le había regalado a su barragana en Lomas del Sol, en
represalia por el delito de haber ido al cine con mi esposa, tal como narro en La «erre» imprescindible
en Lolita de la Vega. Aun cuando yo había sido el agraviado, debí moverme
entre los escaños a salto de mata, seguro de que, en caso de
reconocerme, habría puesto el grito en el cielo sereno de su correligionario
veracruzano para volver a joderme la vida. Así de retorcida e inmoral es la
lógica del poder en México.
El tesoro al final de la zanahoria
Al margen de mis aspiraciones libertarias y diferencias ideológicas —para que no se me tache de pendejo soñador o, como ahora se dice, de chairo—, hay un dato duro y concreto que puede explicar mejor mi creciente desánimo a la sombra del acaudalado senador. No se necesita ser muy ducho para colegir que este desánimo se derivaba rectamente de la grosera disparidad entre mi esfuerzo y la retribución correspondiente: al cabo de varios meses de trabajo extenuante, incluso de madrugada y no pocos fines de semana, Gastón Melo mantenía mi sueldo en un nivel raquítico, apenas suficiente para prolongar la agonía que me significaba la mil veces maldita renta.
Mayor mi desazón al enterarme de los honorarios que él mismo le asignó a un selecto grupo de asesores para aprovechar el nuevo cargo de su patrón. Entre esa partida de oportunistas, ajenos todos a la chinga cotidiana de las tareas legislativas, me exasperó especialmente la incorporación de otro primo suyo, pero quien, al igual que Gay-bi Warkentin, no mostraba en la vitrina los mismos apellidos: Rafael Fernández de Castro, un peladito me habría parecido de haberme topado con él en la estación Balderas del metro, pero al conocerlo en Silog, se me cuadraron los ojos al descubrir que esa insignificante criatura tenía más piolets y cuerdas que Ramón Mercader: con un don que bien podría catalogarse de ubicuidad, participaba en distintos grupos académicos, sociales, políticos y, sobre todo, canales mediáticos, siempre inquieto en su obsesión de escalar social y políticamente. Hasta la fecha, sin que nadie recuerde su nombre ni a nadie le importe su opinión, a codazos se mete y entromete en cuanto programa de radio y televisión se deja embaucar por su labia mareadora.
Al saber que ese oscuro grillo cobraba por una cuartilla mensual lo mismo que yo por treinta días de joda sin tregua, me armé de valor para reclamarle a su primo tal injusticia:
—No se valen los derechos de sangre en México —renegué—: vivimos en una democracia, no en una monarquía.
Apenas lo dije, tuve la infeliz
certeza de que acababa de mencionar la soga en casa del ahorcado: trabajábamos para un príncipe, «¡me
lleva!», reconocí antes de llevarme la mano a la boca. Too late, cantaría Freddie Mercury.
La Negra realidad
Habiendo quedado al descubierto la condición inalcanzable de la zanahoria que Gastón tendía frente a mi hocico, me fue imposible seguir confiando en él. Menos aún porque, al visitar Silog de vez en vez, constataba que el presupuesto era escaso sólo para mí: en sus cubículos de pecera siempre aparecía una nueva junior de la Anáhuac o de la Ibero, equipada con computadora, teléfono, fax e impresora, herramientas que yo había debido usar siempre en un corredor, acechado por la fauna nociva de los Godínez.
Así, desencantado y en ayunas de la zanahoria promisoria, empecé a rumiar un desencanto amargo, apenas mitigado por la bendita soledad en que me arrellanaba cada atardecer, cuando la casona de Xicoténcatl empezaba a vaciarse de su muchedumbre cotidiana de burócratas y pedinches impertinentes. Y es que, además de mis tareas de amanuense, debía atender a los ingenuos paisanos que por docenas se apersonaban para solicitar todo tipo de favores: cartas de recomendación, empleos en Televisa y, sin falta la mágica palanca para gestionar préstamos, liquidaciones laborales, pensiones jubilatorias, placas de taxi y, sobre todo, apoyos pecuniarios para comer ese día o regresar a sus pueblos.
«Ingenuos» digo porque, al toparse la corte versallesca de Televisa con ese fenómeno tan insólito como repulsivo, el propio Gastón me instruyó aplicarles la de La Negra: «…a todos diles que sí, pero no les digas cuándo».
Lo hice sin remedio, aunque con el corazón hecho trizas no pocas veces. En especial, me afligían las peticiones de quienes decían ser amigos del senador, los mismos que debía torear sin rubor, como a un buen padre que juraba conocerlo de toda la vida y cuya única petición era una carta de recomendación para que su hijo ingresara al Centro de Educación Artística de Televisa (CEA), seguro de su talento como actor. Fue tal su insistencia (y su mirada clara), que me atreví a plantearle el caso a Gastón.
—El licenciado Alemán es senador de la República, ajeno por completo a sus tareas empresariales y, más aún, de Televisa —me mandó a la chingada.
Harto de tanta simulación, le hice otra vez honor a mi apellido:
—Esto es una farsa —le confesé al buen padre—. Si de verdad quiere ayudar a su hijo, no vote por el PRI en las próximas elecciones.
La comadreja y el pollino desencantado
Durante las breves horas que pasaba a solas con mi adorado Word Perfect, buscaba reconciliarme con la famélica neta que aún quedaba de mí mismo. Lo intenté haciéndole caso a Muñoz Ledo, precisamente: en lugar del ensayo desangelado y oportunista que había ideado sobre un tema que en realidad me valía madres, me empeñé en escribir una novela, aún sin pies ni cabeza, pero sí con un título que me parecía, más que seductor, revelador de la inhumación que puede significar una vida ajena a sus verdaderos propósitos, como lo era la mía en ese momento: El cementerio de los días.
Aun con el apoyo portentoso de la computadora, cada noche regresaba a casa sintiéndome derrotado por el desafío monumental de darle salida a cuentagotas a la represa a punto de desbordarse que era mi mente de escritor atormentado. Lo importante era persistir, me animaba la tarde siguiente, cuando volvía a abrir mi archivo secreto, etiquetado con el socarrón título de Zúñiga_ Taxista_Mandinga.
Pero ya estaba escrito que ni siquiera ese remanso habría de concedérseme: como un mal augurio, una tarde se apareció un anciano lánguido y diminuto, pero hiperactivo y locuaz a la vez, tan histriónico, que me fue imposible no evocar a la comadreja que intentaba devorarse al Gallo Claudio en las caricaturas de mi infancia. La metáfora le vendría como anillo al dedo, tal como refiere la exacta definición que de esta alimaña hace la Fundación Aquae:
La comadreja es un mamífero de pequeño tamaño y adorable rostro que contrasta con su carácter agresivo y feroz. Se trata de un carnívoro capaz de cazar a presas que, a su lado, parecen gigantes.
Desde luego, sabía quién era ese intruso, pues de lo contrario habría llamado a seguridad para que lo echaran. Se trataba de Amador Prendes, según se había presentado conmigo días antes, mientras un técnico instalaba la bellísima Hewlett Packard con monitor a todo color en la que yo pretendía escribir mi novela, además de su respectiva impresora y un fax de última generación.
En esta nueva ocasión, llegó acompañado de un carpintero y otros chalanes, quienes sacaron sendas cintas métricas para empezar a medir la oficina a todo lo largo y ancho.
—El licenciado Alemán no puede despachar en esta pocilga —me explicó el hiperactivo anciano mientras me tomaba del brazo para escoltarme hacia el pasillo—. Dejemos que estos hombres hagan su trabajo.
Minutos después, estábamos frente a uno de los espléndidos mostradores del aledaño Sanborns de los Azulejos.
—Escoge la pluma que más te guste —me dijo—: un colaborador de Miguel Alemán no puede usar un bolígrafo de papelería como el tuyo.
Por reflejo, intenté ocultar mi Bic (no sabe fallar), mientras su mirada seguía imperturbable frente al mostrador donde las plumas más hermosas del mundo se exhibían como prostitutas en las vitrinas de Ámsterdam. Al final, elegí una Parker.
—¿Y cómo la piensas pagar? —me preguntó con la mirada fija ahora en mi expresión compungida.
—No puedo —respondí devolviendo al acto la preciosa pluma.
—¡Un colaborador de Miguel Alemán no puede andar sin dinero! —me regañó al tiempo que sacaba varios billetes de su cartera para ponerlos en mi mano, y, luego, pagó en efectivo la hermosa Parker.
Según me explicó al regresar ambos a la oficina, tenía la responsabilidad de velar por los intereses del licenciado Alemán Velasco en el periódico Novedades, pero eso no le impedía abarcar otras áreas, como el Senado, donde yo debía sumarme al mismo propósito.
—Pídeme todo lo que necesites —me dijo mientras me extendía su tarjeta de presentación—, aquí estaré siempre para apoyarte.
En los siguientes días, los carpinteros arruinaron mis tardes literarias, pero al cabo construyeron el más lujoso librero que jamás se hubiese visto en la casona de Xicoténcatl y, por si fuera poco, trajeron un escritorio de caoba que habría envidiado el mismo presidente de la República.
—Nadie sabe para quién trabaja —festejó Prendes al ver completada su obra, seguro de que su jefe dejaría muy pronto su cargo legislativo para convertirse en el candidato del PRI a la gubernatura de Veracruz en 1992.
(Contra toda lógica, Carlos Salinas optaría finalmente por su amigo Patricio Chirinos, una bofetada para los propios veracruzanos por la impericia y vil reputación de ese beodo impresentable.)
La comadreja Prendes siguió apareciéndose para refrendarme su apoyo incondicional, sin dejar de engatusarme en cada visita, asegurando que ni siquiera en Novedades había visto a un escritor tan talentoso como yo. Lo decía mientras me dejaba varios billetes sobre el escritorio para apoyar a los pinches pedinches y, de paso, para aliviar mi carestía, enterado del sueldo con que Gastón Melo me humillaba cada quincena.
Al sentirme abrigado por alguien que valoraba de verdad mi trabajo, no pude contener más el ruego que urgía salir de mi pecho: que me ayudara a trabajar directamente con él o con la Fundación Miguel Alemán para librarme de la rémora de Gastón Melo Medina, seguro de que a su sombra jamás pasaría de jodido.
—Gastón es un hijo de la chingada —estallé ante Amador Prendes—, sólo ve por su parentela y sus juniors de mierda.
Más tardé en decirlo que en enterarse el destinatario de mi exabrupto. No había podido darle un solo mordisco a la zanahoria engañabobos, pero en cambio me tragué enterita la carnada que me había tendido la canija comadreja, honrando así su bestial naturaleza: «...un carnívoro capaz de cazar a presas que, a su lado, parecen gigantes».
Desde luego, Gastón Melo también honró su naturaleza ponzoñosa al enterarse de mi mentada de madre. Al acudir a su oficina «con carácter urgente» un lunes por la mañana de esa maldita primavera, no tuve que entrar a su oficina para saber que acababa de quedarme desempleado: por primera vez en casi un año, los Godínez me sonreían y saludaban con amabilidad al verme avanzar hacia la dirección general.
—Así que soy un hijo de la chingada, según tú —hizo a un lado su tersa voz el escorpio para elevar en todo lo alto su aguijón letal—. Pues, desde ahora mismo, no trabajas más para nosotros.
—Espero tener al menos derecho a una liquidación —alcancé a decir o, mejor dicho, suplicar, sabiendo que mi esposa rusa-cubana estaba a punto de dar a luz.
—Aquí no se pagan liquidaciones. Pasa a recoger el cheque de esta quincena, nada más. Suerte.
Para hacer más humillante mi defenestración, le pidió a su cuñado (otro familiar, en efecto) que me acompañara en todo momento, incluso para vaciar los archivos de la computadora que usaba ahí, antes de eliminar mi cuenta y contraseña. Al hacerlo, a mis espaldas se paseaba mi tocayo Mora Gómez, el inefable «Sulley», como león enjaulado, con los puños apretados, a punto de echárseme encima porque para él —al igual que toda la caterva de pinches tiranitos con los que había debido lidiar desde mi ruinoso retorno de Praga— la lealtad tenía un solo sentido, vertical y despótico, jamás recíproco, como la entendía y entiendo yo hasta hoy. Ni madres.
Al cabo de once meses en esa letrina, habiéndome esforzado hasta niveles rayanos en la explotación, salí tan pobre y jodido como había llegado, pero con el apremio ahora de tener que velar por la criatura que estaba por nacer. De allí que lo de menos haya sido el despido: lo demás está por verse en el siguiente y último capítulo de esta serie. Acaso así pueda comprenderse por qué, en lugar del desprecio que amerita una injusticia tal, haya caído durante ocho años en un odio insaciable, ávido de venganza, según la distinción que entre ambas emociones hace el gran filósofo de Dánzig: «El odio es un asunto del corazón; el desprecio es asunto de la cabeza». Así de profundo habría de hundirme su aguijón ese alacrán, justo cuando había creído librarme de él.










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