Gastón Melo Medina: el odio como asunto del corazón



Con toda razón, un lector atento podría convenir en este punto que el daño no me lo hizo tanto Gastón Melo Medina, cuanto Amador Prendes, dado que fue éste quien me tendió la carnada y, una vez mordido el anzuelo, me delató con diligencia argüendera. Aunque ruin, este anciano no me mereció un odio mayor, quizá por la misma razón que acusé con los trogloditas Eduardo Carrasco Zanini y Lolita de la Vega: «justo por su bestialidad desparpajada, en lugar de resentimiento, me queda más bien la vergüenza de no haberle hecho caso a la siempre alerta e inequívoca intuición…».

Además, labioso y taimado como era, la comadreja juró que no había querido balconearme, sino alertar a Gastón sobre el desgaste que sus malas decisiones estaban causando en el equipo, en la esperanza de que recapacitara. Sí, Chucha, cómo no: sería ingenuo, mas no pendejo (aunque ahora pienso que no es lo mismo, pero es igual). Y si algún rencor llegué a sentir por este anciano embaucador, fue porque prometió rescatarme del desamparo en que me había dejado su infidencia. Cuando nació mi primogénita pocos días después, y le rogué su auxilio, no volvió a contestar mis llamadas. Entonces sí anhelé vengarme de él, aunque con la consabida inocuidad de mi patético remedo Archivaldo de la Cruz en la multicitada película de Luis Buñuel.

Tres años después, durante la brutal recesión de 1995, volví a verlo, a diez o quince metros de distancia, mientras caminábamos ambos por la avenida Chilpancingo, cerca de Insurgentes. Como una reacción de bicarbonato de sodio con vinagre y limón, se desató en mí un odio efervescente, tan súbito y eruptivo, que estuve así de arrojarlo al arroyo vehicular para que lo aplastara un autobús de la Ruta 100. Si me contuve fue porque tuve un breve lapso de claridad para comprender que más tardaría en hacerlo que en ser aprehendido. No pensaba darle el gusto, aun muerto, de pasar preso el resto de mi vida, además del daño que ya me había causado.

Me contuve, además, porque su decrepitud saltaba a la vista, incluso rengueaba: ni toda la fortuna de Miguel Alemán Velasco había podido librarlo de la crueldad del tiempo, como bien canta nuestro querido Juan Gabriel. Fue tal mi satisfacción a la vista de ese cuerpo insepulto, que jamás volví a pensar en él. Sólo al escribir este relato, apremiado por la muerte que ahora me acecha a , emergió en mi memoria, con la decepción de no hallar rastro suyo en Internet. Sólo mi Padre Dios sabe con cuánto fervor anhelo que Amador Prendes haya padecido la más tormentosa agonía antes de desaparecer de este mundo, donde jamás debió haber nacido (qué tal si lo hubiera odiado, ¿eh?).

El corazón del odio

Entonces, ¿de dónde tanto rencor contra Gastón Melo Medina? Para explicarlo no está de más releer la cita de mi admirado Schopenhauer: «El odio es un asunto del corazón; el desprecio es asunto de la cabeza», con lo cual puede colegirse desde ya que el daño infligido rebasó con mucho el nivel rectamente laboral para clavarse en un plano íntimo, de suyo hondo y sensible.

De entrada, debo admitir que llegué a sentir por él una sincera admiración profesional, justo donde suelo doblegarme ante tirios y troyanos: el poder de la palabra. Tanto de manera oral como escrita, reconocí en él un auténtico maestro desde la primera vez que asistí al espectáculo embelesador de su manera de expresarse. Sin echar mano de palabras rimbombantes o crípticas, maravillaba más bien la elección del término preciso en la diana de su sintaxis impecable, aderezada por una modulación exquisita, rayana en la seducción. Aspirante a escritor como era, me había rendido a su liderazgo: legítimo, incuestionable, admití enseguida.

Aunque improbable la amistad entre ambos por razones jerárquicas, pero, sobre todo, de código postal —recuérdese el volcánico «¡Muera la burguesía!» que escribí en una mansión del Pedregal de San Ángel siendo apenas un preparatoriano de la UNAM—, sí llegamos a establecer una estrecha relación allende los nebulosos lindes de Silog. Dada mi repelencia al poder por la faja con que acota inevitablemente mi libertad de ser quien soy y me gusta ser, con más resignación que beneplácito acepté su insistencia en tratarnos extramuros, con el consecuente alboroto en La corte de los Godínez, cada vez más rabiosos y celosos al verme aproximarme a su ídolo, de piedra ante su patética zalamería.

De pedirme que lo acompañara en su Cutlass (aún no se firmaba el TLCAN) a algunas giras del entonces candidato a senador, Gastón pasó a invitarme de vez en vez a comer, tomar café, echarnos un trago y hasta ir al cine. Aun cuando ya estaba avisado de su condición bisexual, según la infidencia que un despechado me filtró al calor de los tragos durante la boda de su prima Gay-bi Warkentin en Yautepec, no tengo empacho en asegurar que jamás advertí el más extraviado flirteo hacia mí. Ni por asomo.

Como muestra el botón de una noche en que me prometió, como genio fabuloso, cumplir cualquier antojo que viniera a mi mente, y, por capricho mío, fuimos al cine París a ver Anoche soñé contigo de mis admirados Pepe Buil y Marisa Sistach. Casi babeo cuando, a mitad de la película, me confió que Leticia Perdigón formaba parte de su extenso catálogo de amantes casuales, cuando yo había debido consolarme con mi onanismo adolescente ante el alboroto hormonal que solía causarme esa criatura suculenta, igualito que el protagonista de la peli. Luego, ambos nos reímos al ver cómo el editor había debido congelar una toma candente para impedir que la celulitis arruinara una escena cachonda (¡qué cruel es el tiempo, en verdad, querido Juan Gabriel!).

Al salir, nos topamos en Reforma con un par de amigos de Gastón: una bellísima holandesa y un gay de modales exquisitos. Mi genio de la lámpara sugirió sumarlos a la única noche mágica de las mil aterradoras que, por la carestía, me agobiaban en la víspera del nacimiento de mi hija. A sugerencia mía, nos fuimos a un antro de la colonia San Rafael estilo burlesque, dado que aún no se inventaban los fabulosos Table Dance. Una vez allí, Gastón pagó con todo y propina una onerosa botella de whisky y, minutos después, desapareció.

Así las cosas —diría su prima Warkentin en W Radio—, la holandesa y el adorable gay sugirieron irnos a mi diminuto departamento de Patriotismo para fulminar la costosa botella. Ya me imagino el asombro que les habrá causado descubrir que, siendo dizque amigo de Gastón y amanuense de Miguel Alemán, no tenía al menos una sala donde sentarnos. Los tres acabamos como yoguis sobre la alfombra bebiendo hasta el amanecer, intentando descifrar la verdad de Gastón, inexpugnable, convenimos al despedirnos.

Así de glamorosa era mi vida a la sombra del poder. Y, quizás, así pueda entenderse la proverbial mentada de madre que, como gorda en tobogán, me lanzaría poco después a la miseria y, de allí, al odio y al más tenaz anhelo de venganza.

Pero antes, un flash back, que, para efectos de esta autobiografía, viene como anillo al dedo:

(El cartero siempre llama dos veces II

La fascinación que despierta en mí este título, más que la cachonda película de Bob Rafelson, quizá se deba a la dupla con que, doy fe, suelen presentarse los sucesos nefastos. Es como si la vida, en un gesto conmiserativo, nos mandara primero al escudero para advertirnos el arribo inminente de su caballero, el que sí habrá de fulminarnos. En nosotros queda la decisión de tomar las precauciones necesarias o, como en mi vergonzoso caso, hacer caso omiso de tan grave advertencia.

Esto viene a cuento porque, al hacer este recuento, emergió, desde lo más profundo de mi memoria, una relación similar a la que establecí con Gastón Melo Medina varios años antes. Nueve para ser exactos, cuando en 1983, trabajé en el Departamento de Deuda Externa de Bancomer. A la par, estudiaba en el turno vespertino de la Facultad de Economía de mi Alma Mater.

En esa época dorada, cuando apenas contaba diecinueve años, tuve la fortuna de trabajar bajo las órdenes de un auténtico noble mexicano, Francisco del Sagrado Corazón de Jesús Quijano y Fernández Palacios: poblano de pura cepa, heredero de un emporio textil venido a menos, y, por lo mismo, rescatado por su paisano don Manuel Espinosa Iglesias, quien, a modo de beca, lo designó representante de Bancomer en Madrid. Luego de la nacionalización de la banca en 1982, esa oficina había quedado a cargo de un burócrata menor, y don Francisco Quijano debió regresar a México.

Ante la volatilidad cambiaria de esos años de pesadilla, el Banco de México creó el Fideicomiso para la Cobertura de Riesgos Cambiarios, Ficorca, a cargo de su artífice, el Dr. Ernesto Zedillo Ponce de León, en el propósito de rescatar a las empresas con pasivos en dólares. En esta misma serie autobiográfica apunté la intuición que, en sus oficinas de Marconi, acusé al vaticinar que podría llegar a ser presidente de México. «Se lo dije y él nomás sonrió. Así de certera puede ser la canija intuición, ensalzada incluso por el divino Schopenhauer…» Véase: El otro derrumbe de Eduardo Carrasco Zanini.

Tratar directamente al director de Ficorca fue uno de los múltiples privilegios con que me distinguió Pancho, como pedía el marqués poblano que lo llamáramos, en abono a su noble abolengo. Luego de varias visitas a su precioso departamento de López Cotilla en la colonia del Valle, y comidas regulares en los mejores restaurantes aledaños al Centro Bancomer, salió a flote su bien encriptada orientación sexual, pero sin que afectara nuestra relación laboral y personal, a pesar de mi bien bragada condición de buga, como se llamaba en los ochenta a los heterosexuales.

La mayor deferencia que me dispensó Pancho fue asignarme una Misión Imposible: viajar a Matamoros para convencer a un deudor de la conveniencia de afiliarse al Ficorca. Con todos los gastos pagados, volé hasta la ciudad fronteriza con el contrato bajo el brazo. Apapachado por los acreedores gringos al grado de llevarme a Texas, aun sin pasaporte, para presentarme con la directora del First National Bank of Brownsville y de invitarme en un restaurante de primer mundo un corte que habría envidiado Pedro Picapiedra, sólo me cayó el veinte del tremebundo compromiso que me había echado encima cuando, al día siguiente, me vi apostado frente al renuente deudor. Y su magnum 9 mm sobre una mesita de té, al alcance de la mano.

Con una elocuencia de índole lasallista, lo convencí con más súplicas que razones sobre la conveniencia de firmar el contrato de marras, gracias a lo cual podría dormir en paz en lo sucesivo, sin necesidad de revisar el veleidoso tipo de cambio cada mañana. Apenas lo firmó, una comitiva binacional de ejecutivos bancarios me trasladó al aeropuerto de Brownsville, dado que el contrato debía registrarse en Ficorca a primera hora, y el siguiente vuelo de Aeroméxico al DF saldría hasta el día siguiente.

Entonces, como Cenicienta en su noche estelar, me vi a bordo de un jet privado de lujo, cuyo ocupante era el hijo de Mario Vázquez Raña, dueño de la cadena Hermanos Vázquez y la poderosa Organización Editorial Mexicana, además de presidir el Comité Olímpico Mexicano. Interno en una academia militar texana, el junior parecía una réplica de Luis Miguel en su futuro papel de cadete en el célebre videoclip La incondicional. Con sus credenciales plenipotenciarias, no sólo abogó por mí ante los oficiales de migración al ver que carecía de pasaporte en un vuelo internacional, sino que, al descender en su hangar privado, les pidió a sus guaruras que me llevaran al estacionamiento del Aeropuerto Benito Juárez, donde había dejado el auto de Pancho. Al despedirnos, me reiteró su admiración por la proeza que acababa de realizar en Matamoros.

A la sombra de estas y otras mieles (que no zanahorias), sufría un creciente estrés por las altas responsabilidades de mi precoz y meteórico ascenso bancario, agravado por el desencanto que me causaba el mismo a medida que avanzaba en mis clases de Economía Política, eufemismo con que en la Facultad de Economía se llamaba al estudio pormenorizado de Das Kapital. En lugar de orgullo, sentía vergüenza por servir a los intereses de las corporaciones que, precisamente por la deuda externa, pauperizaban a todo el país. Sobre todo, resentía la traición que cometía contra mí mismo, seguro de que me alejaba cada vez más de mi verdadero propósito: ser escritor o, ya de perdis, colaborador en algún periódico o suplemento cultural. Para entonces, no quedaba ni rastro del Carlos de apenas diecisiete años que, al aprobar con excelencia el examen de admisión a Bancomer, había rechazado la posibilidad de forjar una carrera bancaria:

—Sólo quiero comprar un auto —le había asegurado al ejecutivo de Recursos Humanos cuando me preguntó por qué quería trabajar ahí.

Aun así, me habían contratado y, encima, con la condición impuesta por mí: trabajar en el Centro Bancomer, jamás en una sucursal, repelente desde entonces a tratar directamente con clientes y, sobre todo, con dinero. El auto lo había comprado, en efecto y en efectivo, apenas cuatro meses después: un Volchito 1973 de color verde bosque.  

Tres años después, en 1984, el Volchito había cedido su lugar a un espléndido Malibú 1980, pero igual se pasaba ocioso la mitad del día en las inmediaciones del Centro Bancomer, muy lejos de las chavas de Lindavista y la Industrial que había soñado ligar y de los amigos con quienes había anhelado pasar mis tardes oyendo a Queen, REO Speed Wagon y Pink Floyd al calor de unos  humenates John Player Special, adquiridos de contrabando en Tepito (estábamos a años luz del Tratado de Libre Comercio).

Para qué es más que la verdad, me había hecho adicto a la quincena y sucumbido a los espejismos con que el sistema suele atraparnos: lociones, relojes, corbatas, trajes, zapatos, todos de marcas de prestigio, a riesgo de pasar por naco, impelido en especial por una novia a la que también me había hecho adicto, y a quien llamaré por ahora «La Monina», antes de abordarla con todo el peso que le corresponde en esta historia (ya le llegará su turno en Érase una vez en el purgatorio): no acabábamos de regresar de un viaje a Ixtapa o Acapulco cuando ya había reservado un lugar en el Maxim´s del Presidente Chapultepec, La Cava de Insurgentes Sur o en el Vogue del Pedregal. En el colmo de ese consumismo galopante, pasábamos los domingos en Perisur o Plaza Universidad.

Harto de mi vida oficinesca y de los maltratos de los burócratas de Ficorca, finalmente me armé de valor para presentar una enardecida carta de renuncia dirigida a Francisco Quijano Fernández Palacios con copia al Dr. Zedillo Ponce de León, decidido a retomar los caminos con corazón que había desandado al convertirme en un vulgar empleado bancario. Era demasiado tarde: la adicción al dinero, el apego a esa novia golosa y la falta total de contactos en el mundillo intelectual al que aspiraba, me hicieron doblar las manos cuando pocos días después me llamó el subdirector de Comercio Internacional de Bancomer, «El Güero» José Luis Vargas, para ofrecerme un puesto en su área.

—Leí su carta de renuncia, Franco, y debo reconocer que tuvo los huevos de decir lo que todos pensamos de los mamones del Banco de México. Gente como usted nos hace falta. Bienvenido de nuevo.

Aun cuando ni siquiera me había despedido de Pancho Quijano, éste no movió un dedo para impedir mi recontratación. Fino y elegante como era, acotó nuestra relación al nivel más básico en lo sucesivo, cercano al punto de congelación, pero incapaz de tomar represalias por mi súbita renuncia y mi exabrupto contra el Banco de México.

Muy distinta a la reacción ponzoñosa que el ujier Gastón Melo Medina acusó para demostrar su poderío rascuache ante mi estallido con Amador Prendes: echarme a la calle justo cuando estaba por nacer mi primogénita.)

La amenaza del alacrán

En el colmo de las similitudes con que este cartero llamó dos veces a mi puerta, el senador Miguel Alemán Velasco decidió recontratarme poco después de la inclemente defenestración con que Gastón se había vengado de mi célebre "viga", como llaman en mi tierra a las mentada de madre. Así fue gracias a la generosa intercesión del capitán Alejandro Montano y de la nueva encargada de su despacho, Belinda Abud: una periodista, guapa, inteligente y con todo el carácter que me faltaba a mí para enfrentarse sin ambages ante el escorpio Melo: había trabajado con Nino Canún en Televisa y, por lo mismo, sabía cómo lidiar con esa clase de pinches tiranitos.

Jamás podré olvidar la mañana en que, de vuelta a mi puesto en la Casona de Xicoténcatl, Gastón cruzó como un viento helado todo el edificio para estrujarme la mano.

—Buenos días, Carlos —refunfuñó ahíto de rabia, mientras, en su mirada oscura, penduleaba el aguijón con que me advertía estar dispuesto a defender su territorio.

El gusto me duró muy poco: apenas un mes después, el propio capitán Alejandro Montano me avisó que no podía seguir trabajando en el Senado. En las elegantes oficinas de la Fundación Miguel Alemán de Polanco, él mismo me entregó un cheque menesteroso junto con su sincero deseo de que me fuera bien. Desde luego, supuse que mi nuevo despido se debía a la influencia de Gastón, cómo no, si días antes me había mandado una amenaza más clara que el cloro:

—Dile a tu cuate que no quiero destruirle la vida —me había transmitido puntualmente Claudia Calvin, empleada de Silog por recomendación del trepador Rafael Fernández de Castro, amiga mía al cabo de varios meses de estupenda relación, y quien acabaría siendo secretaria particular de la primera dama Martha Sahagún ocho años después.

—Ni que fuera Dios, pobre pendejo —me burlé—, Gatón cree que todos son de su condición —añadí, horrorizado ante la sola idea de acabar siendo un pinche ujier como él.

Tal desplante fue la segunda de las cuatro razones por las que llegué a sentir un odio tenaz por Gastón y, sin tregua, anhelar verlo caer, juré, sin imaginar que el karma, Dios o la vida tardaría la friolera de ocho años en darme el gusto, pero con tal estrépito, que azotó en cadena nacional.

Del poder a la nada en un tris

Si el poder concedido desde arriba siempre me ha parecido deleznable es precisamente por la exacta acepción de este adjetivo: «que se rompe, disgrega o deshace con facilidad» (RAE). Justo como el poder vertical, pues no depende de la voluntad de uno mismo, sino de quien lo concede. Tal poder comprende, por lo mismo, la más subyugante servidumbre, pues para tenerlo y retenerlo, es imprescindible someterse a los intereses y hasta caprichos del potentado en turno. Qué güeva y qué dicha la de mis admirados Gabrieles, Juan y García Márquez, quienes gozaron del más rotundo poder en vida con base en su solo y magnífico talento, sin necesidad de complacer ni siquiera a la omnipotente Televisa. Como decía mi padre, don Abel Franco Muñoz, que Dios lo tenga en su santa gloria: «el buen buey se lame solo».

Ajeno a sus sabios consejos, arrogante como buen veinteañero que era, en lugar del sabio buey, acabé como el burro que persigue infructuosamente la zanahoria. Mas no al grado de la ceguera, como creo haber dejado claro hasta aquí. A diferencia de los Godínez, y varios amigos y parientes, que envidiaban mi cercanía con Miguel Alemán Velasco, jamás llegué a marearme ni, al menos, gozar tal “privilegio”. No tanto por mis diferencias ideológicas, cuanto por la carestía que aun a su sombra me agobiaba cada quincena, no bien mis servicios de tiempo completo, incluso a deshoras, fines de semana y días de guardar. Ésa era la verdadera mentada de madre, no la que yo espeté ante la ruin comadreja.

Mi despido fue aún más exagerado si se considera que Gastón también solía criticar a su patrón por las injusticias que creía padecer a su servicio, además de considerarlo menor como le parecía todo el mundo, incluso el presidente de la República. Recuerdo en especial cuando el senador le mandó una caja de toronjas de alguna de sus fincas como regalo navideño y, ahíto de rabia, Gastón estalló frente a mí: «¡Que se meta donde mejor le quepan sus pinches pomelos!» (así llamaba a las toronjas). En lugar de correr a delatarlo como lo habría hecho Amador Prendes, comprendí su enojo y jamás, hasta ahora, revelé su exabrupto, por lo demás comprensible. Muy distinto al escándalo sin punto de retorno que él hizo del mío.

Por eso, considero una brutalidad haber quedado desempleado por esa sola viga. Más aún por nuestra supuesta amistad, pero, sobre todo, ante el inminente nacimiento de mi primogénita. Este complemento, más que el verbo, constituye la primera razón de mi odio irremisible contra ese canalla. Y si a esto le añadimos el baby-shower que su mujer, Laura Felgueres, le organizó a mi esposa rusa-cubana en su exclusivo departamento de Tecamachalco, justo el viernes anterior al lunes negro de mi despido, con la presencia incluso de mi hermana mayor, se comprenderá por qué mi rencor llegó a concebir desagravios propios de nota roja y a prolongarse casi una década.

Fue tan siniestro este desplante de su poder —elevarme un poquito más para que la caída fuera más dolorosa—, que Luis Kelly quiso emularlo cuando decidió mostrarme también su poder de pinche tiranito. Conociendo a detalle esta historia de viva voz, y siendo un usurpador de tiempo completo, aprovechó el caso de que mi segunda esposa estaba embarazada, y a un mes de dar a luz, para aplicar con saña la fórmula gastoniana: dejarme sin trabajo justo cuando más lo necesitaba. 

Pobre diablo, aunque también escorpio, era un remedo patético de Gastón. Para entonces, tenía ya 35 años cumplidos y múltiples contactos en varias casas productoras e instituciones serias, como Notimex y TV UNAM, por lo que su ponzoña acabó siendo un mero placebo, incapaz de impedir que mi hijo Iván Alejandro naciera el 8 de febrero de 2001 en el Hospital Praga (qué ironía), el mejor de Ciudad Mante, atendido por médicos profesionales y protegido por la solidaria y amorosa familia de mi esposa Claudia Patricia, el amor de mi vida.

Muy distinto a las condiciones indigentes en que debió nacer mi hija Anaelis el 31 de marzo de 1992 en una pocilga del ISSSTE, allá por el barrio de San Fernando, en Tlalpan, a sugerencia de una buena amiga de la UNAM, donde el parto, me aseguró, sería gratuito o, ya de perdis, al alcance de mi desfondado bolsillo. 

Fue tal el desconcierto de los burócratas al ver arribar a ese moridero de pobres a Tom Hanks y Mia Farrow (nuestro parecido era realmente asombroso), que un dizque médico trastabilló al hacer la primera valoración, y totalmente despistado, nos mandó de vuelta a Mixcoac, a pesar de las contracciones y los gritos de la parturienta. Una hora después, estábamos de vuelta en el chiquero de Tlalpan. De milagro la fuente no se reventó en el Tsuru de Marco Antonio Jiménez, quien estuvo conmigo toda esa noche con una solidaridad propia de los camaradas que habíamos sido ambos del socialismo recién fulminado.

No creo que haya un botón más nítido para ejemplificar el muladar en donde nació mi primogénita que la llamada telefónica que recibió pocos días después la madre:

—Me gustaste mucho y quisiera poder conocerte mejor —le susurró con tono donjuanesco un gañán al otro lado de la línea.

¡Era nada más y nada menos que el ginecólogo a cargo de su parto! ¿Así o más abyecta la ética de los médicos del sistema público de salud? Y, por supuesto, debí acabar pagando su pésimo servicio, lo cual sólo pude hacer gracias al apoyo de la misma amiga puma, a quien, por cierto, jamás volví a ver, asustada de cara a mi calamitoso estropicio.

Un radiante destello crepuscular antes de la noche más oscura

Bien dicen que Dios aprieta, pero no ahorca (nomás para prolongar la agonía): justo cuando estaba a punto de despeñarme, me contactó un buen amigo de Claudia Calvin y también mío, empleado de Silog, de apellido Constantino, quien me ofreció incorporarme a la campaña de su tía para diputada del PRI en las elecciones locales de Veracruz de ese cabalístico 1992.

—Tu puesto ya está amarrado, Carlos, le hablé muy bien de ti a mi tía —me aseguró Constantino—. ¡Urge que te mudes a Xalapa!

Con los pocos recursos que me quedaban, viajé de inmediato a la capital veracruzana, y como caído del cielo, renté el segundo piso de una casona señorial en el centro de Coatepec, apenas a media hora de Xalapa, y aledaño a uno de mis mayores placeres: el café, más aromático y exquisito en ese enclave paradisiaco. Enseguida lo aparté con el depósito de rigor.

De vuelta a mi departamentito de Patriotismo, cuya renta era igual o más cara que la de aquella casona señorial, hice de volada la mudanza. En el colmo del paroxismo más histérico, compré de ganga dos cachorros dálmata para resarcir nuestra primera mascota, Dobruška, hermana de esos cachorros y que había acabado en manos de Gastón ante la imposibilidad de tenerla en un departamento diminuto por su naturaleza hiperactiva (no en balde esa raza es insignia mundial del cuerpo de bomberos). Semanas después, Dobruška murió en la casa de campo de los Melo en Yautepec, Morelos. Y, mientras yo lloraba, Gastón me exigió el rembolso de la malograda mascota. Así de “envidiable” era mi vida a la sombra de los magnates de Televisa.

Apenas acabé de amueblar mi nuevo domicilio en Coatepec, el propio Constantino me acompañó a ver a su tía en las oficinas del PRI en Xalapa. Luego de una larga espera, por fin nos recibió. Entonces, sí vi abrirse la tierra bajo mis pies:

—La verdad es que no estoy segura de poderlo contratar, señor Franco —me bajó de mi nube la tía—. No quisiera abrir un frente con el senador Miguel Alemán.

—Nada tengo ya qué ver con él, no se preocupe —alcancé a musitar.

—¿Por qué? —inquirió la circunspecta priísta.

Apenas empezaba a explicarle este culebrón, cuando la tía dio por terminada la entrevista, sin la menor esperanza de volver a vernos.

Al borde de un ataque de nervios, diría Almodóvar, regresé a México con las manos más vacías que nunca. Avergonzado con sincero rubor, Constantino me ofreció facilitarme una mudanza para recuperar mis tiliches de Coatepec, dado que su padre era directivo de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes y conocía a varios transportistas. Así sería días después, pero antes tuve que actuar como debe hacerlo cualquier adulto para sobrevivir en el México salvaje de cada día, donde sólo prosperan los gandayas y los seres más corruptos: engañando, mintiendo, poniéndome también una máscara.

Así lo hice ante la urgencia de recuperar el depósito de la casona de Coatepec. Al entrevistarme con el médico que me la había rentado, en lugar de suplicarle su solidaridad dado el desastre en que había culminado mi sueño de vivir en un pueblo mágico, tuve la perspicacia de picarle la ambición:

—El senador Miguel Alemán reconsideró su decisión, y ahora me ha pedido que atienda sus asuntos en Coatzacoalcos y Minatitlán —le mentí, pero sin dejar de ver de reojo el revólver .38 que tenía sobre un buró, al alcance de su mano—. Lo lamento mucho, doctor, pero tenga la seguridad de que el senador le agradecerá con creces el reembolso de mi depósito. Un favor así jamás se olvida.

De vuelta al DF en la mudanza que Constatino me había prometido, tuve que padecer la peor de mis pesadillas: regresar al departamento que mis padres rentaban en la Villa de Guadalupe. Y aunque ambos acababan de regresar a Aguascalientes luego de 23 años de esfuerzos infructuosos en la capital, mi hermano menor había convertido la vivienda en su casino y cantina exclusivos, por lo que mi súbito alojamiento le cayó peor que auditoría fiscal.

Durante esos pocos meses de arrimado con todo y esposa y recién naciada —cuando, aun así, debí pagar mi parte proporcional de la renta—, atisbé por qué me era tan difícil desplegar mis alas con toda la envergadura que Dios me había concedido: mi propia familia era una rémora insufrible, una corte clasemediera donde pedir ayuda merecía la más execrable condena, digna de sorna y exhibición pública como paria. La obligación de salir adelante era a rompemadres, sin pretexto bajo ninguna circunstancia. ¡Primero muertos que jodidos!

Gracias al apoyo de mi nuevo jefe, Enrique Horta Juárez Duarte, cuñado de Eduardo Carrasco Zaninilogré escapar de ahí el 1 de septiembre de 1992 para instalarme con mi familia en mi nuevo domicilio en la calles de Juan Sánchez Azonca, de la colonia Del Valle. Pero ni aun así habría de finalizar el daño que Gastón Melo me había ocasionado. Lo verdaderamente grave estaba apenas por venir, justo cuando su ponzoña se clavó en ese plano íntimo, de suyo hondo y sensible, del que hablé antes, tanto, que sólo de milagro esta historia no culminó en nota roja

Carlos Alejandro Franco




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